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YO NO VOTO

no estoy inscrito en los registros electorales ni me inscribiré. y mucha gente me ha criticado esto. y los argumentos que me entregan para criticar mi postura son tan débiles y vacíos como clichés. quiero ahora simplemente dar mis razones para no votar.

se habla de que la juventud "no está ni ahí" y que por eso no se inscribe. en mi caso eso no es aplicable. estoy ahí,me informo, me interesa el sistema en el que, para bien o para mal, vivo. y es precisamente por eso que no voto.

inscribirse en los registros electorales es avalar un sistema con el que no estoy de acuerdo, es entrar en el jueguito en el que somos unas simples marionetas.

me dicen que esto es democracia y bla bla, pero ¿no es democrático hacer valer mi legítimo derecho a no participar en el sistema electoral? también me dicen que los jóvenes podríamos cambiar las cosas si nos inscribiéramos y participáramos, pero ¿cómo cambiaríamos las cosas? ¿acaso si nos inscribimos aparecerán candidatos confiables y honestos? ¿mejorará la política? las cosas siguen mal no porque los jóvenes no estén inscritos, sino porque los políticos siguen siendo los mismo y lo mismo de siempre.

creo que marginarse de los registros, lejos de hacerme un "nulo" social, significa algo, mucho. es muy significativo que millones de jóvenes se marginen; es decirle en la cara a los políticos y su circo "viejos, lo están haciendo realmente mal".y a ellos les pica, les molesta, les duele que no entremos en su juego. y no entraremos.

otra cosa que he escuchado, sobre todo en la tv, es la preocupación porque sean precisamente los jóvenes los más "desinteresados" en inscribirse. pero me pregunto, si en los años ochenta no hubiera sido OBLIGACIÓN INSCRIBIRSE y CASI OBLIGACIÓN VOTAR POR PINOCHET ¿cuánta gente adulta tampoco estaría inscrita?

por último, me han saturado con el típico "si no estás inscrito no tienes derecho a reclamar", argumento tan absurdo como decir que si no soy el DT no puedo desaprobar como juega mi equipo de fútbol favorito. por lo demás, creo que dar un voto significa entregar mi confianza y poder de representación a una persona que por ende ME REPRESENTA y decidirá en mi nombre, por lo que desde este punto de vista tengo menos derecho a reclamar que alguien que no vota porque no quiere darle derecho de representación a un político. esto último , claro, desde una perspectiva lógica, ya que creo firmemente en la igualdad de derechos entre inscritos y no inscritos.

yo no voto. no creo en la representatividad. me margino concientemente. tomo poder de mi libertad.


Emilio V.

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UNA CARICATURA BASTARDA DEL MODELO OCCIDENTAL



Y hasta que se metió la televisión. Jóvenes, niños asesinados por grupos “neo-nazis” en Chile. Si, neo-nazis en Chile .quien nos viera y quien nos ve. Ahora existe el alarmismo, ahora se intenta averiguar quien son estos tipos, de dónde salieron y qué mierda pretenden. Ahora. Hubo que esperar a que chicos murieran mediáticamente para tratar de conocer qué pasa de nuestras narices hacia delante. Pero nazis han existido siempre y en todos lados. Nazis fueron los romanos, nazi fue la iglesia católica en la edad media, nazi fue la putamadre. Hitler no es más que una especie de partero que dio a luz una verdad tan antigua como las pelotas de la humanidad.

Skinheads, boneheads, Oi!, punks, bla bla bla. Excusas. Excusas baratas para soportar la vida y sus sin fines de incongruencias y contradicciones. Tendencias, modas, modas comerciales o marginales, da lo mismo. La cosa es pertenecer a un grupo, la cosa es sentirse uno con la vida, la cosa es sentirse defensor de una idea, por muy vacía que ésta sea. Y qué idea tan vacía es el nacional socialismo. Una idea que se basa en una mala interpretación del súper hombre nietzscheano y los delirios de grandeza de un sujeto que a claras luces no estaba con sus facultades funcionando correctamente. Aun así este “fuhrer” logró levantar a un país bajo un ideal, logró aunque sea teóricamente implantar el tercer reich. Pero esto pasó hace ya muchos años, y sus ideas ya son, si no estúpidas, al menos obsoletas.

Luego aparece el punk y su discurso anti fascista, y aparece Jello Biafra de los Dead Kennedys gritando “NAZI PUNKS FUCK OFF”, refiriéndose a los sujetos que iban a golpearse a los recitales, a los punks que pensaban que con músculos se logra el respeto, a los violentos, a los intolerantes, a los intransigentes. Pero nadie entendió esto. Nuevamente una mala interpretación. Y comenzó todo de nuevo. La moda, comenzaron las peleas callejeras, comenzaron las golpizas masivas a seres tan indefensos como los vagabundos, las putas, o los niños punks. Lamentablemente la moda se expandió y aparecieron los grupos organizados, las masas ciegas que inexorablemente existen cuando hay una moda de por medio.

Y es que ¿pueden ser los neo-nazis otra cosa que una moda?¿es tan difícil ser un hombre individual?¿es tan difícil tener una PERSONALIDAD? Al parecer si, al parecer lo más fácil es seguir un ideal de otra persona, tener ideas de masa, actuar en masa, vivir en masa. Y mejor ejemplo de esto no existe si no los neo-nazis, que actúan en masa para golpear, actúan con armas, atacan a indefensos. Sus ideales nacional socialistas fueron seguidos sincrónicamente por ganados, por cardúmenes, por manadas. Además su modo de actuar contradice a sus propios principios. Los alemanes mataron judíos por motivos raciales y étnicos, pero un neo-nazi chileno mestizo matando a un niño punk chileno mestizo… ¿? Un nacionalista chileno defendiendo ideales alemanes, un nacionalista chileno matando chilenos… ¿? ¿Qué es esto? ¿Alguien entiende de qué mierda se trata esto?

Y la guinda de la torta: la prensa. La prensa cubriendo estos crímenes, alarmando a la sociedad, como si esto fuera cosa nueva. Hace bastantes años que ocurre, y mucho más de lo que exhibe canal 13. Recuerdo muchos recitales de mi adolescencia en que llegaban grupos de cabezas rapadas, recuerdo muchos enfrentamientos entre punks y nazis. Recuerdo más de algún comentario acerca de un muerto en pelea, y no siempre eran los punks las victimas. Y a nadie le importaba. Me refiero a que a canal 13 no le importaba. Pero ahora es un fenómeno mediático, ahora VENDE, los nazis se han transformado en un objeto exótico acerca del cuál todos quieren saber, acerca del cual canal 13 quiere saber. Tengan presente que pronto aparecerán los sociólogos y los psicólogos dando su visión de los hechos, su visión de caballo acerca de los hechos.

Estos grupos neo-nazis debieran estudiar un poco antes de atacar en masa, deberían saber bien qué significa su suástica antes de llevarla en el brazo. Deberían revisar su origen, asumir su apellido. Sangre asiática, sangre española, sangre polinésica ¿raza pura? ¿white power? Si hay alguien en Chile que ha tenido derecho a pelear por su raza pura, por su sangre no mestiza, esos han sido los naturales, los indígenas. Ellos son los dueños de este largo y angosto trozo de tierra, ellos están acá desde mucho antes de que Valdivia llegara con su discurso y su dios occidental. Ellos tienen raza, ellos tienen sangre. Los indios son una “raza pura”, no los chilenos. No la mezcla de orígenes y culturas que tiene el chileno en sus venas. Y tan mestizos son, ustedes neo-nazis, que no son capaces de crear y se ven obligados a tomar ideas europeas y luchar por ellas de la manera más imbécil posible. Sin conciencia, sin la más puta idea del ridículo que estáis haciendo.

Hermanos míos, los neo-nazis son la más absurda de las contradicciones. Una caricatura bastarda del modelo occidental.

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HOTEL DE LOS CORAZONES ROTOS



La carretera estaba desierta y ya eran casi las dos de la madrugada. Llovía. Llovía realmente fuerte. Encendiste la radio. Sonaban los rolling stones. Angie. Buena canción, pensaste y miraste a la mujer que iba en el asiento del lado. Era hermosa. La oscuridad, la voz de Mick Jagger y el sonido del diluvio sobre el techo del auto no hacían otra cosa que hacerla ver aún más sexy. Al pasar el cambio pusiste tu mano en su pierna y comenzaste a acariciarla. Se miraron. Sonrieron. Ambos sabían lo que venía.

…La habías conocido unas horas antes, en la comida de la empresa. Era secretaria de la sección de finanzas. Alta, morena, buenas piernas, sexy. Te acercaste con tu sonrisita de latin lover y tu traje Brioni y tu cartel de gerente general y la invitaste a una copa. No fue muy difícil convencerla de que subiera a tu Porsche…

Ahí estaba. Luces de neón celeste y rosa, desteñidas, el mismo viejo anuncio de siempre: HOTEL DE LOS CORAZONES ROTOS. Paraste. Te estacionaste y bajaron, tapados con los abrigos para no empaparse. El viejo que atendía veía una película de vaqueros mientras bebía una cerveza. Les habló de manera indiferente, registró tu nombre falso (para aquella ocasión escogiste tu favorito: Jorge Del Carmen Valenzuela Torres) y les dio la habitación número 1: eran los únicos clientes aquella noche.

La habitación era alta, muy alta, pintada de un color rosa desteñido y descascarado, con muchos espejos. Olía a encierro. Todo bañado en una luz sombría y tenue. Ella tenía cara de incómoda, pero no te costó mucho trabajo tranquilizarla. La tiraste sobre la cama y la besaste largamente, pasaste tu lengua venenosa por su cuello y comenzaste a desabotonar su blusa. Te detuviste porque ella se detuvo. Te dijo que quería ducharse. Perfecto. Así sería más fácil. Se levantó y fue moviendo el culo al cuarto de baño.

Era la hora, era el lugar, tú eras el actor principal.

Abriste el cajón. Ahí estaba. El viejo nunca fallaba. Te pusiste los guantes y abriste la caja, tomaste el cuchillo y lo miraste muy bien. Una sensación de placer invadía tu cuerpo, llenaba tus pulmones y cada uno de tus pensamientos. Miraste por la ventana hacia afuera. Nadie, sólo la lluvia. Perfecto. Caminaste lentamente hacia el baño, disfrutando cada momento, cada segundo. Abriste la puerta lentamente y entraste. Era perfecto, mejor que cualquier orgasmo, mejor que cualquier droga. Te acercaste a la ducha, lento, sintiendo cada paso. Entonces abriste la cortina bruscamente y levantaste el cuchillo.

Un grito de horror. Sangre. Muerte.

Placer.

Tú estabas aún en éxtasis, el corazón te latía rápido y fuerte, la sangre circulaba deliciosa por tus venas venenosas cuando tocaron a la puerta. Ya sabías quien era. Abriste. El viejo dueño del hotel traía las bolsas y los elementos para limpiar el desastre que había en la ducha. Qué desperdicio, pensó el viejo al ver aquel cuerpo joven y firme tirado y desangrado. Qué desperdicio y qué extraña forma de diversión. Pero bueno, el billete estaba ahí y el negocio hace rato que no funcionaba, así que no podía negarse.

Entre ambos metieron el cuerpo en una bolsa y limpiaron muy bien. Lo llevaron al maletero del Porsche. Aún llovía. Llovía realmente fuerte. Pagaste, te despediste y te fuiste. El viejo volvió a la película de vaqueros y a la cerveza. Pensaba que con el dinero podría cambiar el letrero de luces de neón. Quizás eso atrajera a más clientes.



Emilio Vilches Pino.

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ROCK AND ROLL Y MUERTE SOBRE EPITAFIO




Penélope tenía diecisiete años y odiaba el colegio y las reglas y la familia y la moral y las buenas costumbres y sobre todo odiaba el aburrido pueblo de Epitafio. Epitafio era un pueblo polvoriento, pedregoso, seco, donde nunca pasaba nada. y esto no gustaba nada a Penélope. ella amaba la ciudad. y de vez en cuando mandaba a la mierda las aburridas clases del liceo y hacía dedo hacia la ciudad, y conseguía anfetas y marihuana y discos de los doors y por las noches volvía al pueblo y se masturbaba pensando en ruidos de motocicletas y guitarras eléctricas.
el pueblo moría temprano. a las nueve de la noche todo era silencio y oscuridad. Y entonces Penélope esperaba que sus padres se durmieran, se levantaba, se ponías las viejas converse y se escapaba por la ventana. no ruido. no hombres. no rock and roll. entonces se iba a la orilla del lago y armaba un pito que fumaba con placer. luego daba un paseo, pateando piedras, pensando, tarareando canciones de los doors, soñando con salir de aquel pueblo inerte y romper la ciudad, quebrarla, ser la reina del puto universo. en eso estaba, sola con su soledad, cuando de pronto algo ocurrió. algo fuera de lo común: VIO A ALGUIEN. en medio de toda aquella oscuridad una sombra, una figura incógnita cruzó corriendo la calle de tierra y saltó el cerco de la casa de Don Mañungo, el boticario. Penélope se inquietó y se acercó a paso rápido para ver qué pasaba, excitada, emocionada- pero no vio nada. NADA. y esto la decepcionó. esperó unos momentos, dando vueltas por ahí, luego volvió. ENTONCES LO VIO. saltó el cercado y se acercó...

la mañana siguiente el pueblo despertó conmocionado: a don Mañungo el boticario le habían matado todos los chanchos. muertos. muertos y secos. Les habían sacado toda la sangre: SECOS. CHANCHOS SECOS. Absolutamente inútiles. La mujer del boticario lloraba y lloraba, se le caían los mocos, y las vecinas de consolarla y los hombres fumaban y hablaban y hablaban. El vecino trataban Pérez dijo que probablemente se trataba de afuerinos, seguramente del Valle de la Muerte. el vecino Pinto dijo que era un ajuste de cuentas por parte de los Sánchez, una familia de renegados que hacía muchísimos años habían jurado vengarse de don Mañungo por una partida de brisca perdida. pero nadie sabía nada. nadie sabía nada, excepto…
…Penélope, que aquella mañana no se puedo levantar para ir al liceo, se sentía débil, mal, muy mal. su madre le preparó una sopa de gallina negra, recién muerta, pero sintió asco y no pudo comerla. Se madre insistía e insistía, enfermo que come no muere mijita, pero Penélope no podía, no podía, y su mamá le trajo chuño y un agüita de hierba con un toque de caquita de pájaro (el secreto de la abuela), pero Penélope sólo quería dormir, sólo quería dormir.
Esa noche un extraño visitante golpeó el vidrio de la ventana de Penélope. ella lo miró y le sonrió…

La mañana siguiente pasó algo en Epitafio. En lo del vecino Jacinto amanecieron muertas sus tres vacas. cosa terrible. las vacas del vecino Jacinto. muertas. y lo que más consternaba al apacible pueblo de Epitafio fue la manera en que fueron encontradas: SECAS. sin sangre. absolutamente inútiles. cosa terrible para don Jacinto y su familia, que veían su inversión esfumarse de la noche a la mañana. el hijo menor del vecino Jacinto descubrió dos orificios pequeños en el cuello de las vaquillas y se lo comunicó a su padre, pero éste no le prestó atención. Tampoco lo hizo su madre. tampoco sus hermanas mayores. tampoco nadie en el pueblo.
Las mujeres comenzaron a asustarse, los hombres fumaban y hablaban, fumaban y hablaban, los asesinos seguramente venían del Valle de la Muerte, no había otra explicación, los muy infames les sacaban la sangre para dejar a los animales inútiles, había que vengarse, había que vengarse. Pero ¿vengarse de quién? además, ¡quedaba tan lejos! diez kilómetros. desde Epitafio el Valle de La Muerte no era más que una mancha negra sobre una lejana colina.
En eso estaban, fumando y hablando y puteando, cuando alguien dijo que había visto cerca de medianoche a la hija de la comadre Norma (o sea Penélope) paseándose cerca de lo de don Jacinto.
Largo silencio.
Más silencio.
El quinto día de la semana aparecieron secos varios pájaros en medio de las calles, también algunos conejos, un par de ovejas y muchas gallinas, muchas gallinas en todos los ranchos del pueblo. comenzó entonces a aparecer el miedo y la indignación. LA PARANOIA. los vecinos comentaban en las calles, construían galpones para esconder a los animales sobrevivientes, planeaban, tomaban vino y hablaban, bla bla bla, y fumaban y mentían y BLA-BLA-BLA. esa misma tarde el comisario anunciaba que se iba a implementar un plan de vigilancia nocturna en los ranchos de Epitafio. jajaja. plan de vigilancia. comisario. jajaja.
Mientras tanto la hija de la comadre Norma mostraba una mejoría asombrosa. como si hubiera vuelto de la muerte…

Un grito despertó a medio pueblo la mañana siguiente. PENELOPE NO ESTABA. Su madre fue a su cuarto para despertarla, ya era hora de ir al liceo. Pero no estaba (cosa que nunca había pasado). Y la ventana estaba abierta. Entonces gritó. Su marido se levantó rápido, y al notar que su chiquilla no estaba salió corriendo a la calle (tan rápido que ni se preocupó de andar sólo en calzoncillos): Penélope, Penélope, gritaban, pero nadie respondía. Las vecinas miraban de reojo por las ventanas, pero no se atrevían a salir, ya que cada vez con más fuerza corría el rumor de que la jovencita era una bruja que recorría el pueblo de noche y que le robaba la sangre a los animales para quizás qué ritos satánicos, miren su ropa, miren esas zapatillas, y esa música, esos cortes de pelo, y dicen que se droga y que se masturba, es una bruja, es ella la asesina, es ella, es ella. No estaba en el lago, no estaba en la comisaría, no estaba en la capilla. no estaba en ningún lado.
Decidieron esperar.
Pasó la mañana.
Pasó la tarde.
Cayó la noche
Amaneció y ni señas de Penélope.
Las vecinas cuchicheaban que se trataba de una de sus brujerías, las niñas se sonrojaban con tan sólo escuchar su nombre, los hombres respiraban aliviados porque había desaparecido la bruja mata animales. Bajaban la voz y la cabeza cuando la comadre Norma y su marido pasaban por la calle. Ellos lloraban en silencio. Días. Semanas. Y lloraron más amargamente la mañana en que su humilde casita amaneció rayada con enormes letras negras: BRUJA. así que tomaron una decisión: irían a buscarla a Villa de La Muerte, cosa que nadie de Epitafio hacía hace años y años y años...y fueron

y nunca volvieron

El plan de vigilancia nocturna y la desaparición de Penélope aquietaron las aguas en Epitafio, hasta que una mañana aparecieron secos, en medio del camino, todos los pollos de todos los ranchos del pueblo. holocausto de pollos. apocalipsis de pollos. pollos y pollos y más pollos muertos, secos, secos en medio del camino. cada uno con dos orificios pequeños en su cuerpo. Muuuy muertos, wey. Y no sólo eso carnales, lo peor estaba por venir:
¡EL BUENO DEL COMISARIO HABÍA DESAPARECIDO!

faltando cinco minutos para la medianoche la mujer del comisario telefoneó a la oficina porque su marido aún no llegaba, y era raro, porque jamás se había atrasado en sus veinte años de matrimonio. la cosa es que le dijeron que se había marchado hace más de una hora, y entonces ella se puso nerviosa y se levantó y prendió una vela y se puso un chaleco delgado y salió a buscar por las calles de tierra, pero nada, nada de nada. Fue a la comisaría y los guardias de turno le ayudaron en su búsqueda, pero era como si al buen comisario se lo hubiera tragado la tierra.
el tranquilo pueblo de Epitafio comenzó a transformarse en un pequeño infierno. Ya no se hablaba sólo de la bruja; ahora todos sospechaban de todos. todo el mundo en tela de juicio. todo el mundo en las calles. todo el mundo con insomnio. nadie teniendo sexo. Mujeres frígidas. Hombres impotentes. todo el mundo con miedo a la muerte. Epitafio se desangraba. y sus oscuros habitantes con él...

Fue en una tarde muy calurosa. muchas moscas, mucho sol. los vecinos buscando explicaciones para lo que estaba pasando. muchos crucifijos, muchos escupos al cielo. las viejas rezaban, los viejos fumaban y tomaban vino y hablaban y hablaban. La casa, abandonada, de Penélope había sido apedreada e incendiada. Los animales encerrados en galpones de madera, bajo doble candado. Una comitiva regresaba desde la ciudad con un arsenal de rifles para todos los vecinos. Miedo, miedo, miedo, MIEDO, miedo… el pequeño Epitafio tiritaba de miedo.
Lentamente, suavemente, tortuosamente cayó la noche, y los vecinos no pensaban dormir: ¡sus chanchos y vacas estaban en peligro! y todos tenían sus rifles a la mano. y todos tenían sus crucifijos a la mano. así que cuando empezó el ruido todos saltaron de sus asientos y don Mañungo el boticario salió bramando y don Jacinto y el vecino Perez y el vecino Pinto, salieron disparando al aire, pero el ruido cada vez era más fuerte y más cercano, bajando desde el Valle de La Muerte, y las mujeres comenzaron a rezar y los hombres disparaban al aire mientras que a lo lejos, en medio del vacío, un montón de tierra y ruido se acercaba, y cada vez más, y las taquicardias, y los crucifijos, y se acercaban maaás y más y la sangre corría en las venas HASTA QUE: auuuuuuuuuuuuuuu...¡COMENZÓ EL ATAQUE!

Motocicletas, ruido, gritos, tierra, velocidad. gritos, gritos, las motos llegaban al pueblo, chaquetas de cuero, el silencio se vuelve caos. María la lavandera corría despavorida, igual que doña Susana y la señora Sofía; los niños lloraban y se metían a sus casas, los hombres no entendían qué es lo que pasaba, parecía como que el piso se movía. cientos de motocicletas negras invadían el pueblo, rugiendo, gritando, hombres y mujeres con chaquetas de cuero, muy rápido, escuchando a los Misfits, die, die my darling, gritando, riendo, auuuuuuu, bebiendo, quebrando botellas. los habitantes de Epitafio corren para acá y para allá, algunos intentan atacar a los intrusos, pero éstos los atropellan sin pensarlo dos veces, y reían y celebraban. algunos se bajaban de sus motos y comenzaban a pelear con botellas y cadenas, y las balas no les hacían daño, los rifles eran inútiles, siempre aullando, siempre aullando, auuuuuuuuu, y caen heridos don Mañungo y don Jacinto, y los niños lloran mirando por las ventanas, y las mujeres rezan pegadas a sus crucifijos, y otros prenden antorchas y atacan a los de negro, pero a ellos nada los detiene, nada, envueltos en chaquetas de cuero, mascando chicle, tatuados, escuchando el roadhouse blues, let it roll, let it roll y todo era un caos, todo se confundía, todo era una vorágine de carcajadas, sangre, alcohol y rock and roll. La señora María se abalanzaba sobre uno por la espalda y lo golpeaba en la cabeza con una botella, pero éste se volteaba, la miraba a los ojos, carcajeaba y, dejando ver sus filosos colmillos, atacaba directo al cuello. ella gritaba horrorizada mientras él bebía y bebía toda su sangre, hasta que ya no gritó más y se quedó seca, SECA. De pronto, en medio del caos, uno de los hombres de negro se adelanta y se acerca a la mujer del comisario, que a punta de escopetazos intentaba alejar a los invasores, y la sorpresa fue mayúscula al ver que el intruso era nada más ni nada menos que su desaparecido esposo, pero pálido como el papel y con una expresión demoniaca en los ojos. un grito de horror. una carcajada diabólica y él que le muerde el cuello y comienza a chuparle tooooda la sangre, hermanos. golpes, vidrios se quebraban, muuucha sangre, let it roll, baby roll, patadas voladoras, zombies en chaquetas de cuero, caos, caos, caos. los padres de Penélope también estaban ahí, auuuuullando y chupando sangre hermanitos; todo sangre, todo fuego. Don Jacinto, maltrecho y herido, se acercó por la espalda a uno de los intrusos y lo golpeó con un palo directo en la cabeza; el zombie cayó de rodillas por la fuerza del golpe, pero nada más: desde el suelo miró a los ojos directamente a don Jacinto, quien no pudo contener un grito de horror al notar que el zombie no era sino otra que PENELOPE. pálida, muy pálida y con los ojos de un rojo muy intenso, abrió la boca y mostrando sus ensangrentados colmillos se abalanzó al cuello de don Jacinto, pero éste, en medio de su desesperación sacó de su camisa el crucifijo que le había regalado su padre antes de morir y se lo puso frente a los ojos a Penélope (o a lo que quedaba de ella), pero ésta al parecer nunca vio películas de vampiros, porque lanzó una carcajada, mordió a don Jacinto y le chupó toooda la sangre hasta dejarlo SECO, luego tomó la cruz, se levantó la minifalda de cuero y comenzó a masturbarse con ella, gimiendo de placer, gritando de placer al ritmo del rock and roll, mientras la luna era el único testigo del baño de sangre que caía sobre el apacible pueblo de Epitafio.

Auuuuuuuuuuuuuuuuuu jajaja.



Emilio Vilches Pino, 2009

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Ella (Tragicomedia en tres actos)

Acto primero:


Terminaba otro día de mierda de esa semana de mierda en aquel año de mierda de su vida de mierda y era fin de mes, el día tan esperado durante treinta noches de frío y mal sexo, enredado en sábanas en las cuales no quería estar, con una mujer que no quería estar, pero ahí estaba el sueldo en la billetera y tenía unos deseos terribles de tomarse un trago, y bueno ¿quién no, verdad? así que salió rápido del laburo, se puso su chaqueta y caminó directamente a tomar un taxi, total los morlacos estaban, y le habló un poco al taxista y se sentía bien y cada vez sentía más deseos de esa piscola helada en sus labios y se bajó del auto y se metió al bar y entró y pidió una piscola y se la metió casi de un trago y pidió la otra inmediatamente, y miraba a las mujeres, esos muslos, esas piernas, esas tetas firmes, y se olvidaba poco a poco del patético olor a muerto de su vida cotidiana. Y se metió piscolas hasta que la conciencia comenzó a patinarle, entonces decidió que ya era hora de irse, pagó la cuenta, prendió un Belmont y salió a la calle, caminando, silbando de alegría una vieja cancioncilla de Elvis, caminando, caminando, caminando, buscando un taxi que lo llevara a casa, hasta que de la esquina aparecen dos mequetrefes que se le acercan y rodean y uno de ellos le pone un cuchillo en el cuello y el otro que reza las palabras mágicas “entrega la plata conchetumadre” y le meten las manos en la chaqueta y él que trata de defenderse, pero ellos son más fuertes, además que, digamos las cosas como son, las piscolas juegan en contra y ellos le pegan unos cuantos combos y él cae a tierra, unas cuantas patadas en las costillas y se van. ¿Y él? En el piso, mirando la luna, un poco cansado, un poco borracho, con ganas de vomitar.


Acto segundo:


Algo de dinero quedó en los bolsillos, así que tomó un taxi rumbo a casa, rumbo a aquellas sábanas…algo le habló al conductor, de fútbol, de trabajo, no quiso mencionar lo que acababa de ocurrir, pero no dejaba de pensar en ello, “al menos no me quitaron el reloj y el celular”, pensaba. Se bajó un par de cuadras antes para poder pagar (no le dejaron muchos morlacos), prendió un Belmont y caminó, caminó, caminó, pero de pronto en medio de toda aquella oscuridad, aparecen tres tipos que lo rodean y uno de ellos le pone un cañón en el pecho, otro le sujeta los brazos por la espalda y el tercera le mete las manos en los bolsillos, el pobre hombre trató de hacer algo, pero era uno contra tres y ellos tenían la pistola y tenían el mundo en sus manos y el hombre que apelaba al corazoncito de los malhechores"no por favor, sus colegas recién me cogotearon un poco más allá..." pero el “cállate conchetumadre” amenazante le cerró la boca y, bueno, entre golpes y amenazas, se llevaron el reloj, el teléfono y los zapatos. Sí, los zapatos. Tuvo que caminar a pata pelada, entre dolores de costilla y puteadas al viento, las cuadras que aún lo separaban de aquellas tristes sábanas…


Acto tercero:


…y llegaste. No querías, pero llegaste. Las luces estaban apagadas así que supusiste que ella dormía, tanto mejor, tanto mejor, y caminaste al refrigerador para comer algo, pero estaba vacío, sólo un par de latas de cerveza y bien, te las bebiste casi de un trago. Entraste al dormitorio y ahí estaba ella entre aquellas sábanas, dormida, o al menos eso parecía, y te quitaste la camisa con dificultad y te quitaste el pantalón con dificultad y bueno, los bandidos te ahorraron el tener que quitarte los zapatos , te metiste a la cama con dificultad y te pegaste a la espalda de ELLA y poco a poco comenzaste a sentirte mejor y le metiste las manos y te acercaste más y comenzaste a besarle el cuello y ella que despierta y te mira a la cara y con un tono casi inexpresivo te sacude “¿borracho otra vez?” y te quita las manos de encima y tú que insistes pero no hay caso, no hay caso, así que te tendiste y comenzaste a mirar el techo que giraba, giraba, y ella que no perdona, ella que contraataca “espero que no te hayas gastado mucho porque mañana hay que pagarle a mi mamá y a la señora del almacén, también el teléfono, lo cortarán si no pagamos esta semana y recuerda que…” “me robaron” ”¿qué?” ”Me robaron todo, me cogotearon dos veces” y ella que te mira sin decir una sola palabra y te mira y te mira y se da vuelta y te da la espalda. Y tú estabas perdido, estabas aturdido, la ciudad y la noche te habían aturdido, el frío, los perros, la luna venenosa. Lo intentaste una vez más, te pegaste a su espalda y metiste las manos, pero no había caso, ella era una piedra, un iceberg, una máquina. Te levantaste y caminaste al baño, girando, girando, y te encerraste y te arrodillaste y dejaste salir todo, todo, como exorcizándote de todos tus demonios, vomitando, vomitando, hundiéndote, volviendo a nacer, como un niño, como un bebé inocente asesinado por la noche y su oscuro sinsentido.



Emilio Vilches Pino, 2009

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buscar algo y no saber qué
y tragar y tragar y vomitar y retroceder
y todo sigue en su lugar
excepto las fuerzas
excepto las ganas
excepto la triste careta frente al espejo
que se cae a pedazos
cada día
(minuto a minuto, segundo a segundo)
como una puta bomba de tiempo
impregnada en la piel...
como una marca de Caín
como un cáncer fulminante
y el tiempo corre, corre
y la confusión parece caminar siempre muy lento
tan lento
(y la cara se cae, se cae)
buscando a ciegas ALGO
y no encontrar nada nunca, ni en días, ni años, ni siglos
avanzando sin saber adónde
en círculos
mordiéndose la cola/ escupiendo al cielo
siempre decayendo
la vida humana
y su constante sinsentido




Emilio Vilches Pino, 2009

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MARÍA MARIMACHA


Todos la conocíamos como María Marimacha. Nuestros padres nos habían contado mil veces la historia de cómo se había casado cuatro veces (léase con hombres distintos) y todos habían acabado de la misma forma: muertos trágicamente. El primero había tenido un accidente automovilístico, el segundo arrollado por el tren, el tercero apuñalado en una pelea en un bar, y el último había muerto de un derrame cerebral mientras se duchaba. La Marimacha nunca tuvo hijos, vivía sola y nunca salía a la calle, tanto así que a los nueve años de edad aún no la había visto ni una sola vez. El único movimiento que se veía en esa casa era por las mañanas, muy temprano, cuando llegaba su nana de muchos años, y en la tarde noche, cuando se iba. A ella sí la vimos muchas veces; era una mujer flaca, encorvada, de pelo muy amarillo y piel muy blanca, tan blanca que podían verse las venas azules a través de ella. Era vieja, tan vieja como suponíamos que era la Marimacha.

En el barrio se decía que era una mujer loca y peligrosa. Se decía que tenía contactos con la magia negra y la brujería. Se decía que ella misma había sido la culpable de las muertes de sus hombres. Alguna vez oí que en su juventud había sido muy bella y había tenido mucho dinero y que para eso había hecho un pacto con el diablo, quien mucho tiempo después le había quitado su fortuna, su belleza, y no le había permitido nunca formar una familia. Otros comentaban que había estado embarazada y que había tenido un crío, pero que lo había asfixiado al nacer y lo tenía enterrado en el propio jardín. Los chicos del barrio no sabíamos realmente quién era, pero tampoco queríamos descubrirlo personalmente.

Mi abuela y otras mujeres de su edad la habían conocido al llegar al barrio, en la época en que su cuarto marido aún vivía. Decían que era una mujer hermosa, que se había venido al barrio por escapar de su pasado trágico y triste. Decían también que al morir su cuarto marido no pudo soportarlo más y simplemente se recluyó en su propia casa, de la cual nunca más salió. Pero nadie creía esta versión. Todos, incluyéndonos, dábamos crédito a las brujerías, a los pactos con el diablo, a los recién nacidos enterrados en el jardín. Y así la veíamos. Y así le temíamos.

Cada vez que uno de nosotros escuchaba una nueva historia llegaba ahogado, atragantado con las palabras, y los demás nos sentábamos en la vereda a oírla, mirando de reojo a la casa, cada uno tratando de aparentar tranquilidad, incluso bromeando, pero en el fondo todos teníamos miedo. Incluso el Tuco, que era el que todos considerábamos el más valiente y fuerte tenía miedo. Lo supe una ocasión en que fui a su casa a buscarlo para jugar una pichanga y justo en ese momento sus padres lo regañaban a gritos y el Tuco respondía también a gritos, hasta que la voz del padre retumbó en toda la casa y se coló hasta mis huesos: “TE VEAS A TU PIEZA AHORA MISMO O TE LAS VERÁS CON LA MARIMACHA”. Los gritos pararon. Todo volvió a la calma. Todo menos mis nervios…y bueno, seguramente los del Tuco tampoco se tranquilizaron en un buen rato.

Un día, mientras jugábamos una de nuestras pichangas callejeras, pasó algo que cambiaría mi vida para siempre. El Rojo debía patear un penal que le había hecho el Tuco. Yo era el arquero y el Rojo realmente pateaba fuerte, pero no me importaba, ese gol podía definir el partido así que me paré firme y decidido. El Rojo se paró frente a la pelota, “patita al lado” reclamé. Y me hizo caso. Entonces le pegó. La pelota iba más o menos recta, fácil de parar, pero fuerte, muy fuerte. Sin embargo logré puñetearla. Había salvado el penal, el gol, quizás la pichanga, sería el héroe, todos me felicitarían y me reconocerían el salvador del partido. Entonces vi la pelota volar por los aires y dar un bote muy alto antes de meterse justo en la casa de la Marimacha.

Estuvimos sentados en la cuneta varios minutos, sin decir nada. Yo no era capaz de mirar a los ojos a nadie, menos al Tuco, que era el dueño de la pelota. De pronto él mismo fue quién rompió el silencio y dijo “alguien tiene que pedir la pelota, es la Adidas que ocupa mi papá con su equipo”. Entonces el Rojo dijo “el último que la tocó tiene que pedirla” y sentí la mirada de todos sobre mí. “sí, tú tenís que pedirla” agregó el Tuco. Y eso significaba que realmente TENÍA que pedirla. “Ya, pero dame un rato”, dije. “mañana temprano quiero la pelota en mis manos, si no…” respondió el Tuco y se fue sin terminar la frase. Los demás también se fueron. Y ahí me quedé solo, sentado en la cuneta, mirando el piso, jugando con una ramita a hacer figuras en la tierra, sin tener la menor idea de lo que haría para recuperar esa pelota. Y ya casi era de noche.

Comí en silencio. Mis padres afortunadamente (o desafortunadamente, no sé) no notaron nada y pude irme a la cama sin ser interrogado ni nada por el estilo. Y en la cama me entró la desesperación. Tenía que recuperar esa pelota, el Tuco era terrible cuando se enojaba, bien lo sabíamos nosotros. Pero el miedo no me dejaba ir a esa casa a pedirla; no era capaz siquiera de enfrentar a la nana, mucho menos a la Marimacha. Vuelta a la izquierda, vuelta a la derecha, levantarse a mear, volver a la cama, sudar, pensar, pensar. Pensé en conseguir dinero de alguna manera y pagarle la pelota al Tuco, pero eso era imposible. Era una Adidas y yo un mocoso de nueve años sin cien pesos en los bolsillos. ¿Sacárselo a mis padres? Aunque hubiese querido hacerlo no lo hubiera logrado: en la casa simplemente no había plata…

Tenía que ir a esa casa. Tenía que enfrentar a la Marimacha. No me quedaba otra.

Me levanté muy temprano, antes que mis padres (durante la noche no pegué los ojos), me vestí como pude y salí rumbo a la casa a la que nunca pensé ir. Caminé lento, como esperando que un milagro me salvara. Pero, como siempre, el milagro no llegó y no me quedó otra que armarme de valor y enfrentarme de frente a todos mis terrores.

Me paré en la puerta y luego de unos segundos toqué el timbre. Sentí la sangre caliente y una corriente eléctrica recorrerme el cuerpo entero. Pasaron unos segundos, quizás minutos y nadie salía, toqué por segunda vez y entonces pensé que si nadie salía el Tuco no podría decirme nada, lo había intentado y simplemente no lo había conseguido. Pero justo cuando pensaba en esto se abrió la puerta, muy lentamente, y detrás de ella apareció el rostro pálido y azuloso de la nana que veíamos llegar en las mañanas e irse tarde por la noche. Yo no pude decir nada, no podía articular ni una sílaba completa. “¿qué quiere jovencito?” me dijo al fin; “es que, es que, es que ayer con mis amigos estábamos jugando aquí, aquí, y lo que pasó es que la pelota…” y sin dejarme terminar replicó: “pase a buscarla usted mismo”, y abrió la puerta completamente y ante mis ojos apareció el jardín más hermoso que había visto hasta entonces (en realidad no había visto muchos). Me quedé quieto, al borde del colapso, sin saber si aceptar la invitación o no. Un millón de ideas sueltas e inconexas se cruzaron por mi cerebro en una milésima de segundo y sin pensarlo más entré nada más ni nada menos que ¡a la casa de María Marimacha!

La mujer cerró la puerta detrás de mí y nuevamente sentí esos escalofríos, esta vez recorriéndome de abajo hacia arriba la columna vertebral hasta llegar al cráneo y expandirse por cada una de mis neuronas. Miré una vez más ese jardín, lleno de vegetación, de colores, de humedad, de contrastes, y es que era muy distinto a la oscuridad y lobreguez que siempre había imaginado. En un lugar como ese no podía haber un recién nacido enterrado. Miré en busca de la pelota, y es que a pesar de la belleza del lugar quería salir de ahí pronto, rápido, de inmediato. Pero a simple vista no la pude ubicar, así que me agaché y miré bajo las enredaderas, tras las flores. La mujer, pude ver de reojo, que caminaba hacia la casa, lo que me tranquilizó y aterrorizó a la vez. Entonces vi la pelota, estaba entre las ramas de un arbusto pequeño en medio del jardín. Una sensación de alivio y felicidad me invadió todo el cuerpo, casi me hace llorar. Corrí hacia allá, tomé la pelota, pero justo en ese momento, a través de la ventana pude verla: ahí estaba, a dos metros de mí, ¡la Marimacha!

Era una mujer vieja, pero a pesar de eso tenía un rostro casi atractivo, de ojos muy claros y almendrados, pelo rojizo, vestida completamente de negro. Me miraba fijamente, de arriba abajo. Quedé paralizado, sin saber qué hacer o decir. Sólo atiné a decir “es la pelota, la señora me dejó entrar a buscarla”, a lo que ella respondió con un tono pasivo y dulce “no se preocupe jovencito”. “ya la encontré, así que ya me voy” dije, mostrándole la pelota; “está bien jovencito, que tenga un buen día”, y sonrió. Me volteé y caminé lentamente por el jardín hasta la puerta de calle, tratando de parecer tranquilo y seguro. Entonces abrí la puerta (en algún momento pensé que estaría con llave), salí y volví a casa corriendo, sin mirar atrás.

Horas más tarde, a la hora habitual de la pichanga, pude ver cómo a todos y cada uno de mis amigos se les caía la boca al verme ahí, parado en medio de la calle con la Adidas. Incluso el Tuco pareció palidecer. Jugamos en silencio, nadie me preguntó nada, nadie dijo nada. Luego nos despedimos y, sin siquiera hacer un chiste o un comentario acerca del partido, cada uno se fue a sus casas.

Pocos meses más tarde la Marimacha murió. La carroza salió de la casa y en el cortejo solo iba la nana, una mujer que luego supe que era una sobrina lejana, mi abuela, un par de mujeres canas…y yo. Era un día de invierno, hacía frío y tenía pinta de tormenta. Cuando volvimos a casa después del funeral ya llovía muy fuerte. Esa tarde no hubo pichanga.




emilio vilches pino (2009)

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CARNE MOLIDA


La puerta sonó tan fuerte que despertó sobresaltada, asustada, confundida. Su marido, su chanchito, no había llegado a casa y ella como buena y abnegada esposa se había quedado dormida sobre las tapas esperándole, encantadora, celestial, demasiado hermosa para su chanchi. La cosa es que su chanchi golpeó la puerta muy fuerte, así que se levantó, confusa, miró por el cerrojo y ahí estaba él. Aún no salía completamente el sol, debían ser las seis de la mañana o algo así. Abrió la puerta.

- hola- dijo ella.

- puta de mierda- respondió chanchi entre dientes.

- ¿qué?

Y él que empuja a su “perrita” sobre la cama, cierra la puerta y se tira sobre ella, rojo de cólera, sudando, apestando a ron barato y tabaco. Le toma las manos, la inmoviliza.

-ya sé quién es, ya sé quién es ¿así que clases de pilates? ¡A la mierda el pilates!- gruñía chanchi.

-oye, el pilates hace muy bien, sirve para…

-¡qué me importa para qué sirve el pilates! ¡Ya sé quién es! ¡Ya sé quién es!

-¡pero qué es lo que sabes!- gritó la perri.

-¿te haces la tonta? ¡Ya sé que te acuestas con otro!

Perri quedó un instante en silencio, absorta, mirando directamente los ojos en llamas de su chanchito. Luego dijo lo único que se le ocurrió…

- eso es mentira.

- ja, y más encima eres descarada, sé que te acuestas con otro y sé quién es.

- ¡mentira!- y forcejeaba, trataba de sacarse a su chanchi de encima, pero él era más fuerte – suéltame, suéltame- pero no, no, no podía, trataba de golpearlo, pero no, algo cayó, algo se rompió – ¡vas a despertar a los vecinos!- pero chanchito no estaba dispuesto a oír razones, chanchito quería SANGRE…


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Cuando las cosas se calmaron chanchito y perrita abrieron unas latas de cerveza y se sentaron en la cama, él aún colérico, ella llorando suavemente. El sol ya casi inundaba la habitación…

- y según tú- dijo ella, mientras se le caían los mocos- ¿quién es mi “amante”?

- el pelado de la carnicería.

- ¡qué!

- El pelado de la carnicería, no te hagas la hueona.

- ¡Y de dónde sacaste que es el pelado de la carnicería!

- Él me lo dijo

Silencio. Chanchito prendió un cigarro, tragó el humo, lo aguantó unos segundos en los pulmones y lo botó mientras agregaba…

- tomamos unas cervezas en el club, todos juntos, así como los jaivas, y el negro Quinteros empezó a hablar cosas, a contarnos cómo conoció a su mujer ¿sabías que la conoció en un accidente? La cosa es que entre tanta cosa y tanta cerveza y todo eso se le salió un mal chiste, de tí y del pelao…

- ¿qué chiste?

- No importa, la cosa es que el pelao salió a mear y yo lo seguí…

- ¡Oh!

- Y lo tomé por la espalda y le dije “a ver pelao de mierda, así que me estai cagando con mi perrita, dímelo en la cara, y el pelao lo negaba, pero se notaba que estaba mintiendo porque…

- ¡para! ¡para!- y lloraba y se le caían los mocos a la perrita.

- Estaba pálido, casi lloraba, sabe que yo soy arrebatado, así que lo agarré del cuello y le dije que me dijera la verdad, que sería peor si me enteraba después y…

- ¡para por favor!

- …entonces lo confesó, me dijo que se acuesta contigo, que en la hora de almuerzo de la carnicería se saca el delantal y se viene a MI casa, hediondo a carne molida y a chorizo y se mete a MI cama con MI mujer, si por eso sentía olor a prieta y a longaniza en esta pieza…

- ¡chanchi! ¡me ofendes!

- …así que me emputecí y lo agarré de los brazos y lo metí al portamaletas del auto…

- ¿QUÉEEEEEEEEE?

- …y lo empeloté y ahí lo tengo, en pelota en el maletero…

- ¡no te creo!

- Anda a ver si quieres.

y bajó corriendo las escaleras (¿mencioné que el departamento estaba en un tercer piso?) y llegó al auto y lloraba y trataba de abrir pero no tenía las llaves, entonces ahí venía chanchi , caminando, algo ebrio, haciendo sonar las llaves, y el sol ya pegaba fuerte y las cortinas de los vecinos se movían y ojos espías asomaban y entonces giró la llave y ante los ojos de perri y chanchi…un hombre calvo, de un cuarenta y cinco años, entrado en carnes, desnudo, atado de manos y pies y con una manzana en la boca…¿una manzana?¿como en las películas?... Sí, con una manzana metida en el hocico, mirando asustado, tiritando de miedo, de horror…

-no puedo creerlo- dijo ella, pálida, quieta, CASI como una zombie.

Chanchi volvió a cerrar el maletero, tomó a perri del brazo y ante su nula resistencia la subió al auto, en el asiento del copiloto, luego subió él, echó a andar el motor y salieron disparados avenida abajo hasta meterse en la carretera sur. Prendió la radio del vehículo, sonaba Elvis. Le gustaba Elvis.

-¿no me vas a preguntar dónde vamos?- dijo él, luego de un rato. Pero ella no contestó, seguía mirando la carretera, perdida, pálida, muy quieta.

Serían las once a eme cuando llegaron a un sitio desconocido, solitario, seco. Entonces chanchi detuvo el auto y se bajó. Tomó un cigarro, el viento soplaba muy fuerte así que le costó un poco (no mucho en realidad) encenderlo. Perri seguía en el asiento delantero mirando al frente, sin decir nada. Entonces chanchi tomó las llaves y abrió el maletero. Esbozó una sonrisa al ver a aquel hombre desnudo con una manzana en la boca. Fue su última sonrisa en mucho tiempo.





emilio vilches pino (2009)

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N.N.


Cada cierto tiempo la abulia como forma de vida debida de vida abúlica, cada cierto tiempo/ y es hora de levantarse/ A regañadientes/ Y la sangre en los dientes y las encías mezclándose con el agua y bailando cayendo girando por las tuberías oxidadas tan abúlicas como mis encías/ como mi propia vida abúlica// Y mi sangre circulando atrofiada y estrecha por entre mis venas venenosas y explotando x mi nariz, mis dientes / Retorciéndome/ de dolor de frío de aburrimiento y abulia ante lo que implica esa mierda llamada rutina rutinaria/ Y el trabajo como forma de “vida” que hemos creado desde un feudalismo inhóspito/ un mercantilismo avaro y un capitalismo criminal /asesino de infancias Adolescencias y vida (tiempo) extra/ autos, casas, luna de miel en el extranjero/ muerte, cementerios, olvido Olor a sangre, a podrido// Realmente si basta con morir para ser un registro estático en un pedazo de loza/ si basta dejar de respirar cinco putos minutos para ser un estorbo social emocional y legal y dando por hecho que los gusanos nos esperan hambrientos en su continuo ir y venir de vida y muerte/ como un eslabón cualquiera en la cadena alimenticia/ y nosotros nos cagamos de terror ante la crucecita y la cajita de madera / La cajita que debemos pagar en cómodas cuotas de acuerdo a la tarjeta y si existen seguros comprometidos// La vida y la muerte en estantes de libros añejos Y páginas amarillentas y carcomidas/ La vida y la muerte cagándonos la existencia/ Eros y Tanathos podrían irse de una buena vez a la mismísima mierda Y dejarnos acá/ Bajo el sol venenoso/ Bajo la luna de queso/ Respirando tranquilos el poco aire que nos va quedando.

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AUTOBIOGRAFIA

Lamento tu situación niño sin piernas
joven demacrado neurótico psicopático
lamento no haber estado ahí
para hablarte con palabras sinceras
de víctima a punto de caer,
de condenado a la horca x sí mismo

y las oscuras calles de la city



por e.a.v.p

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DIOS

Una vez oí decir que la tierra es redonda...
¡MENTIRA!
hay que corregir esa herejía.
la tierra es cuadrada y punto
es así porque lo digo yo
no hay ningún derecho a objeción.
¿cuántas veces debo repetirles que yo soy Dios?
soy Dios y los maldigo a todos
soy Dios y me masturbo todo el día
soy Dios y no entra nadie a mi reino.
Afuera se aglomeran mil almas en pena
¡ pero yo soy Dios y acá no entran mierdas !

soy dios, pero me siento solo

soy dios

y me siento muy solo...




por e.a.v.p. (2001)

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U.S.A: DONDE LA LIBERTAD ES UNA ESTATUA



- Secretaría general del gobierno de los Estados unidos de America.

-Habla el encargado de asuntos de guerra del gobierno.Tenemos un problema; el señor presidente estuvo bebiendo demasiado, habló de sus planes con el petroleo de oriente y su idea de convertir a nuestra nación en monopolio. Nos dio a entender que cuenta con el apoyo secreto de la O.N.U. y por supuesto del Vaticano(papa incluido).

Sus represas en Texas están listas para recibir el crudo, pero por ahora hay un pequeño problemita:La gente...

Nos narró con lujo de detalle cómo planeó el atentado del 11 de septiembre, ese de los misiles con forma de avión; ya me parecía raro que ese día solo hubiera casi exclusivamente judíos y latinos ilegales trabajando en las torres...En fin, la cosa es que todo este asunto de Afganistán e Irak(me creería usted que las imágenes del supuesto Bin Laden las graba un actor amigo del presidente) y el supuesto armamento nuclear de destrucción masiva es para generar una reaccion en cadena:El nacionalismo...

-No lo decía yo, ¡hijo de tigre!

-Perdón, como iba diciendo, lo mejor que le puede pasar al señor presidente es una guerra; lo único que pierde es algún dinerillo que de seguro recuperará a manos llenas. Bueno, el punto es que nescesitamos su ayuda en cuanto a PUBLICIDAD; en todo tipo de medio masivo y de prensa, como deportes, televisión abierta y satelital, radio, periodicos, internet; que diga que Irak es una amenaza, que u.s.a. salvará al mundo, bla, bla, bla, o sea, algo parecido a lo que hicimos con los soldados y marines hace algunos años en las campañas suicidas a Cambodia y Viet Kong; si fuese necesario utilice mensajes subliminales, o sea:Lavado cerebral, ud. Sabe...

O.K., El señor Bush está muy conforme con su labor hasta el momento; le parece una excelente idea eso del sistema nacional de alerta y las precauciones del fiscal Ashcroft en construcciones federales ; sin embargo, queremos más, mucho más. Todos sabemos que somos nosotros los únicos que tenemos armamento nuclear y que por eso Blair y la O.N.U. no nos hinchan las pelotas , pero se nos están poniendo un poco porfiaditos , así que necesitamos también una pequeña, pero decente inyección de capitales en las cuentas bancarias de Anan hacia arriba. Es algo costoso, pero como ya dije, hay que tomarlo como una inversión a mediano plazo.

Mire mr. Powel, deseamos su acción personal en visitas diplomaticas a países geograficamente claves como Chile y/o Argentina. Hableles en todos los tonos sobre la amenaza que significa Hussein, dé discursos conciliadores como “no nos enorgullece el golpe de Pinochet”, “no hay nada más lindo que la democracia”, etc. Ud. Sabe más que yo de esas cosas. Prometa apoyo a sus gobiernos; si fuera necesario, firme tratados de libre comercio, y si esto aun no fuera suficiente y los países siguen con ese cuento de la paz, el señor presidente está seguro que uno que otro atentado sangriento reconocido por la supuesta Al Qaeda los hará cambiar de opinión.

Una vez conseguido el petroleo de Irak estableceremos bloqueo comercial con países claves como Alemania o Francia, haremos rutas comerciales más largas y costosas, aumentaremos los impuestos de importación, etc.¿me entiende?. O sea, los Estados Unidos de America serán definitivamente la mayor potencia mundial!. De la mano del señor presidente seremos de una buena vez

ONE NATION UNDER GOD !!!!


Apocalipsis, cap I, ver 666. The damn bible.



por Emilio Vilches Pino (2002)

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USTED NO ENGAÑARIA A UNA MUJER COMO YO

Ella tomó un taxi.

-salgamos de acá, yo le iré indicando, por favor.

-ok

-¿tiene fuego?

-aquí tiene.

-gracias.

Ella dio una pitada. El taxista miró sus piernas por el retrovisor.

-fumar no es saludable.

-conducir un taxi no es saludable.

Pausa. Llevaba una falda negra ajustada hasta casi las rodillas, unas botas largas del mismo negro, una chaqueta marrón también ajustada y unos guantes que seguidamente cubrían todo el antebrazo.

-escapar no soluciona nada- dijo él.

-¿y qué le hace pensar que escapo de algo?

-prácticamente lo tiene escrito en la frente.

Pausa. Era cerca de las nueve de la noche.

-está bien, me ha descubierto- dijo ella.

Cruzó sus piernas mientras acomodaba sus grandes lentes de sol oscuros y botaba el humo en forma de círculos. Luego continuó:

-acabo de matar a un hombre.

-¿Que acaba de matar a un hombre?

-lo que oyó.

Pausa. Luz roja. Un niño limpia el parabrisas. Cien pesos.

-¿y cuál fue la causa?

-¿la causa?

-porqué mató a un hombre.

-me engañaba con otra.

-¡vaya motivo para matar a alguien!

-no soporto las mentiras.

-¿y podría saber cómo lo ha matado?

-aquí, en esta doble a la derecha. Bueno, le corté un pene.

-¿Que le ha cortado un pene?

-lo que oyó.

-¡vaya forma de matar a un hombre!

-fue una delicadeza de mi parte.

El taxista sonrió. Miró sus tetas por el retrovisor.

¿y por qué dice “un pene”, y no “el pene”?

-el hijo de puta tenía dos penes.

El taxista sonrió y acomodó un poco su erección. Ella tenía unos treinta y tantos; él más de cincuenta.

-¿le molesta si enciendo la radio?

-para nada.

La encendió. Sonaban los rolling stones, I can´t get no satisfaction. Nuevamente semáforo en rojo. El taxista tarareaba la canción.

-el tipo aquel debe haber sido un tarado. Con una mujer como usted, buscar a otra es casi un pecado.

-no intente pasarse de listo conmigo, taxista.

-no intento pasarme de listo. Solo digo lo que está a la vista.

-¿usted no engañaría a una mujer como yo?

-¿es necesario que lo repita?

Ella apagó el cigarrillo, buscó un cosmetiquero en su cartera, abrió el espejo y comenzó a pintar sus labios de un rojo endemoniadamente vivo. El taxista la miraba por el retrovisor.

-¿y qué se siente?

-¿Qué se siente qué?

-Ser una asesina.

-no intentes pasarte de listo conmigo, taxista.

-no intento pasarme de listo. Sólo es una pregunta.

-bien, creo que me siento excitada.

-¿excitada?

-lo que oye.

-¿sexualmente?

-¿por qué no?

-sólo es una pregunta.

Cerró el cosmetiquero, se acomodó el sostén, se tomó el pelo y cambió de piernas. El taxista observó todo esto por el retrovisor.

-¿y donde irá?

-¿perdón?

-que dónde irá. Qué hará ahora.

-no lo sé. Quizás me acueste con un taxista y luego me pegue un tiro en la sien.

-¿habla en serio?

-siempre hablo en serio.

-no creo que sea lo mejor pegarse un tiro en la sien.

-tiene razón. Quizás me lo pegue en la boca.

-y lo de tirarse a un taxista…es algo bastante más sano que lo del revolver- dijo él, notoriamente excitado.

-depende de cómo lo mire.

-¿y si la denuncio a los pacos?

-no intente pasarse de listo conmigo, taxista.

-no intento pasarme de listo. Sólo es una pregunta.

-sabe, realmente me está aburriendo, taxista.

-¿sí? Demasiado tarde. Cagaste.

El taxista dobló en la esquina. Cerró los seguros automáticos y aumentó la velocidad.

-no es por aquí, pare el auto.

-sé que no es por aquí, ahora vamos a otro lado.

-¿sí?

-sí

Ella parecía absolutamente indiferente a las intenciones del taxista. En realidad era indiferente. Incluso sonreía. Abrió nuevamente su cartera, sacó un frasquito blanco, lo abrió y sacó unas pastillas que puso en su mano. Luego se las tragó. Eran tres o cuatro pastillas.

-¿qué es eso que tomaste?

-eso a usted no le interesa.

-sí me interesa.

-váyase a la mierda, taxista.

-no deberías hablarme así, maraquita barata.

Pausa especialmente larga. Cuando el taxista volvió a mirar por el retrovisor ella estaba pálida, con la mirada perdida. Se preocupó.

-¿cómo te llamas?

-…

-contéstame, ¿cómo te llamas?

-¿y para qué quiere saberlo?

-me interesa.

-me llamo Brenda.

-bueno Brenda, tienes mala cara. ¿Te sientes bien?

-mejor que nunca.

-no me huevees, estás pálida.

-váyase a la mierda, taxista.

Pasaron unos minutos. Ella abrió nuevamente el frasquito y sacó esta vez todas las pastillas que quedaban. Se las tragó de una vez. El taxista seguía todo por el retrovisor.

-no deberías hacer eso.

-¿hacer qué?

-tomar tantas pastillas.

-cállese.

Pausa. Él la miraba por el espejo, y ella lo notó.

-¿le parezco atractiva?-preguntó al fin.

-si no me parecieras atractiva no te haría esto.

-¿hacerme qué?

Él giró la cara y la miró a los ojos por primera vez.

-¿acaso no te has dado cuenta?

Entró por un callejón solitario, bajó la velocidad y encendió las luces. Siguió derecho unos minutos, luego tomó un desvío hasta un “peladero”, apagó las luces, entró y se detuvo; estaba bastante oscuro y solitario. El taxista se pasó al asiento trasero y se acomodó al lado de ella.

La noche seguía su curso; un perro ladraba a lo lejos.

Comenzó a meterle mano entre sus piernas, acariciando sus muslos; ella no respondía. Le subió la falda y comenzó a tocarle el chocho, acariciando su vagina; le metió la mano por la blusa y comenzó a manosear una de sus tetas- ¿te gusta así, maraca?- pero ella no respondía, tampoco oponía resistencia. Entonces el taxista acercó su hocico a los labios de la mujer y la besó…

Prendió la luz del auto, y ahí estaba eso, esa cosa asquerosa que había sentido en la boca, una espuma amarillenta, espesa, cálida. Bajó el vidrio e intentó vomitar. Ella estaba absolutamente blanca, inconsciente, con los ojos abiertos. La saliva espumosa le salía por la boca a borbotones. Se pasó de un salto al asiento delantero y echó a andar el motor.

-loca de mierda. No te mueras acá en mi taxi. Respira mierda, respira. ¿Me escuchas?

Ella no escuchaba.

Le tomó el pulso: débil. La recostó, le acomodó la ropa como pudo y apretó el acelerador.

Cuando ella despertó estaba ya bastante entrada la noche. Se encontró tendida en una cama que no conocía, en un lugar que no conocía. Miró alrededor. Miró hacia arriba. Estaba ahí el taxista y un hombre con pinta de médico mirándola. Al parecer le habían puesto algo en su pecho, sentía una clavada. Su camisa estaba desabotonada. Era una habitación oscura, algo sucia, llena de botellas y revistas (luego notaría que eran pornográficas). La pintura verde pálido de las murallas estaba toda descascarada. Miró por la ventana, estaba seguramente en un segundo o tercer piso.

-bienvenida al mundo nena- dijo el taxista.

-casi te nos mueres, tuviste suerte- agregó el con pinta de médico.

Luego cruzaron algunas palabras, se dieron un apretón de manos y se despidieron. El que parecía médico tomó su maletín y se viró. Él y ella, nuevamente solos.

-y bien ¿qué te parece mi departamento?- dijo el taxista, mientras se sentaba en la cama.

-una caja de fósforos- dijo ella, un poco débil aún.

-bueno, no esperarías un cinco estrellas.

-¿qué me hicieron?

-te salvamos la vida. Te drogas demasiado para ser tan hermosa.

Se miraron a los ojos unos momentos:

-saliste en la tele. Te busca la policía.

Pausa.

Luego continuó:

-Está vivo, se salvó. Lo encontraron sus padres, por poco muere desangrado. Claro, no mencionaron nada de “dos” penes.

-entonces se salvó- dijo ella, evidentemente emocionada.

-es lo que dije.

El taxista se levantó de la cama. Entró al baño sin cerrar la puerta y meó.

-oiga, taxista.

-dime, Brenda.

-¿ya no quiere tocarme?

-es mejor que te vayas de aquí nena.

-¿no quiere tocar mis tetas?- y se abrió la blusa para mostrárselas.

-será mejor que te vayas, ya estás bien.

-¿usted no engañaría a una mujer como yo? ¿Verdad?

-será mejor que te vayas.

Pausa.

Ella se levantó, se abotonó la camisa aún algo sucia con saliva y vomito. Se tomó el pelo y arregló su falda. Miró a los ojos al taxista y dijo:

-¿cómo te llamas?

-¿y eso qué importa?- respondió él. Y tenía razón.

Entonces ella tomó su bolso y se fue.

El taxista miró por la ventana, la vio parada en la esquina. La luz de la luna iluminaba su silueta. Era hermosa. Un taxi se detuvo y ella subió; reanudaron la marcha avenida abajo.

Él volvió al baño, se miró al espejo “¡Vaya día!”, pensó. Mojó su cara y su pelo. Notó que la barba estaba bastante crecida. Fue al refrigerador y sacó una lata de cerveza, la abrió y le dio un buen sorbo. Tomó una revista, la ojeó. Pensó en Brenda. Se bajó el pantalón y se masturbó en su honor.

Ahora sí se sentía preparado para el turno de la noche. El turno de noche era ciertamente el más pesado.

e.v.p.

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VIVE RAPIDO, MUERE RAPIDO


I

Una tarde de invierno la Sofía y yo nos peleamos muy fuerte. Hubo gritos, insultos, floreros rotos, sueños rotos, y otras cosas más tristes aun. Todo iba mal, todo entre nosotros se había desfigurado. Nuestro matrimonio definitivamente se había ido a la mierda, así que decidí que lo mejor era separarnos un tiempo. Se lo dije, pero al parecer mi decisión solo empeoró las cosas; me tiró zapatos, cachetadas, subidas y bajadas. Salí al patio, arranqué el Lada y me fui de aquel lugar. Rápido, muy rápido.

Ya casi caía la noche y comenzaba a hacer frío. Salí con lo puesto, pero tenía algo de dinero, así que pasé a una tienda y compré algo para comer, cigarrillos y una botella de vino, le puse gasolina al Lada y partí rumbo a la carretera: ya había tomado una decisión. Y la decisión era simple: tenía un tío que vivía a unos 300 kilómetros, en un pueblo pequeño que se llamaba “Piedrafría”. En cada viaje suyo a Santiago, por el motivo que fuera, aprovechábamos para tomarnos unos tragos y conversar. Mi tío era callado, algo raro, no tenía dientes, pero era un buen tipo al fin y al cabo. Entre cerveza y cerveza siempre me decía:

-cuando quieras relajarte no dudes en visitarme, estoy casi todo el año en casa, cuidando el huerto. Es un pueblo muy tranquilo, te aseguro que lo es.

Entonces, claro, mi plan era visitar a mi tío. Pero como no andaba con su número de teléfono a mano, decidí ir hasta Piedrafría y allá ubicarlo como fuera. Pasaría unos días con él hasta que se me despejara la cabeza, hasta que la Sofía recapacitara, no se, hasta que pasara algo, supongo. El único problema era que a pesar de que mi tío me había explicado hasta el cansancio cómo llegar hasta Piedrafría, lograrlo no era tan fácil. Y es que Piedrafría no aparece en los mapas. No, no aparece en los mapas, según mi tío porque es un pueblo tan pequeño que nadie lo visita, nadie lo toma en cuenta, es casi como si no existiera. Aun así, yo tenía alguna idea de cómo llegar, y es que mi tío realmente me lo había explicado unas trescientas o cuatrocientas veces.

El cielo estaba rojo cuando partí, y negro cuando llegué a las afueras de Piedrafría. Los caminos eran de tierra, muy oscuros; el paisaje se reducía a algunos cerros a lo lejos y tierra, tierra, tierra y piedras. Tierra y piedras, piedras y tierra. Todo era soledad, no se oía ni un grillo. Miré el reloj y noté que ya era bastante tarde. ¿Qué hacer? Estuve a punto de devolver la marcha y regresar a casa, regresar a las tetas de Sofía. Pero no; ya había tomado una decisión y la respetaría. Estos días con mi tío quizás harían que ella se diera cuenta de que me necesitaba, de lo que me amaba. Yo también la amaba, y realmente no quería perder tan fácil mi matrimonio, pero mi orgullo era más fuerte. Pisé el acelerador y me interné en el pueblo.

La noche cada minuto se hacía más oscura y más nublada. ¿Y el pueblo? Nada, solo tierra, caminos, piedras. Tierra y piedras, piedras y tierra ¿Me habría equivocado de ruta? ¿Estaría perdido? La idea comenzó a asustarme; pero de pronto, a lo lejos, vi un letrero desteñido, un letrero que me volvió el alma al cuerpo: “Bienvenido a Piedrafría”. Encendí un cigarro mientras sentía volver la sangre a mis venas. Reduje la velocidad, puse las luces bajas y comencé a buscar entre la cada vez más abundante niebla algún hospedaje, algún hotel, alguna señal de vida.

Quince, veinte minutos.

A lo lejos vi una luz, una luz muy débil, pero que para mí era un oasis, un salvavidas; me acerqué rápidamente y noté que era un bar, pero un bar bastante especial. Era exactamente igual a las cantinas de las películas del viejo oeste ¿te has fijado? con dos pisos, puertas bajas, todo de madera maltratada y roída por los años; solo faltaba el sheriff… era como para no creérselo.

Detuve el Lada, me bajé y entré. Y por dentro el lugar era aun más increíble: una barra tras la cual había un hombre de pie, pálido y delgado, de bigote blanco, con una innegable apariencia de muerto; la luz no era más que una ampolleta en medio del local, unas tres mesas con hombres absolutamente borrachos durmiendo inconscientes sobre ellas y otro par de mesas vacías; el piso cubierto de aserrín, las paredes de madera con algunos calendarios colgados, el olor era a vino, un olor tan fuerte que causaba nauseas hasta el más duro. Me acerqué a la barra a paso firme, pero casi de inmediato tuve que detenerme: el hombre de la barra había sacado no sé de dónde y en qué momento una escopeta… ¡y me estaba apuntando!

-oh, señor, solo quería ver si me dejaba usar la guía del teléfono…- dije, o al menos creo que dije, mientras levantaba las manos. Él seguía apuntando sin decir nada.

-soy forastero y vengo a ver a mi tío, solo quiero ver alguna guía de teléfonos local para ubicar su dirección…-continué, temblando. El hombre no decía nada, me miraba fijamente mientras apuntaba… ¿y yo? Bueno, yo estaba que me cagaba.

-está bien- dijo sorpresivamente el viejo, bajando la escopeta. Se dio vuelta, se subió a una silla y sacó de arriba de un mostrador una vieja guía de teléfonos llena de polvo, me hizo un gesto para que me acercara a la barra y me la alcanzó.

-gracias- dije, aún cagado de miedo.

Comencé a ojear en busca de mi tío, Ramone, Ramone, ahí estaba: “Ramone Cid Ricardo Antonio”, o sea mi tío Richie. Ahí estaba la dirección, pero no tenía lápiz para apuntarla. Pensé en pedirle uno al viejo, o pedirle autorización para sacar la hoja, pero no me atreví. No, no, no. Entonces tuve que memorizar la dirección. Sí, y eso que mi memoria no es de las mejores, pero prefería arriesgarme a olvidar la dirección que arriesgar un escopetazo en la cabeza.

-muy bien, señor. Ya encontré a mi tío- y le devolví la guía, pero el viejo no pareció inmutarse, seguía serio, seguía en silencio- se la dejo aquí sobre la barra, ahora me retiro, muchas gracias y que tenga muy buenas noches- continué, hice una pequeña reverencia, me di media vuelta y me dispuse a apretar cachete.

-cuidado con los penes- me dijo el viejo con voz seca. No respondí, ni siquiera volteé a mirar su cara, abrí la puerta y salí rápidamente del lugar, arranqué el Lada y me viré lo más ligero posible en búsqueda de mi tío. Rápido, muy rápido.

“Cuidado con los penes” me había dicho el viejo, pero ¿qué mierda me quiso decir con eso? ¿Los penes? ¿Acaso “los penes” era una pandilla del sector? tal vez había oído mal, sí, sí, eso era, había oído mal. El miedo a veces te confunde un poco los sentidos, ves cosas que no están ahí, oyes cosas. Definitivamente había oído mal.

Me tardé un poco en encontrar el sector donde vivía mi tío, pero finalmente lo hallé. Era un montón de casas humildes (como casi todas en el pueblo), muy bajas, todas de madera, sucias, parecía que estuvieran ahí desde siempre. Pero lo que más me llamó la atención fue que no hubiera nadie en las calles, nadie. Ni siquiera un policía o un borracho, todo estaba vacío y solo de vez en cuando se veía alguna luz encendida en alguna casa. Definitivamente era un pueblo raro (ahora entendía la forma de ser de mi tío), pero pintoresco. De alguna manera me sentía bien. De alguna manera, claro, que no podría explicar.

Encontré la casa (número 776), detuve el Lada, bajé y toqué a la puerta. Era de madera y sin antejardín, tenía las luces apagadas…comenzaba a hacer mucho frío. Llamé otra vez, quizás mi tío durmiera. Encendí un cigarrillo y aspiré hondo, dejé escapar el humo al viento. No había ninguna estrella en el cielo, ninguna, las nubes estaban negrísimas y tenían pinta de lluvia. Pero a mí siempre se me dijo que cuando se aproxima la tormenta no hace frío, y ahora vaya si lo hacía, entonces seguramente era falsa alarma, la lluvia no vendría esa noche.

Llamé nuevamente a la puerta, y esta vez vi que se encendía la luz. Felicidad. Se abrió la puerta muy lento e increíblemente apareció tras ella no el rostro sin dientes de mi tío, si no el de una mujer de ensueño, pelo rojizo, piel blanca, ojos azules y facciones finísimas. No lo pude creer, ¡en mi vida había visto mujer tan bella! Me pellizqué para comprobar que no fuera un sueño, y es que era para no creerlo: en una noche había peleado con la Sofía, había salido de la ciudad, me habían apuntado con una escopeta y ahora estaba frente a la mujer más bella que había visto en mi vida, y en la casa de mi tío ¿sería su pareja? No lo creí, era mucha carne para tan poco gato.

-perdón- dije al fin- ¿se encuentra Ricardo? Ricardo Ramone.

No me contestó y cerró la puerta por dentro. Sí, me dejó afuera parado sin siquiera contestarme. ¡Y con el frío que hacía! Di otra fumada y volví a llamar. Pasaron unos segundos y sentí que la puerta volvía a abrirse, pero esta vez menuda sorpresa que me llevé…la mujer salió esta vez a la calle… ¡apuntándome con una escopeta!

-¡No! ¡No dispare! ¡No dispare! Sólo busco a mi tío Richie, él vive aquí, en el 776- dije, mientras retrocedía con los brazos arriba.

-¡¿qué quiere?!- dijo ella, con un claro acento extranjero.

-¡quiero ver a mi tío Richie! sólo eso.

-¡aquí no hay tío Richie!- dijo ella acercándose con la escopeta; definitivamente era gringa, o alemana, o algo así. Miré el número de la casa y era el 776, no estaba equivocado, así que pensé en la posibilidad de haber olvidado la dirección, después de todo solo había confiado en mi memoria…si, debía ser eso, pero ahora ¿cómo diablos ubicaría a mi tío?

-¡Está bien!- dije -¡Está bien! solo baja el arma y me voy, baja el arma, me subo al auto y me voy…

Lo próximo que recuerdo es un golpe muy fuerte en la cabeza y un apagón.

II

Desperté acostado y tapado, ya no sentía frío ni miedo, todo había sido un mal sueño, una pesadilla horrible; aún estaba en mi casa, con las tetas de Sofía a mi lado, con cerveza, con fútbol en la televisión. Sin embargo sentía un dolor en la cabeza. Me incliné para encender la lámpara de mi velador, pero ¡no había velador! Me levanté de un salto y entre la oscuridad reconocí que aquella no era mi pieza, no era mi cama, no era mi casa. ¡Por la chucha! ¡Qué estaba pasando! No entendía nada, ni las escopetas, ni los penes, ni la mujer extranjera; no entendía nada de nada. De pronto sentí que se abría la puerta del cuarto y entraba la luz de la sala contigua, y entre la luz…la mujer, y claro, me cagué de miedo al verla.

-¡oh! no asustes Emilio, no haré daño- dijo la mujer con acento extranjero. Ahora pude verla bien y juro que cada vez parecía más hermosa. Llevaba una camisa de dormir de seda cortísima que dejaba ver casi el total de sus largas piernas, su cintura era diminuta y sus tetas no estaban nada mal.

-es que, es que, ¿cómo sabes mi nombre?

-revisé documentos- dijo, regalando una sonrisa perfecta.

-¡oh!- no supe qué contestar, en realidad no sabía qué mierda estaba pasando.

Se acercó hasta mi lado y se sentó en la cama, puso su mano en mi cabeza, justo donde dolía y comenzó a acariciar mi pelo mientras sonreía. Yo me tapé bien, para que no notara que se me estaba poniendo dura. Era preciosa, hermosa, increíble, estaba enamorado.

-yo…yo venía en busca de mi tío Richie- balbuceé.

-Richie se fue, yo cuido casa- dijo, e hizo un gesto de tristeza, algo así como un puchero.

-¿era tu…tu…pareja?

-no, Richie es jefe, yo cuido casa- dijo, luego se rió.

-¿eres la nana?

-si, nana- y volvió a reír.

No sabría explicar porqué esa noticia de produjo tanto placer.

-y… ¿cómo te llamas?

-Yekaterina.

-¿Yekaterina? ¿Eres rusa?

-no, yo soy Ucrania.

-¡oh!¡Ucrania!...y eres muy joven Yekaterina.

-da, tengo 22 anios.

Metí las manos bajo las tapas, me quité el anillo y disimuladamente me lo metí en el bolsillo. Ella seguía sentada a mi lado dejando ver toda esa pierna, mientras me acariciaba el pelo.

-tengo algunas preguntas Yekaterina- continué, ya entrando en confianza.

-preguntas-repitió.

-¿por qué me golpeaste con la escopeta?

-yo no golpeé con escopeta.

-pero yo recuerdo que me estabas apuntando con la escopeta, lo siguiente que supe era que estaba aquí en esta cama con un gran dolor de cabeza.

-yo saqué escopeta porque Richie dijo que no dejara entrar a casa nadie. Pero eres muy lindo y te metí a casa, y también eres pariente de él, vi documentos.

-si, soy su sobrino, pero…si no me golpeaste ¿por qué no recuerdo nada? ¿Por qué desperté en esta cama con la cabeza dolorida? No entiendo nada…tengo miedo- y le tomé la mano y comencé a acariciársela. Je.

-jajaja- rió ella- jajaja.

-pero ¿qué es lo gracioso? No entiendo.

-jajaja, no tengas miedo, sólo golpeó en tu cabeza un pene.

Le solté la mano y me tiré hacia atrás. Me tomé del respaldo de la cama y me quedé tieso, pálido. Ella se levantó de la cama y salió del cuarto dando saltitos mientras reía a carcajadas.

¿Qué habrían hecho ustedes en mi lugar? ¿Huir? no era descabellado pensarlo, había una ventana en la habitación, podía abrirla, saltar, correr hasta el Lada y virarme a mi casa, a mi cama, a pegarme a las tetas de la Sofía. Pero ¿y Yekaterina? Una mujer como aquella no era para dejarla así como así. Pero para eso había una solución ¿y si la violaba y luego huía? No, no, no podía estar pensando algo así; siempre he odiado a los violadores, son una escoria, unos enfermos. Todo esto me estaba afectando la sesera, no podía estar pensando estas cosas. Entonces no podía violarla, pero tampoco huir; tenía el vino en el auto, podía ir a buscarlo e invitar una copa a Yekaterina, quién sabe, en una de esas saltaba la liebre. Pero ¿y si era una loca? ¿Quién me aseguraba que no era una enferma que había asesinado a mi tío y luego lo había enterrado en el patio? Aquella idea me infundió pánico, se me helaron los huesos, la sangre se me fue toda a la cabeza, los dedos, las piernas y la espalda se paralizaron ¿dónde mierda estaba metido? ¿Qué era eso de los penes? ¿Por qué las escopetas? ¿Mi tío dónde estaba? Sentí cómo el terror se apoderaba de mí, y juro que fue la primera vez que sentí algo parecido. ¿Mi tío enterrado en el patio? No, definitivamente debía huir, a la mierda si no pasaba nada con Yekaterina, a la mierda sus piernas y su culo, a la mierda la mujer más bella del mundo, después de todo yo era casado, y Sofía no estaba tan mal. Sí, lo sé, no tenía ese cuerpo sexual y ese rostro perfecto, pero se defendía. Si, lo decidí, tenía que salir de ahí y rápido, muy rápido.

Busqué mis zapatos en la oscuridad (supongo que Yekaterina me los había quitado para meterme a la cama), me los puse y me acerqué a la ventana, abrí la cortina y noté que todo sería más fácil de lo pensado: la ventana estaba entreabierta, además daba a la parte trasera de la casa donde había un pequeño huerto y unas gallinas. Ni siquiera había perro. Perfecto, la oscuridad y el silencio serían mis cómplices. Pero justo cuando me disponía a abrir la ventana ocurrió lo imposible: un pene erecto vino volando a una velocidad increíble justo hacia mí, rompió el vidrio de la ventana y se metió a la habitación. Por poco me da de lleno en la cara, pero logré saltar hacia atrás, caí al piso preso del terror y di un grito horroroso que salió desde lo más profundo de mí. El pene volaba muy rápido por el cuarto, tal como lo hace una mosca, giraba, chocaba con las cosas, las tiraba al piso. Grité nuevamente y el pánico me hizo por un momento pensar que perdería el sentido, pero no. Justo cuando comenzaba a desfallecer se abrió la puerta, entró la luz y con ella Yekaterina y con ella la escopeta. Encendió la luz, apuntó y apretó el gatillo y ¡bang!: el pene cayó mal herido sobre la cama, se dio unas vueltas, trató de despegar, pero no pudo. Se deshinchó, se achicó, y murió desangrado sobre las sábanas blancas.

Lo próximo que recuerdo es haber vomitado, luego un apagón y buenas noches los pastores.

III

Desperté en la misma cama, pero con las sábanas limpias, y me alegré al ver que ya había amanecido. No me moví, traté de ordenar las ideas; el vidrio estaba roto, pero las sábanas y el lugar donde había vomitado estaban limpios. Descartando la posibilidad de que era un sueño, porque no lo era, pensé que lo más lógico era que Yekaterina hubiese limpiado el piso y cambiado las sábanas para acostarme. Bien, ¿y ahora qué? Salvo de la certeza de que Yekaterina era hacendosa, no tenía nada claro; la posibilidad de que mi tío estuviese enterrado en el jardín aun seguía latente, y lo peor ¿qué mierda significaba un pene volando? Comencé nuevamente a sentir pánico, pero lo controlé, tenía que controlarlo para pensar en algo. Y era absolutamente necesario pensar en algo.

Pero no pude pensar en nada porque justo en ese momento entró Yekaterina al cuarto con una bandeja con el desayuno. Me sonrió, se acercó y se sentó a mi lado; dejó la bandeja en la cama y me hizo un gesto para que comiera, luego me quedó mirando muy raro, casi maternalmente, sonriendo, como si nada hubiera pasado.

-Yekaterina…

- ¿Emilio?- dijo con su acento característico.

-no tengo hambre, muchas gracias, pero no tengo hambre, no comeré- La verdad es que estaba cagado de hambre, pero ¿y si hubiera puesto veneno en el jugo? ¿O en el pan?

-¿Que no comerás?

-no, lo siento, de verdad te lo agradezco, pero no tengo hambre- dije, con el dolor de mi alma. Ella hizo un puchero y bajó la vista…se me rompió el corazón al verla triste, y es que era hermosa, más de lo que pensé en la noche anterior incluso. Se había tomado el pelo en una cola y llevaba puesta una polera color rosa y un pantaloncillo cortísimo de seda que hacía sospechar que no llevaba ropa interior.

-está bien, solo bromeaba, comeré- dije. Ella levantó la cabeza, me miró a los ojos con los suyos azules y me regaló una hermosa sonrisa.

Comí como loco, tragaba sin mascar. No me importó si estaba envenenándome o lo que fuera, comí, comí, comí. Ella me miraba fijamente mientras sonreía. Luego se levantó, se agachó a recoger unas cosas que estaban tiradas en el piso (dejando más claro aun que no usaba ropa interior) y abrió la ventana, o lo que quedaba de ella. Luego volvió dando saltitos a sentarse a mi lado.

El día era horrible, hacía frío y las nubes era amas y señoras del paisaje. Terminé de comer, miré a Yekaterina, miré sus pezones erectos bajo esa polera y sentí cómo se me ponía dura otra vez. Ella me miraba fijamente sonriendo. Y así estuvimos unos momentos, hipnotizados uno con el otro, luego nos acercamos y nos besamos. Fue el beso más sexual, más largo, más tremendamente erótico que había dado en mi vida. No pude resistirlo más: comencé a bajar las manos, comencé por su cintura, las metí por debajo de su polera y las subí por toda su espalda, luego bajé y las puse dentro de su pantaloncillo, tocaba su piel, su carne. Nos acomodamos y nos echamos sobre la cama, siempre besándonos. Sentí caer la bandeja al piso; me olvidé del cadáver de mi tío enterrado en el patio, me olvidé del veneno en el desayuno, de las escopetas, de las nubes, del pene muriendo desangrado sobre las sábanas blancas, me olvidé de mi vida, de mi mujer, de mi trabajo. Era Yekaterina y yo, su piel, sus besos. Me había enamorado, estaba seguro.

Me quité la camisa y la tiré lejos, comencé con el pantalón, pero justo cuando comenzaba a desabrocharlo sentí un ruido de aleteo muy fuerte, como el de una mosca, pero amplificado unas veinte veces, o sea, el mismo sonido que había sentido en la noche anterior cuando entró el pene volando por la ventana. Me volteé y lo vi otra vez: un pene erecto volando a toda velocidad por el cuarto, de un lado para el otro, zigzagueando, chocando con las cosas. El amor de mi vida se levantó furiosa de la cama, tomó una revista que había tirada en el suelo, hizo un rollo con ella y comenzó a lanzar golpes al pene mientras daba gritos en un idioma extraño (luego supe que eran imprecaciones en ucraniano), lanzaba golpes al aire y en más de alguna ocasión logró rozarlo, pero no lograba darle de lleno. El pene dio unas cuantas vueltas más y salió nuevamente volando por la ventana. Yekaterina se acercó aun furiosa a la ventana, gritando, maldiciendo. Cerró y puso la cortina.

Cuando reaccioné, ella estaba cruzada de brazos a los pies de la cama, me miraba y sonreía. Luego se quitó la polera y aparecieron bajo ella las tetas más divinas del planeta. Tiró la polera lejos y se lanzó riendo a la cama. Lo hicimos. Lo hicimos y fue maravilloso. Definitivamente estaba loco por ella: Emilio Ramone se había enamorado.

Los días siguientes fueron un paraíso. Yekaterina era una diosa en la cama, muy inteligente, cocinaba excelente, era limpia, cariñosa, paciente, hermosa, me hacía reir. Claro, hubo “algunas cositas” que tuvo que explicarme: me mostró el cadáver del pene muerto sobre las sábanas y solo entonces pude verlo bien. Era un pene de verdad, de piel, de tamaño normal, con las bolas y un par de alas incluidas. Las alas estaban a los costados, y las bolas atrás(a esta altura del partido ya no me sorprendía nada). Había algunos ejemplares más grandes, los negros, pero era una raza muy escasa. Me explicó también que cuando estaban vivos pasaban la mayor parte del tiempo erectos, excepto cuando dormían, y volando a gran velocidad, lo que los hacía verdaderas amenazas para la gente, pues un golpe en la cabeza te podía noquear (y bien lo sabía yo) o a un niño podía incluso causarle daños mayores, por no decir la muerte. Por eso había que espantarlos y si fuese necesario matarlos a escopetazos.

Con el tiempo entendí tantas cosas de Piedrafría, por ejemplo que los penes voladores sólo aparecen en invierno, cuando hace más frío y el cielo se nubla completamente. Durante esta estación la mayor parte del pueblo emigra a la ciudad o a cualquier lugar donde no corras el peligro de morir porque un pene te chocó la cabeza. Y los que no emigran, claro, usan una escopeta para matar a estos “insectos”, cuando no entienden con golpes e insultos. Claro, nadie del pueblo menciona esto fuera de los límites de Piedrafría, es una convención social con cientos de años de tradición que nadie se atrevería a romper. Por eso es que este lugar no aparece en los mapas, por eso nadie lo visita, por eso causa tanta desconfianza que una noche de invierno, sin más ni más, un hombre de la ciudad llegue a altas horas de la noche en un auto preguntando por su tío, por eso las casas oscuras, por eso las calles vacías. Por eso era casi un pueblo fantasma, y si no fuera porque lo vi, jamás hubiese creído que existe un lugar en el mundo donde, en lugar de moscas, pasan sobre tu cabeza penes con alas que pueden matar niños.

Resumiendo un poco el cuento les puedo decir que de esto ya van unos diez años. Actualmente vivo en Piedrafría, en la misma casa donde conocí a Yekaterina, en aquellos años nana de mi tío (la había traído desde un orfanato en Santiago) y actualmente mi mujer, el amor de mi vida. De él, o sea de mi tío Richie, nunca más supe, jamás volvió del supuesto viaje. Cada vez que le pregunto a mi mujer sobre él, se turba, se pone pálida y cambia el tema. Algo raro pasó, no sé, la posibilidad de mi tío enterrado en el patio no es tan descabellada al fin y al cabo, pero prefiero quedar con esa duda a vivir sin Yekaterina, eso no podría soportarlo. Tenemos dos hijas, Misha y Katya, de ocho y seis años respectivamente; son hermosas, tanto como la madre, y muy inteligentes. Les enseñamos los secretos del huerto, les enseñamos a leer y a escribir en castellano y en ucraniano. En verano las sacamos a pasear al río, a los cerros, a la plaza del pueblo, a la calle para que jueguen con sus amigas. Claro, también les enseñamos a usar la escopeta para el invierno, la época en que se nubla el cielo y aparecen los penes sobre Piedrafría.

IV

La tarde en que lo hicimos por primera vez, tiré el anillo de matrimonio por el water y escribí una carta a Sofía explicándole que me encontraba bien, pero que no volvería a la casa. Luego volví al cuarto con Yekaterina, nos tiramos en la cama y lo hicimos una vez más.



e.v.p (2006)

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FRANKENCRISTO


Decidimos aceptar la teoría de la evolución
no x exceso de inteligencia ni x por falta de sentimientos
declaro que lo hicimos x simple vanidad.
NOS AMOLDAMOS A CUALQUIER RECIPIENTE
sin necesidad de receta aprendimos a arrastrarnos
y a sonreir automáticamente si la situación lo amerita.
Crecemos para envejecer y morir,
situando nuestro eje en el mismo punto de hace millones de años
y así el "big bang" pasa a ser la constante del embrutecimiento
(como si las deudas no chuparan suficiente sangre)
Y caemos en lo mismo
y las funerarias siguen ahí
como buitres hambrientos tras la presa resignada y sumisa
PORQUE LA COMODIDAD NO REQUIERE RESPONSABILIDAD LA ESCOGEMOS
Las multinacionales y el fondo monetario lo parchan todo
y se las arreglan para ser siempre el bueno de la película.
El feudalismo dejó bien sembradas las bases
y nuestro amigo el burgués terminó de pisotear la ínfima posibilidad de cielo azul
en desmedro del papel moneda.
Y nacen las bacterias con los intereses y nacen las vacaciones en Hawaii
y aparecen los Rollex y los Wolkswagen y el maletín y el traje y la cocaína
y aparecen las tetas divinas tomando Coca-cola
mientras nos masturbamos interactivamente
NOSOTROS CAEMOS A LA CATEGORIA DE RATA DE LABORATORIO
semicomputarizados como cíclope ante la oferta
nuestra sinapsis se reduce a sumar, restar y multiplicar
y curiosamente las matemáticas siempre nos están fallando.
Y apuesto mi pescuezo a que nosotros mismos nos condenamos
xq tenemos fe en el mercado
y amamos nuestro PC mientras nos folla el FMI
y lamemos el miembro de una bomba atómica
pintarrajeada con barras y cincuenta estrellitas
LA GUERRA SE HA CONVERTIDO EN UNA MANOSEADA PROSTITUTA
que cura todo mal, sea bilateral, continental, incluso electoral
porque estamos bien adiestrados mr. business;
vuestros hijos ilustres nos han dado lecciones ilustres de sociologia nacionalista
y usted terminó por liquidarnos
sabemos bien cómo actuar, toda una gama de desórdenes neurológicos más, usted sabe,
una que otra enfermedad catastrófica
ponga todo esto en una enorme licuadora
multiplique por país sub-desarrollado
seguramente obtendrá un nutritivo montón de mierda llamado CAPITALISMO
y tenga por seguro
que millones de bocas hambrientas estarán dispuestas a tragarlo


Per $ecula $eculorum





e.a.v.p (2005)

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DON GRAFF MATA


El problema de la legalización de la marihuana en Chile es un asunto que se ha vuelto alimento en bocas de políticos, eclesiásticos, campañas de gobierno, y de la sociedad en general. El problema es que la mayoría de estas entidades no tiene mayor información y/o conocimiento del problema, y opina en base a valores heredados de la familia, la moral, o las constantes campañas prohibicionistas populistas. Prohibir por prohibir es más cómodo que eficaz y también más arbitrario que inteligente, y la medida prohibicionista es injusta e inefectiva, además de acarrear enormes costos y generar enormes problemas. El problema real con las drogas no son ellas en sí, si no el uso que se les de.


Las drogas no dejarán de consumirse bajo ninguna circunstancia, se han consumido desde muy antiguo, sin mayores penalizaciones ni persecuciones, destacándose en los usos rituales y en las mentalidades religiosas, en las prácticas medicinales, en las creaciones artísticas, en las convivencias sociales y tertulias filosóficas, en las experimentaciones científicas, en el alivio de los más variados malestares del cuerpo y el espíritu, y por qué no decirlo, en el fomento del simple disfrute y del placer. De lo anteriormente planteado trata este trabajo, pero más específicamente acerca de la conveniencia o no de la legalización de la marihuana en Chile.

Legalizar es un paso importante y necesario en el camino a la mejora de una juventud dañada por porquería manipulada química y artesanalmente en grandes mafias narcotraficantes, así como en pequeños grupos de micro tráfico. Legalizar permitiría conocer exactamente qué se consume, de qué calidad es, y evitar los adulterantes que contiene la marihuana procedente del mercado negro. Este es un ejemplo de como la prohibición atenta contra la salud pública que dice defender. Además, es la única manera de acabar con el narcotráfico, quitaría dinero y poder de las manos de las mafias y del crimen organizado que ahora explota el negocio de las drogas justamente porque es ilegal. También haría más transparente el manejo del tema por parte del estado en sus poderes judicial, ejecutivo y legislativo. De paso se ordena y mejora todo el sistema carcelario, hasta ahora atestado de reos culpables de poseer pequeñas plantaciones muchas veces destinadas a consumo privado y personal. Por lo tanto, la legalización es una necesidad que si bien no frenaría, al menos para regularía una realidad social tan antigua como la vida.

Existen varias posturas que aparecen al tocar el tema, de las cuales la gran mayoría apoya la prohibición por motivos tan vagos y superficiales como “la droga mata”, “la marihuana legal aumentaría la delincuencia y la drogadicción” o “la marihuana es la escala a otras drogas más fuertes”. Se basan en campañas publicitarias gubernamentales estilo “Don Graff”, o “yo soy libre, no me drogo”, siendo una absoluta incongruencia el pensar que si me meto droga bajo mi voluntad y usando todas mis facultades de decisión dejo de ser libre.

En casos de posturas más serias y más informadas, la postura es la prohibición por motivos que no hacen más que responder a la postura legalizadora, o sea, dicen que el narcotráfico no desaparecería por existir siempre en todo mercado un sector fuera de control estatal, o sea la mafia. Sin embargo, se olvidan del caso de la época de "ley seca" en los Estados Unidos, donde desde su instauración apareció la mafia estilo Al Capone, que luego de la despenalización del alcohol, quedó a reducida a nada. En casos muy mínimos, estos gangster pasaron a ser empresarios, pero aún así es preferible un gangster empresarial pagando impuestos y sin manejar sustancias dañinas, que un narcotraficante.

En cuanto a la pregunta ¿La droga mata? Ciertamente puede matar, pero también puede matar andar en motocicleta, andar en avión, cruzar la calle o llevar una dieta excesiva. Lo que mata es la porquería adulterada de ladrillo o matarratas que se consume en los barrios y en todo sector social y no la droga en sí. Una dosis de cocaína contiene solo un diez por ciento de pureza y esta cantidad se reduce aun más en el caso de la marihuana prensada o mezclada con otras sustancias de muy dudosa reputación. Vale decir que la causa de esta adulteración en la calidad de las sustancias se debe a la prohibición, ya que se manejan en ámbitos ilegales y por lo tanto irregulares, lo que permite una mezcla sin mayores trabas ni problemas, cosa que no ocurriría en el caso de ser legales y regular su procedencia y calidad. Se consumiría marihuana natural, hachís y otras variantes del cannabis, cocaína pura, dejando de lado el crack, la pasta base o la marihuana prensada. Además, en cuanto a la marihuana natural, no existe prueba fehaciente de que cause un daño superior y ni siquiera similar al de otras drogas consideradas legales y socialmente aceptables, como el tabaco y el alcohol; posee escasa toxicidad y no produce suerte alguna de adicción fisiológica, aunque sí, quizás, una ligera adicción psicológica.

Otro de los argumentos que aducen quienes sostienen la postura prohibicionista es el de que la mayoría de usuarios de heroína han empezado fumando marihuana o hachís. Pero el hecho es que la gran mayoría de usuarios de cannabis nunca llegan a consumir otra droga ilegal, y que, con toda probabilidad, esos mismos consumidores de heroína probaron, aun antes, el tabaco y el alcohol, sin que se atribuya a estas sustancias ser el origen de la ‘escalada’. La realidad, tal y como los grandes estudios sobre el cannabis constatan, es que ninguna evidencia demuestra que exista nada en él que ocasione ese paso a otras drogas. En estos informes se afirma que los motivos que llevan a un consumidor de cannabis a probar otras drogas son siempre de orden personal o sociológico, pero no atribuibles a la sustancia.

Otro argumento anti-legalización sería el virtual crecimiento del número de consumidores, de drogadictos y de delincuentes, pero incluso esta hipótesis es, si no falsa, al menos infundada. La prohibición es la que ha producido los altos costos de la droga, y es esto lo que ha hecho caer en la delincuencia o la marginación social a una buena parte de los consumidores carentes de los medios económicos necesarios para adquirir las drogas. Casi nadie robaría para financiarse «pitos» al precio real de la droga —más impuestos—, y no al precio astronómico actual resultado de la prohibición Además, la legalización traería consigo de inmediato una drástica disminución del número de muertos o piltrafas humanas provocados por la droga adulterada. Aún habría algún muerto por sobredosis, pero sería una minúscula cifra en comparación con la situación actual. Entonces el reproche vendrá a sostener que se producirá un aumento de drogadictos, argumento tan reaccionario como el que se esgrime al decir que por la legalización del divorcio todos los hasta entonces felizmente casados correrán a disolver sus vínculos, cuando ese hipotético aumento no dejaría de ser el efecto visual, por así decirlo, de algo que antes se mantenía oculto a la fuerza.

Como último punto, y no por ello menos importante, toco el de la libertad humana de decidir que es lo que hago, lo que consumo, si deseo evadirme, divertirme, invadirme, o simplemente destruirme. Todas estas posibilidades, por fuertes que parezcan, son atribuibles a la decisión individual, y a la noción cierta de ser cada uno dueño de su propio cuerpo.

No basta con la despenalización, es urgente la legalización y no solo de la marihuana, sino de todas las drogas pues si nos quedamos solo en ella, corremos el riesgo cierto de no terminar con ningún problema, si no solo trasladarlo a otras drogas más duras, por decirlo así de “subir un peldaño”. Pero hay que comenzar con algo, y legalizar la marihuana en Chile es una decisión inteligente, apropiada, qu demostraría que solo se trata de mala educación con respecto a las drogas, y que en este caso, como casi siempre, prohibir es el mal mayor.



Emilio Vilches Pino (2004)

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TARDE DE PERROS


Mi vida era perfecta, un orgasmo constante. Pamela era una fiera sexual y yo por entonces no me quedaba atrás. Ella era algo porfiada de cara, pero tenía un cuero increíble y sabía muy bien cómo mover las caderas… me volvía loco. Yo por mi parte tenía un buen empleo y una casa cómoda, no puedo quejarme. Cuando volvía a casa del trabajo, ahí estaba Pamela esperándome, me alimentaba muy bien y luego nos íbamos a la cama. Los fines de semana era todo aun mejor. Sexo, sexo, sexo. Sexo, algún trago, algo de hachís, otro trago y sexo.
Pero nada es para siempre y bien lo sé yo. Una noche lluviosa en que acabábamos de hacer el amor, Pamela salió con el chiste:
-Emilio, quiero que compremos un perro
-¿un perro?
-si, un perro. Un poodle blanco que me haga compañía.
-¿para qué quieres compañía? Me tienes a mí.
-pero tu no estas aquí todo el día, además tu no eres un perrito poodle blanco.
-está bien, el fin de semana compraremos un perro.
-¿estás loco? Lo quiero ahora mismo.
-¿y de dónde quieres que te saque un perro ahora?
-vamos a comprarlo.
-¡a comprar…las pelotas! Estamos acostados, hay lluvia y son las…12 de la noche.
-¿y qué importa? Vamos a conseguir un perrito.
-debes estar bromeando.
-me voy a vestir y saldremos a buscar el perrito, tu también ponte algo y prepara el auto.
-Pamela, no saldré a estas horas a comprar un perro.
Entonces Pamela sale corriendo y se encierra en el baño. Comienza a llorar, primero discretamente, luego a gritos exagerados. Me levante y me acerqué a la puerta.
-está bien, está bien amor, iremos a buscar un puto perro blanco.
-¡no es puto! Es un poodle blanco que me hará compañía.
-lo que sea, ahora deja de llorar, ponte algo de ropa y sal del baño.
Recorrimos media ciudad buscando una tienda de mascotas abierta y, lógico, no encontramos nada. Le sugerí a Pamela varios ejemplares caninos que vagaban por ahí en la calle, pero no; ella quería un poodle blanco. Finalmente tuve que despertar a un viejo que tenía cerrada su tienda para que me vendiera un perro sin boleta, aunque pagara el doble del precio. Aceptó y volvimos a casa con el perro.
Era un poodle blanco macho, peludo y muy pequeño. Pamela quiso llamarlo “Maria de los Ángeles” y yo obviamente objeté que ese era un nombre para hembra y no para un macho, pero a ella esto la ofendió e insistía en ese nombre. Luego de muchos tira y afloja accedió y lo llamó “Cuchi Cuchi”, que se bien no es un nombre muy varonil, al menos es mejor que “Maria de los Ángeles”.
En un comienzo todo marchaba normal, la casa, la cerveza, el sexo, tú me entiendes, pero esto no duró mucho tiempo: Cuchi cuchi comenzó a desordenar las cosas, tiraba la ropa por aquí y por allá, comenzó a cagarse y a mearse por toda la casa. Se subía a las sillas y se cagaba, se cagaba en las mesas. Muchas veces pisé sin darme cuenta sus sacrificios y los desparramaba por toda la casa. Y el problema no era tanto que se cagara por ahí, el problema era la manera en que cagaba: fétido, tan hediondo que más de alguna vez vomité al pasar cerca de sus sacrificios. Y no es que yo sea delicado de estómago ni nada, porque sé muy bien lo que es la mierda y no siempre he tenido lo que tengo ahora, pero esto era demasiado. Me preguntaba cómo diablos de un animal tan pequeño podía salir algo tan apestoso, y es que era realmente increíble como hedía su mierda. Pero bueno, sigamos con lo nuestro.
Pamela lo adoraba y le interesaba un coco que el perro ensuciara todo: ella lo tomaba en sus brazos, lo acariciaba, le tejía chalecos, gorritos, le hacía estrafalarios cortes de pelo, le hablaba, le cantaba canciones antes de dormir y para despertar le pasaba un pañito con té por los ojos; cuando cagaba le limpiaba el culo con agüita de manzanilla. Todo comenzó a transformarse en una mierda, en una constante y putrefacta mierda.
Mi vida sexual se redujo considerablemente. Bastaba con que me pusiera cariñoso para que Pamela comenzara: “hoy no Emilio, sacaré a pasear a Cuchi Cuchi”, “hoy no Emilio, estoy enseñando a Cuchi cuchi a decir mamá”, “cuchi cuchi está un poco enfermito”, cuchi cuchi aquí, cuchi cuchi allá ¡cuchi cuchi las pelotas! ¡Ese maldito perro se caga en mis zapatos, se come mi comida y no me deja acostarme con mi mujer!
-eres un insensible Emilio, mira, lo has ofendido.
-¿ofenderlo? El hijo de perra ni siquiera habla español… Pamela, ¡vive mejor que yo!
Y ella se largaba a llorar. Toda la situación me estaba enfermando de los nervios. Ella lo bañaba, le enseñaba a pararse en dos patas ¡lo acostaba en nuestra cama! Muchas veces desperté porque esa cosa chica lamía mi cara, me mordía las orejas, ladraba o simplemente me meaba.
Empecé a perder el juicio: le puse alimento con sulfato, agua con cloro, sal en exceso, dejaba la puerta abierta por si se viraba; cuando tenía oportunidad le tiraba las orejas, la cola, le pegaba una patada en el culo. El hijo de perra era un exagerado, chillaba hasta que llegaba Pamela a tomarlo y llevárselo, lógico, luego de insultarme.
Una ocasión en que Pamela se estaba duchando, tomé el auto, metí al perro y partí. Apreté el acelerador a fondo, nada me importaba. Sería el fin del poodle blanco; metía el pie en el acelerador y metía whisky en mi cuerpo, vamos, vamos. Me detuve. Dejé a Cuchi cuchi en un lugar que ni yo conocía, a unos cuantos kilómetros de mi casa, en la puerta de una peluquería si mal no recuerdo. Lo bajé del auto, le di una palmada en el culo, eché a rugir el motor y volví a casa. Paz, calma, ese maldito animal no volvería a joderme.
SILENCIO.
Sentía una enorme paz y felicidad, me reía solo y casi sentía ganas de llorar. Pero llego a casa y ahí está el perro, en las piernas de Pamela, jugando con su bata. Ambos me miraron con indiferencia y siguieron jugando. Mierda, ¡era imposible que el hijo de perra volviera antes que yo! ¡Lo hace por joderme! ¡Lo hace para volverme loco! ¡Necesito un trago! ¡Y otro! ¡Y otro!
Me convertí en un alcohólico.
El perro ya no me dejaba dormir, me mordía la nariz, las orejas, me meaba la cara, ladraba por nada. Comencé a llegar con resaca al trabajo, ojeroso, perdí diez kilos en unas cuantas semanas. Mientras tanto el poodle blanco se acostaba en mi sofá, se comía mi cena, tocaba a mi mujer. Perdí el trabajo. ¡Mi vida se estaba yendo a la mierda! ¿Y Cuchi cuchi? Por ahí, tragándose mi comida o cagándose en mi sofá.
Una noche en que estaba algo borracho tuve una pesadilla horrible: soñé que llegaba a mi casa, abría la puerta y ahí estaba Cuchi cuchi echando un pato con Pamela y ella gemía de placer, no me prestaban atención, follaban y yo no existía. Yo gritaba algo, no recuerdo qué, entonces Cuchi cuchi me miraba a los ojos y me decía que Pamela era suya todas las tardes, que ella lo prefería a él porque tenía una verga enorme y sabía hacerla sentir mujer; luego ambos comenzaban a reírse a carcajadas de mí. Se reían a carcajadas en mi cara, en mi casa. Entonces desperté, desperté gritando y sudando ¡Cuchi cuchi no podía estar follándose a Pamela! ¡No!
Miré a mi lado y ahí estaba la bola de pelo, lo tomé de una oreja y me metí con él al baño. Pamela partió tras de mí, así que cerré con llave -¡no me joderás más hijo de perra!- Gritaba, Pamela golpeaba la puerta, lloraba a gritos, pero yo no oía nada, no veía nada: era el perro y yo, era mi venganza. Lo metí en el w.c. y largué el agua, la pequeña bola de pelo se defendía, trataba de salir, yo lo hundía. Pamela gritaba, golpeaba, lloraba; yo también gritaba, presionaba al maldito hasta que logré hundirlo un poco más y volví a jalar la cadena. Entonces el agua se tornó roja, sangre, comenzó a inundarse el w.c, el agua salía, rebalsaba. Yo gritaba, era como estar exorcizándome, era el clímax, la catarsis -¡MUERE HIJO DE PERRA! ¡MUERE! ¡MUERE!...

Cuando desperté, el perro aún estaba allí.




Emilio Vilches Pino, 2006

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MONOLOGO XXX


De mi nacimiento no recuerdo mucho,
pero seguramente han oido la historia.

De niño apredí el uso de todo tipo de hierbas:
Comestibles, bebestibles, alucinogenas, etc.

Discutía con los sabios en las escaleras
acerca de las funciones de algunas psicodelicas.

aprendí todo acerca de las profecias
y más por molestar que por convicción
me declaré "Rey de los judios".

Para ese entonces podía sobrevivir
cuarenta días y cuarenta noches
sólo con drogas y vino.

Tuve muchas mujeres:
Un hombre soltero seguido por doce fieles
es digno de interés femenino.

¿onofre?

Más por molestar que por convicción
aprendí algunos trucos que me hicieron famoso:

Podía duplicar el pan y el pescado,
podía salvar prostitutas de morir apedreadas
sólo con el poder de mi buena fama.

Debe ser por entonces
cuando empezó a fallarme la chirimoya,

y más por molestar que por convicción
preparé una muerte espectacular
con la ayuda de mi compadre Poncio.

Me provoqué una catalepsia a base de hierbas,
y despues de tres días de ocio
me fui de farra con Magdalena.

( lo de la cruz es una idea que me enorgullece)

Seguramente no me han conocido de buenas a primeras:
la calvicie prominente, los kilitos de más,
una que otra cirugía plastica,
las arrugas que irremediablemente dejan los años,
la joroba en proceso, la impotencia sexual,
el parkinson, la ceguera parcial y el bastón
ya no los puedo ocultar.

Ahora pueden juzgarme como plazcan,
después de todo,
lo comido y lo bailado no me lo quita nadie...

(cuchicheo general)


por Emilio Vilches Pino (2002)

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SENTENCIA


Anochecer lluvioso -¡amanecer!
Títeres de plasticina -¡enrojecer!

Los latidos rompen los vidrios
Los vidrios me amenazan de muerte
La muerte se ríe mientras apunta.

Sigue anocheciendo -un anochecer menos!
Payasos de cartulina -envejecer!

Envejecer odiando el calendario
Y sus pasajeras cuentas regresivas
Los relojes retroceden, retroceden.

Nuevas efemérides-ninguna!
Estado civil-sentenciado a
SILLA ELÉCTRICA!

Lluvia-corto circuito!
Noche-sustantivo común
común a todos los mortales
mutilados-sentenciados!

Lo que el viento no se llevó, ciertamente
Se lo llevarán los gusanos.

Gusanos-obreros explotados!
Alza de sueldo-imposible!

Comiendo pensando mascando tragando
Pensando en la noche lluviosa que se aproxima
Mascando el odio y el miedo a los calendarios
Tragando gotas de sudor y vino amargo.

Cadena perpetua para los humanos
Inquisición para los humanos
Políticas de estado para los humanos.

Buitres y cuervos-palomas de la paz!
Globalización-cloacas abiertas a todo público!
C.I.- ¿C.N.I.?
Razones políticas-humanitarias!

Sida para los humanos
Cárcel para los humanos
Sistemas financieros para los humanos

Marx-no fumo, señor!
Hitler-no tomo, señor!
Bush-no señor, paso!
Jesus de
Nazareth- I don’t speak Spanish, sir!

Meten los dedos en el enchufe
Y los payasos y los títeres comienzan la marcha
Mientras la muerte apunta
La lluvia azota los tejados resignados,
La lluvia azota mi única opción de salida

Drogas-funerales-amigos-zombies!
Psiquiatras-guerra!
¿Matar?-matar!

Se mojan los dedos y voltean,
Esperan los disparos mirando el piso
La última palabra está dicha…


por Emilio Vilches Pino (2002)

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TE AMO, HIJO DE PUTA



El tuerto España había perdido su ojo derecho en una pelea por una mujer, por una puta del puerto. Por “la negra”, como la llamaban. Era una hembra algo fea, algo vieja, pero "toda una mujer". Le ponía bastante al trago, al igual que el tuerto. Se emborrachaban juntos y casi siempre terminaban en algún pleito donde España tenía que sacar a la puta de las piernas de otros hombres. Así una vez un marino italiano le puso un golpe en el ojo con una botella rota, tras recibir una lluvia de derechazos de España, por lo de siempre: la negra.

Él la amaba, pero prefería no recordar estas cosas. Él caminaba tranquilo por las calles y los cerros, de cantina en cantina. De vez en cuando tenía algo de dinero extra y lo gastaba en emborracharse y en mujeres. Trabajaba descargando mercancía de los barcos que zarpaban en el puerto. Su sueldo no era para nada bueno, pero le servía para rentar una pieza en el primer piso de un viejo edificio a las faldas de un cerro, al lado del bar.

Era hijo de una ex cantante de cabaret y de un marino español al que llamaban así, “España” a secas. Cuando su madre contó lo de su embarazo al marino, éste le mandó un manotazo de revés que la lanzó lejos, luego la empujo a patadas hasta hacerla rodar por las escaleras. Fue un milagro no haber perdido al bebé. Luego no volvió a verlo y el tuerto jamás conoció a su padre ni en retrato. Sin embargo, el marino español dejó una huella imborrable en la vida del tuerto, y es que a pesar de haber sido bautizado "Emeterio Díaz Díaz", al tuerto todos le llamaban “España”, por su padre.

Cuando su madre murió, le dejó al tuerto un reloj de oro suizo del siglo dieciocho. Era una joya a la que podría haberle sacado mucho dinero, pero era una tradición familiar dejarlo de herencia al primogénito. Lo había traído su tatarabuelo, que había sido marino, desde Suiza en contrabando. Lo dejó a su bisabuelo, que lo heredó a su abuela. Ella había sido una cantante al igual que su madre. Ahora el reloj estaba en su poder y no tenía heredero hasta ahora. Y es que España no tenía hijos, y su juventud se extinguía. Hace mucho tiempo había dejado encinta a la puta por la cual perdió el ojo, pero la negra era una loca y cuando tenía siete meses de embarazo, y estando absolutamente borracha, se ahorcó en su habitación en el cité donde arrendaba. Desde entonces el tuerto solo tuvo relaciones pasajeras y putas de una noche. No volvió a enamorarse. No volvió jamás a ser el de antes.

Una noche el tuerto caminaba cerro abajo con un abrigo negro y con unas copas de más. Era fin de mes y tenía dinero para tomar todo lo que quisiera, pero había un frío que calaba los huesos, así que decidió irse a beber a su habitación. Compró unas botellas de vino y cigarrillos baratos. Doblando la esquina se cruzan ante sus ojos (mas bien, ante su ojo) sesenta y cinco kilos de carne joven y fresca en taco alto y con un cigarro sin encender en los labios.

-hey tú, ¿llevai fuego?

-eri muy joven para fumar- respondió España, luego de mirar a la chica.

-eso a ti no te importa, ¿llevai fuego?

-acércate.

Ella se acercó y él le encendió el cigarro mientras miraba sus tetas. Era una niña muy desarrollada.

-¿no me vai a invitar a tomar un trago?- dijo ella.

-¿qué edad teni?

-eso a ti no te importa- dijo la niña, expulsando el humo en un anillo.

-¿no crees que eri demasiado joven para esto?

Ella se acercó y con un completo manejo de la situación pegó su cuerpo al del tuerto, siempre mirándole a los ojos, tomó con una mano su paquete y pasó su lengua por los labios de España que, claro, no pudo evitar una erección. Ella aun no soltaba su miembro, y al notar que se ponía duro, esbozó una sonrisita sexual y con cara ahora infantil dijo:

-¿y ahora? ¿Ahora tengo la edad suficiente, señor?

Lo siguiente que supo el tuerto era que estaba en su cuarto, sobre la cama deshecha, desnudando a aquella niña. Y aquella niña era una diosa sexual, una hembra que había vuelto a despertar en él esa locura, ese deseo enfermo que lo llevaría a matar o a morir. Desnudaba su cuerpo y ella gemía y representaba el papel de "la inocente", fingía ingenuidad y timidez, pero era una fiera. España perdió el control de sí y de sus actos...ese cuerpo juvenil y esa cara, el cabello negro cayendo sobre sus facciones y sobre sus pechos, ese movimiento de caderas, y esa mirada... esa mirada que inevitablemente le recordaba a la negra.

-bien señor, me tengo que ir. Son diez mil- dijo ella, acomodando su sostén.

-quédate, hablemos. Tengoplata.

-lo siento, tengo que ir a ver al Loco. Se pondrá furioso si no le llevo el dinero.

-¿el Loco?

-lo siento, el Loco es celoso con sus chicas, y más conmigo, que soy la menor. Es algo conservador.

-le romperé la cara al Loco – dijo el tuerto, absolutamente convencido. Ella sonrió con resignación.

-no podríai, pero no te preocupes, el Loco en el fondo es una buena persona. Nos vemos por ahí señor- dijo, se acomodó la falda y salió a la calle. La noche agonizaba y hacía un frío de los demonios en el puerto.

España sabía perfectamente quién era el Loco: era un tipo de unos cincuenta años bien llevados, a pesar de su vida llena de excesos. Había sido ladrón de poca monta en su juventud, también marino dedicado al contrabando de licores. Había estado preso tres veces por accidentes de tránsito en estado de ebriedad y otra por robo a mano armada, pero jamás había sido detenido por proxeneta. Llevaba varios años en la actividad, desde joven. Por eso lo conocía España; él, el Loco, había sido proxeneta de La negra. Su estilo era la mano dura; exigía casi toda la plata que conseguían las jóvenes, las follaba, las golpeaba, y a cambio les daba qué comer y vestir, drogas y alcohol. Nadie se hubiese atrevido a dejarlo. Era como firmar su propia muerte. De hecho, al Loco se le colgaban varios crímenes y desapariciones de prostitutas, aunque ninguno había sido llevado a los tribunales.

La noche siguiente el tuerto España se tomó unas copas en el bar y se dirigió a la misma esquina del día anterior. Ahí estaba ella, radiante, fumando un cigarrillo. Al tuerto se le puso la piel de gallina y sintió subir toda la sangre a su cabeza al verla. Era preciosa, una lastima que estuviera en ese mundo de mierda, pensaba el tuerto.

-vamos niña, no debi estar parada ahí- exclamó gravemente España.

-¿le importa a usted?

-¿cómo te llamai, niña?

-¿me vai a invitar una copa?

-déjate de joder y vamos.

Esta vez fue incluso mejor que la noche anterior. Ella se mostraba más en confianza, más libre. Su juventud resplandecía llena de gracia y el tuerto España estaba extasiado con todo aquello. Era muy joven, cierto, pero era una mujer con todas sus letras. Sentía esa sensación que le recordaba a la negra; todo en ella le recordaba a la negra.

-te amo- dijo España de improviso, una vez que habían terminado y estaban echados sobre la cama deshecha. Ella hizo como que no escuchaba y se sirvió un vaso de vino.

-te amo- repitió el tuerto - y no dejaré que te perdai en esto.

-no me conoci, no soy lo que pensai.

-pienso que te amo. Y te sacaré de esto.

-el Loco me espera y debo llevar el doble de lo que tengo, debo irme.

-tengo algo de plata, te lo daré, pero quédate.

-olvídalo- y se vistió en silencio y terminó su vaso y se dispuso a salir y el tuerto observaba sin decir una palabra. Al abrir la puerta y casi saliendo del cuarto se detuvo, miró a España y le dijo:

-Lulú, mi nombre es Lulú- cerró la puerta y se perdió en la noche porteña.

Pasaron varias noches en que la rutina se repitió. El tuerto bajaba por esa calle y al doblar en la esquina estaba ella parada con un cigarrillo en los labios. El tuerto estaba loco por ella, pero no lograba nada. Ella siempre llevaba un muro por delante, como si se protegiera de algo. “No soy lo que pensai” decía cada vez que España declaraba un “te amo”. Una vez logró, al menos, que Lulú pasara la noche con él. A esa altura ya no le cobraba, pero en esa ocasión él insistió en darle el dinero. Ella aceptó, y no por la plata, sino porque realmente había querido estar ahí.

-Lulú, realmente quiero que salgai de esto. Podemos irnos de acá y buscar otro empleo, irnos a un lugar donde vivamos tranquilos…

-no puedo…

-Pero ¿por qué?

-el loco nos buscaría y nos mataría. A mí primero, luego a ti.

-el Loco es un hijo de perra. No nos buscaría, y si lo hiciera firmo que le saco los dientes antes de matarlo.

-no me gusta oírte hablar así.

-es la pura y santa…

-el Loco no es una mala persona. Es sobreprotector, pero no un hijo de perra.

Luego de aquella noche Lulú desapareció. El tuerto buscó en vano la noche siguiente y las que vinieron. Nada, ni rastros de ella. Buscó incluso en las comisarías y hospitales, pero nada. Desapareció. España dejó de ir a descargar los barcos y se dedicó a tomar todo el día y toda la noche, volvió a pelear en los bares y a jugar el poco dinero que le quedaba. Pasó varias noches encerrado en la comisaría por riñas o por vagancia.

Una noche de esas en que se encontraba absolutamente borracho llevó una puta a su cuarto. Mientras follaban, mientras ella saltaba sobre su miembro, España tuvo una especie de ataque de conciencia; abrió bien los ojos y gritó a la puta vieja:

-¡tú no eri Lulú! ¡Sal de aquí puta grasosa! ¡Tú no eri Lulú!

-¡y vo no erí Robert Redford!

-Vete, vete, vaca asquerosa.

-¡cállate tuerto de mierda! ¡Me voy, pero me pagas!

-¡te pago las pelotas! ¡Sal de mi casa!- gritó y le mordió un pezón hasta que sangró. La puta tuvo que forcejear y hasta morderle la ceja para lograr que la soltara, luego le dio con un vaso en la cabeza que lo dejó tendido en la cama. Luego buscó por ahí algo de dinero, se vistió y se viró.

Cuando despertó del golpe y logró ordenar las ideas, España se levantó, bebió un vaso de vino, tomó un cuchillo, lo guardó en su abrigo, y partió en busca del loco. El problema era que el Loco podía estar en cualquier parte del mundo, moteles, bares, sucuchos, fuera de Valparaiso, etc. ¿cómo mierda encontrarlo? Imposible. Buscó aquella noche y todo el día siguiente, pero nada. Al Loco, al igual que a Lulú, se lo había tragado la tierra. Compró el vino que le alcanzaba con el dinero que traía y se encerró en su cuarto a beber.

Así estuvo un buen tiempo, bebiendo día y noche, sin salir de su cuarto excepto para comprar más cigarros y más vino. Había conseguido dinero por ahí y no le importaba nada. Casi no dormía y cuando lo hacía era donde lo alcanzara el sueño: en la mesa, en la cama, sentado en el water, etc. La habitación apestaba y el tuerto ya no podía distinguir el día de la noche ni la realidad de los sueños. Todo era una vorágine donde se perdía toda conciencia hasta quedar reducido a zombie. A un zombie con el corazón destrozado, que es peor.

Una noche tocaron a la puerta. El tuerto España estaba semi inconsciente por el sueño y el vino. Sintió llamar y se levantó a abrir, aunque le importaba un carajo quien fuera porque, claro, no pensó que fuera Lulú.

-¿puedo pasar?- preguntó.

Traía el maquillaje desparramado por las mejillas, como si hubiese estado llorando. Estaba absolutamente borracha y apenas se sostenía en pie. Traía anteojos oscuros a pesar de ser noche; España se los quitó contra su resistencia y notó que su ojo derecho estaba hinchado y morado. Casi no se veía el globo ocular, era todo una masa hinchada de piel negra. Su piel estaba opaca, sin vida. Algo había pasado ahí.

Pasó y se echó sobre la cama, sacó una cajita de metal, la abrió y jaló una línea de cocaína.

-no deberíai hacer eso, la droga del loco es una mierda.

-no te metai.

-es una mierda. El loco y su droga son una mierda.

-eri un envidioso porque no teni plata para comprar.

-cállate, puta.

-eri un envidioso porque el Loco me puede dar lo que tú no podi.

-cierra el hocico.

-acércate, ven, siéntate aquí junto a mí, eso, bésame, bésame hijo de perra.

-¿ese hijo de puta te cagó el ojo, verdad?

-sí, él lo hizo, pero no me importa, porque lo hace por mi bien.

-¿por tu bien? ¿Y éste es tu bien?

-no vengai con lecciones de moral, yo lo amo. Y lo amo porque es todo un hombre, no como tú que eri una mujercita.

-cierra el hocico puta.

-es un hombre y lo envidiai. Lo envidiai porque no podi ser como él. Y lo amo, lo amo y jamás lo voy a abandonar.

-eri una puta loca, cállate de una vez.

-¿eri un hombre? Tómame mariquita, tómame. Hazme sentir mujer, hijo de puta- y ponía las manos del tuerto entre sus piernas- tómame y demuéstrame que eri hombre.

Entonces el tuerto se dejó ir. Comenzó por sus tetas y siguió hasta tomarla. Cuando lo metió ella susurró en su oído, con un acento que le recordó inevitablemente a la negra: "te amo, hijo de puta".

Cuando despertó la habitación aun daba vueltas ¿día, noche? Daba lo mismo. Se incorporó y no se extrañó al ver que Lulú no estaba junto a él. Lo que si le extrañó fue ver abierto el baúl que tenía en el rincón. Se levanto y se acercó. Ella se lo había llevado todo. Todo. La billetera, las botellas de vino, el reloj de oro que había heredado de su madre y de varias generaciones anteriores. No pensó en nada, ni siquiera odió a Lulú. Cerró el cofre y fue al baño a lavarse los dientes. Estaban morados, igual que sus labios. Su cara entera era un desastre.

Bajó a la playa y se sentó a mirar el mar mientras fumaba un cigarrillo. pensó en Lulú tranquilamente, sin odio, sin dolor, recordando sus últimas palabras..."te amo, hijo de puta". La brisa cálida golpeaba su cara y sus pies se enterraron en la arena. Bien. Por primera vez en mucho tiempo se sintió bien. “Ella no volverá”, se dijo en voz baja.

Y así fue.


Emilio Vilches Pino (2004)

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DIAS EXTRAÑOS



PRIMUS- Lacquerhead


Lo que comenzó como una pequeña protuberancia bajo mi órgano sexual se transformó en lo imposible. Tendría siete u ocho años cuando surgió en plenitud un pene. Si, otro pene. Con glande, prepucio, etc. Solo carecía de satélites naturales, o sea las bolas. Desde entonces caminé por la vida con dos manos, dos piernas, dos ojos y dos penes, uno bajo el otro…solo una perra como ésa podría haberlo hecho…pero bueno, vamos por parte; tenía dos aparatos. Seguramente piensas que esto es una ventaja y sí, en ocasiones lo era, pero no todo es color de rosa amigos míos; el problema es que el aparecido tenía vida propia, no lo podía manejar. Justifíquense así mis erecciones inmotivadas y las ocasiones en que me oriné en los pantalones públicamente.

Cuando apareció me sentía raro, creía que era una enfermedad o algo así, aunque de todos modos nunca consulté un médico. Con el paso inevitable del tiempo logré acostumbrarme, amigos míos, incluso le tomé cariño. Era tan independiente, tan impredecible. Tenía incluso un poco más de tamaño que el original. Lo bauticé como don Pepito, y para evitar que el original se sintiera echado al olvido, también le puse nombre: don José.

Entonces al pene de arriba, el original, le llamaremos don José y al invitado sorpresa, el de abajo, será don Pepito ¿OK?

Aunque, como dije, esta situación me trajo complicaciones, también tenía un lado positivo. Cuando ambos se sincronizaban era una maravilla; era capaz de dar horas y horas de placer. Recuerdo perfectamente una ocasión, tenía quince años y aún era casto, esta sería mi primera vez. Estaba con una nena de mi escuela en una sala fuera de uso que habilitaron para guardar los muebles, papeles y libros que se daban de baja. Era un lugar oscuro, no tenía ventilación y estaba bastante sucio, pero como podrás imaginar eso nos interesaba un huevo. Hace días que nos teníamos ganas, así que en un recreo nos miramos, nos dijimos algunas cosas personales y nos metimos en ese lugar; cimarra interna le llaman. El caso es que yo era bastante tímido, y no tenía la menor idea de cómo hacer sentir bien a una mujer; ella en cambio era una fiera. Era conocida en el colegio como “la tarántula del Caribe” (a buen entendedor…). Bueno, entramos ahí, nos besamos efusivamente y comencé a meterle mano; con un trapo viejo que pillamos quité el polvo que había sobre el viejo sofá, ella se tumbó ahí, se levantó el jumper y se quitó el calzón mirándome directo a los ojos. ¿Y yo? ¿Es lógico, no? tuve una erección, pero solo con el propio, con el de arriba, con don José. El lugar, repito, era bastante oscuro, lo que impidió que la nena notara la presencia del otro pene (jamás se lo hubiera imaginado).

Bueno, comenzamos. No me costó mucho entrar en ella y en eso ayudó mucho que la nena me tomara el pene y lo dirigiera justo al lugar indicado. Empecé con el in-out, in-out, y me sentía muy bien haciéndolo. Sin embargo sucede, sin embargo, que en plena acción don pepito, el de abajo… ¡se meó! Mojó todo el sitio y también a la nena. Antes de que vuestro humilde narrador pudiera decir algo ella estaba histérica, gritaba y me trataba de lo peor.

- ¡eres un cerdo, Emilio! ¡Eres un maldito cerdo!

Ella pensó que yo era una extraña clase de desviado sexual, que lo había hecho a propósito, o qué se yo qué mierda pasó por su cabeza en ese instante. Sin embargo, y casi de inmediato, se dio cuenta de mi extraño caso, y cuando lo hizo se quedó parada ahí con la boca abierta, en silencio, mirando, como si hubiese visto un fantasma. Como por arte de magia justo en ese momento don pepito se levantó, je. ¡Dos penes erectos en una sola persona! si me lo hubiesen contado seguro que habría tildado al tipo de loco o de mentiroso.

Muy lejos de lo que se pueda pensar, la chica no dijo nada, se tumbó en el sofá nuevamente y abrió las piernas. Eran unas piernas increíbles. Yo entonces ataqué. Era maravilloso, podía hacer relevos y lograr ángulos increíbles con ambos. En resumen, puedo decir que mi primera vez fue increíble.

Pasaron los días, ¿y ella? Bueno, ella quedó como embrujada. Jamás volvimos a cruzar palabra, pero cuando me veía quedaba así, tal como esa ocasión, pasmada, como paralizada, pálida y con la boca abierta. La dejé loca, je.

No me detendré mayormente en explicar cómo me convertí en el chico mas deseado de la escuela y luego de la universidad. Las chicas me hacían llegar notas anónimas, me llamaban y colgaban, se hablaba de mi en los pasillos y en las fiestas, se decía que tenía dos penes del tamaño de una catedral, que duraba horas, etcétera; me convertí en una leyenda viviente. En lo que si me detendré es en contar el fin de sus días, el fin de don pepito y de mis días de gloria.

¿Por donde empezar? – Por el principio- gracias. Comenzaré por el principio.

A la Brenda la conocí en una agencia de juegos de azar; yo iba allí todos los días a apostarle a ganador en los pronósticos del fútbol y ella también. Su presencia me perturbaba, era como si me siguiera. Todos los días. sentía como si quisiera ver mi cartilla, mi programa, como si quisiera conectarse a mí para conocer mis pronósticos. Era una especie de sombra, nada mas llegaba yo a la agencia y entraba ella, se ponía justo a mi lado y revisaba su programa. Me miraba. Seguramente pensarás que hubiera bastado con ir en otro horario o cambiar de agencia para acabar con el problema, pero amigos míos, aun no les he dicho lo hermosa que era aquella mujer ¡Qué caderas!, ¡qué piernas! No detallaré si rubia o morena, si alta o baja, ni las proporciones de sus atributos, pues eso provocaría en mí una sensación de excitación que mi estado convaleciente no está en condiciones de resistir. Solo diré que era la nena más endemoniadamente guapa que había conocido en mi perra vida. Vaya, me excité de todas maneras. ¡Me lleva el chanfle!

- código 229- dijo al fin una tarde.

-doble, local y empate. -Respondí casi por inercia.

Me miraba y yo sentía sus ojos sobre mi cartilla, no toleraba la idea de que fuera una espía, o cualquier mierda extraña inimaginable. Entonces no soporté más, levanté la cabeza y grité mientras toda la gente del lugar se devolvía a ver aquel escándalo:

-¡Mira zorra, si quieres saber mis apuestas vas a tener que usar algo más que esa minifalda y ese escote! ¡No creerás que estoy tan necesitado como para darte mis resultados por echar un pato!

Ella me miró en silencio, todos en el lugar me miraban en silencio. Fue un momento psicodélico.

– Te invito una cerveza - dijo al fin, dando una hermosa sonrisa

– de acuerdo - pagué mi apuesta y nos fuimos al bar más cercano. Tanto gritar me había dado una sed terrible.

Llegamos al bar del mosca a eso de las tres, era un sábado por la tarde en la maldita ciudad de Santiasco y un tipo con suerte entraba con una nena envidiable dispuesto a beber un río de cerveza en aquel sitio. Nos sentamos y pedimos la primera vuelta mientras miraba como cruzaba sus piernas y encendía un cigarrillo.

- ven a vivir conmigo, necesito alguien como tu- Dije, por decir algo.

-¿y mi marido? - Respondió soltando una risita.

Debo admitir amigos que jamás esperé esa respuesta. No tenía lógica, ni pies ni cabeza. No nos conocíamos, ni siquiera sabía su nombre. Seguramente era una perra chiflada.

-tu marido es una mierda que no se merece a una mujer como tú- continué.

-está bien, pero debo ir a recoger algunas cosas a mi casa.

-a la mierda, podemos comprar todo otra vez.- Ella sonrió.

La miré detenidamente, y les juro que era más hermosa aún de lo que había estimado. Entonces pensé que eso de irme a vivir con ella, a pesar de lo absurdo de mi propuesta y lo absurdo de su respuesta, no era una mala idea. Y es que todo entre nosotros era absurdo. Pero ¡qué diablos!, mas absurdo es trabajar de profesor hasta los sesenta y luego vivir pegado a la tele babeando por nenas jóvenes moviendo el culo y recordar con arrepentimiento los viejos tiempos. Más absurdo era soñar con ser presidente de la república.

-¿cómo te llamas?- pregunté, aunque en realidad me interesaba un huevo su nombre.

- Brenda -y luego de una pausa agregó- ¿y tu?

-¿yo qué?

- ¿cómo te llamas?

- Eastwood…Clint Eastwood. - Ella sonrió y pidió otra ronda. Era adorable.

Me saltaré de contar detalles de nuestra vida diaria durante los diez años que siguieron, basta con decir que durante días no podía ni caminar. Era una verdadera fiera sexual. Era una chiflada, una ninfómana insaciable. Y eso que yo tenía la ventaja de mis dos aparatos. Un hombre común y corriente de seguro no sobrevive. Y fueron diez años. ¡Diez años! Hasta la semana pasada.

Creo que era viernes, no, era sábado por la tarde. Estábamos en la cama, haciéndolo. Con don José, el de arriba; don pepito no estaba funcionando en ese momento. Yo estaba abajo, de espaldas, brazos extendidos y ojos cerrados; ella estaba encima. De pronto se quitó, yo no abrí los ojos pero supuse que se había levantado para ir al baño, o a cualquier otro sitio que su enfermo cerebro pudiese dictar. Me quedé en esa posición, con los ojos cerrados, y como me había tomado unas cuantas y ella tardó mucho…me dormí, buenas noches los pastores. Pero de pronto ocurrió lo peor que se podrían imaginar, amigos míos: un dolor inmenso me atacó en la zona del aparato y en el estómago, un dolor que pasó como corriente a mis brazos, a mis piernas y a mi cabeza, todo en un segundo. Y era un dolor realmente horrible. Traté de abrir los ojos y lo que vi fue no menos espantoso: ahí estaba ella, con el cuchillo en la mano… ¡la enferma mental me había cortado el pene!, había matado a don Pepito, al que tanto había cuidado durante años. Y ella estaba ahí, sobre mí, sonriendo como siempre, mientras saltaban chorros de sangre del agujero que había quedado. Fue lo último que pude ver antes de perder la conciencia; MIERDA fue lo único que alcancé a decir.

Desperté en el hospital Central de Santiasco hace tres días. Abrí los ojos y pude reconocer a mis padres justo sobre mí, mirándome con cara de espanto. Y es que no tenían idea de que durante años tuve dos penes. Supongo que para ellos enterarse de semejante anomalía, y de la forma en que ocurrió, debe haber sido como un combo en el estómago. O una patada en las bolas; bueno, para mi padre, mi madre no tiene bolas. El caso es que lo primero que hicieron mis parents al verme despertar fue abrazarse efusivamente, como en las películas; mi madre comenzó a llorar. Yo no entendía nada, miré al otro lado del cuarto y vi a una enfermera bastante gorda y bigotuda, con pinta de ballena, que salía corriendo de la sala en busca de un médico. Me sentí el Mesías resucitado.

-tranquilo hijo, no te esfuerces- decía mi padre mientras mi madre lo abrazaba y lloraba.

-estarás bien, no te preocupes- repetía. Yo trataba de rebobinar mi disco duro y entender en qué mierda estaba metido ¿Por qué estaba en ese sitio? ¿Qué significaban las lágrimas de mi madre? Miré mi cuerpo y sentí un dolor agudo en la zona del pene y solo entonces comprendí; recordé esos últimos momentos de conciencia, recordé ese agujero por el que saltaba sangre, recordé la cara desquiciada de la Brenda con el cuchillo ensangrentado en la mano. Sentí deseos de comprobar la magnitud de los daños pero no tenía fuerzas como para levantar las sábanas. –no te esfuerces – dijo por vigésima vez mi padre.

Al día siguiente el doctor me explicó que por el hecho de poseer dos penes –hecho que considera como todo un milagro de la naturaleza- mi sistema urinario y sexual no se verá afectado mayormente, solo me operaron para cerrarme la herida y además reconstruyeron las bolas. Hicieron un trabajo bonito. Puedo mear y no necesito tubitos ni nada. Estoy bien, normal; claro, perdí mucha sangre y tuvieron que inyectarme de otra gente, pero nada más. Estuviste a punto -me dijo el médico-, tuviste suerte de que llegaran tus padres justo en ese momento, sino te desangras flaco, te desangras.

De la Brenda nada se sabe, la está buscando la policía. De don pepito tampoco. Desapareció. Solo se sabe lo de una nota que ella me dejó y que tienen mis padres, pero que no me quieren entregar: - cuando estés mejor te la daremos, hijo- es la excusa. Lo único que tengo claro es que esta enferma no se llevó nada, ni un cepillo de dientes, nada. Solo dejó esa puta nota que leeré cuando mis padres y su extraña forma de cuidarme quieran.

He tardado varios días en escribir esto amigos míos, por mi poca fuerza, por que paso gran parte del día dormido, y porque solo puedo escribir cuando no están mis padres. Pero hoy me dan el alta, me viro de esta maldita pocilga. Hogar dulce hogar. Necesito estar en casa, escuchar los Ramones. Lo único desagradable es que NO podré beber en varios días, hasta que deje estos putos fármacos. Serán días tortuosos. Serán días eternos. SERÁN LOS DÍAS MÁS EXTRAÑOS DE MI VIDA.



Emilio Vilches Pino (2004)

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DE PIEDRA


Llegué ahí por casualidad. Entré al almacén a comprar cigarros, y ahí estaba pegado en la pared:"SE ARIENDA PIESA A HOMBRE SOLO O MUJER SOLA. PRESIO COMBERSABLE. LLAMAR AL…"…Soy un hombre solo. Llamé. Conversamos. Me quedé.

La casera era una anciana pelo blanco, de unos ciento cincuenta años, delgada, arrugada, con un par de verrugas negras en las mejillas y una papada flácida que le colgaba y se balanceaba cuando hablaba. Sí, era fea. Y la pieza, a decir verdad, no era mucho más agraciada que su dueña, pero necesitaba algo barato y rápido, así que acepté…

…Acepté, desempaqué lo poco y nada que tenía, me tiré sobre el colchón y armé un porro que fumé con placer. Luego vagué mentalmente hasta cansarme, apagué la luz, me metí bajo las tapas y cerré los ojos. Pero no pude dormir. Una sensación extraña me recorría los huesos, una sensación de estar acompañado, como si de un momento a otro alguien se metería a la cama conmigo. Esperé y traté de tranquilizarme. Pero no pude. Prendí la luz y sólo así, y aún con mucho esfuerzo, logré dormirme.

El día siguiente me la pasé sentado frente a la máquina de escribir tratando de dejar salir las ideas, pero lo único que salió fueron repollos de papel y colillas de cigarro. Me tumbé en la cama, algo cansado, y me puse a mirar los altos muros de ladrillo descubierto, las vigas del techo, el piso de cemento y la ventana con los vidrios trizados. Había también un closet vacío…casi vacío. Sólo había un par de zapatos de tacón y una muñeca de trapo, cosas sucias, llenas de polvo y algunas telarañas. Seguramente cosas de la vieja…

…de la vieja, sí, la vieja me invitó a tomar té. Acepté. Nos sentamos a la mesa y hablamos un rato; era una mujer sola, su marido y su única hija habían muerto hace ya algunos años y ella había tenido que seguir adelante sin ayuda alguna, más que una miserable pensión. Era una mujer agradable. Incluso su papa da y sus verrugas comenzaban a parecerme simpáticas. Charlamos hasta la medianoche y luego me fui a la pieza...

…a la pieza, me tendí en la cama a prepararme un porro, pero no se porqué motivo, razón o circunstancia, me sentía observado, como si alguien má s estuviera ahí conmigo. Traté de olvidarme de aquello, fumando, leyendo un poco…pero era imposible dejar se sentir aquella sensación, comencé a inquietarme, a respirar más rápido. De pronto…

…sentí un ruido, que en medio de aquel silencio fue como una bomba atómica: la puerta del closet se vino abajo. ¡Por la puta madre! Casi se me sale el corazón por la garganta, y no exagero. Me tranquilicé un poco y traté de ordenar las ideas…pero no me fue posible, esa sensación, esa maldita sensación…

La mañana siguiente desayuné con la vieja. Me mostró algunas fotos de su familia, fotos viejas, algunas en blanco y negro; conversamos, comimos galletitas. De pronto, y juro que sin intención alguna, dije:

-su hija era bastante joven ¿de qué murió?

-se suicidó.

-Oh.

-sí, se ahorcó en la habitación que usted ocupa.

Un silencio mortuorio se apoderó de mi realidad, segundos, quizás minutos de silencio de una pureza absoluta. Ideas, una tras otra, escalofríos. Un cambio de realidad, la vieja ahora era fea, muy fea, la casa er a horrible, fría, oscura. Ojos mirándome, ojos en mi espalda, me miran, quién me mira, esa maldita sensación…

…es de noche. Apago la luz y me meto bajo las tapas. Alguien me mira. Lo sé. estoy seguro. Un ruido de zapatos. Pasos. Se acercan. Comienzo a cong elarme. El miedo, esto es el miedo. Los zapatos, los ruidos, los pasos se acercan. Se detienen frente a mí, lo se, estoy seguro. Cierro los ojos, debo tranquilizarme, respira viejo, respira. Abren las tapas y se meten a la cama. Me abrazan. Ya no puedo moverme, estoy petrificado. Soy de piedra. Comienza bajito, luego más y más fuerte…el llanto. Lloran. Hay alguien atrás de mí llorando y abrazándome. No puedo moverme. Soy de piedra, soy de piedra, soy de piedra, soy de piedra, soy



por emilio vilches pino (2007)

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CHARLIE BROWN


"proteger tu ciudadanía
¿protegerla? qué ironía..."

Políticos muertos
ONCE TREINTA PE EME.:

Hay olor a caca- dijo Taiba.

Teniente Alberto Taiba; cuarenta y cinco años, veinte en la institución. Viudo, sin hijos. Entró por influencia de su familia.

-es verdad- agregó Fernández, que era el que conducía.

Sargento Jorge Fernández, cuarenta años, veintidós años en la institución. Casado y con tres hijos. Entró por falta de oportunidades.

-¿te cagaste Charlie Brown?- dijo maliciosamente Taiba, mientras giraba el cogote para mirar al joven del asiento trasero.

-no, yo no, teniente- respondió González, con un ligero temblor en la voz.

Michael González; veintitrés años, recién ingresado a la institución. Soltero, sin hijos. Le llamaban Charlie Brown por el dudoso parecido físico que el teniente Taiba le encontraba con el personaje de Schulz. Presenció en silencio bajo amenazas cómo su padrastro abusaba sexualmente de su hermana durante años, mientras él no podía hacer más que rezar un padre nuestro entre dientes. Entró a la policía para de alguna manera hacer justicia, para castigar a los cerdos como su padrastro. Hoy era su primera ronda nocturna.

Revisen sus bototos caballeros, no vaya a ser que alguno haya pisado mierda- concluyó Taiba. Revisaron: nada de nada…alguien se había cagado, y ciertamente no había sido González.

EXACTAMENTE MEDIANOCHE:

Sigue la ronda por calles desiertas. Me siento un poco nervioso, pero a la vez me gusta. Me gusta sentir que estoy cumpliendo la promesa que me hice desde niño: servir a la justicia, hacer un bien a la ciudadanía. Mis compañeros de ronda llevan años en la institución, son hombres de mucha experiencia, y eso me tranquiliza…aunque no puedo negar que me ponen un poco nervioso con sus bromas. Me han dicho que hoy es mi bautizo. Es mi primera ronda nocturna, por eso lo del bautizo, mamá. Si pudieras verme…

CERO HORAS DOS MINUTOS:

Taiba se baja del furgón; los sujetos intentan huir, Fernández los intercepta. -¡revísalos González!- González los tira contra el muro, les abre las piernas, no llevan nada, revisa los bolsillos, una papelina de cocaína –cocaína teniente-. Patada en el culo, patada en las costillas, escupos en la jeta, escupos al cielo y todo sigue igual. La ley sube al vehículo y cuidadosamente extiende una línea blanca que prontamente desaparece por las fosas nasales del sargento Fernández y el Teniente Taiba extiende de forma paralela al meridiano de Greenwich otra línea que no tarda en esfumarse entre la sangre de la ley. A la ley se le acelera el pulso y Charlie Brown se niega a prestar su sangre, pero le tirita la pera, le sudan las manos, y la voz roñosa del teniente - ¿te da miedo Charlie Brown?- y Charlie Brown que mira la luna llena perdido, sin saber dónde mierda está metido.

LUNA LLENA:

Hay luna llena y la ronda nocturna continúa silenciosamente. Desde que el joven del asiento trasero se negó a consumir cocaína nadie más dijo una sola palabra. Nuevamente olor a caca, pero esta vez nadie mueve un dedo por averiguar qué pasa. Calle San Diego hacia el norte, luces bajas, Avenida Diez de Julio hacia la cordillera, silencio, algunos grupos parados en las esquinas desaparecen como ratas en las alcantarillas.

-mira Charlie Brown, te voy a dar un consejo- dijo de pronto Taiba, rompiendo el hielo.

-dígame- respondió el joven con voz baja e insegura.

-mira, acá no puedes venir a dártelas de héroe ¿me entiendes? Esta ciudad está infestada de ratas, andan por todas partes, en las esquinas, en las poblaciones, en todas partes. En las empresas están las peores ratas ¿me entiendes Charlie Brown?

-más o menos, teniente.

-lo que quiero decir es que no eres ni Superman ni Barman…

-Batman, teniente, con “T”-interrumpió Fernández.

-eso, no eres ni Superman ni Batman…mierda, ¡ni siquiera eres Charlie Brown!

Nuevamente silencio, Diez de Julio con Carmen, doblan hacia la derecha. Luna llena.

-lo que quiero decirte, cabro chico- siguió Taiba como saliendo de un trance - es que no vas a cambiar el mundo ¿me sigues? El orden y la patria entran con sangre, no queda otra. Todos entramos como tú, llenos de ideales y la mierda y la cacha de la espada, pero después te das cuenta de que las ratas estarán siempre ahí ¿no se si me entiendes?- y tuerce el cogote para mirar el sombrío rostro de González.

-entiendo, Teniente…

DOS A EME:

quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa

DOS CUARENTA Y SEIS A EME:

La ley entra por la calle Coquimbo avanzando hacia la costa, las ratas se esconden, las putas hacen sonar los tacos ligero sobre los adoquines, pero la ley es más rápida, la ley tiene la fuerza - es hora de tu bautizo Charlie Brown-. La ley se ríe, la ley suda, la ley apesta a mentiras, la ley sube a la puta al furgón y la interroga, la puta tiene papeles y no está infectada, el Teniente golpea a la mujer en un ojo, pero la puta no tiene seropositivo. Ella grita, pero la policía sabe cómo hacerla callar -las ratas están escondidas, nadie podrá oírte princesa-, y le quitan los calzones manchados con caca y la carne aparece blanda, irritada, y un fuerte olor a sexo inunda el furgón, pero la ley no parece inquietarse; el pelo rizado entre las piernas de la puta, pelo y más pelo y más pelo y el olor insoportable y ella intenta defenderse, pero la ley sabe cómo golpear – toma esto puta de mierda- y le abren las piernas y el olor nauseabundo y Charlie Brown baja del furgón, se apoya en un árbol y deja salir toda la mierda que le metieron dentro…

PADRE NUESTRO

Que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…-ven acá pendejo, es tu turno- venga a nosotros tu reino, y hágase tu voluntad…-ven acá pendejo de mierda, es tu bautizo ¡qué no escuchai’ acaso superhéroe!- aquí en la tierra como en el cielo; danos hoy nuestro pan de cada día – teniente, qué le pasa a esta maraca, no reacciona- y perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden - ¡responde puta!¡responde!- no nos dejes caer en la tentación –¡puta de mierda responde!- y líbranos delmal…

AMÉN.


por Emilio Vilches Pino (2007)

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CARTA ABIERTA A LOS HEROES PATRIOS




La polla records- sin país, en vivo 1986.






La independencia es un cuento José Miguel. Un cuento bonito, encachao’, y ponle pompa, ponle melodrama, ponle lo que se te ocurra, pero es cuento. No puedes creer todo lo que lees en los libros; los yanquis siguen siendo la misma mierda, con banderita y estrellitas, con héroes patrios, pero siguen siendo el mismo montón de caca. Y peor aún, porque me huele a que estos hijos de puta se tomarán la sartén por el mango y toda la humareda se les va a subir al cráneo y el poder los va a volver crazys, man…con el poder no se juega.

Es de lo que te hablo, amigo mío, el poder nunca estará en nuestras manos ¿por qué? Por la simple razón de que somos una colonia, y aunque mañana o pasado firmemos un acta de independencia y votemos por nuestros líderes y toda esa parafernalia, las cosas no cambiarán, porque los ordenes y las estructuras sociales toman mucho tiempo y trabajo en modificarse… ¿La revolución francesa? Ese es el peor de los cuentos. Unos burguesitos jugando a los héroes y el pueblo lamiéndole las patas en los libros, pero si viajas a Francia y caminas por los suburbios (porque hay suburbios, José Miguel, no te creas que es pura libertad, igualdad y fraternidad) te darás cuenta de que el pueblo sigue sin derechos. Los cambios políticos no siempre significan cambios sociales. Es más, compadre, y esto piensalo con calma…los cambios políticos muy rara vez cambian la vida cotidiana de ti o de mí o de mi madre o de mi esposa.

Es muy bonito lo que dices, el cuento de la libertad y bla bla bla, pero amigo mío, no nos veamos la suerte entre gitanos; sabemos perfectamente que el país no está preparado para cortar las cadenas económicamente hablando. A lo más tendremos derecho a voto (y con cuea’ los burgueses, el pueblo olvídalo), pero nuestras materias primas no son suficientes, y debemos recurrir sí o sí a la importación desde Europa, y así lograr la libertad no es más que algo nominal, algo de papeles y actas. Además, no puedes venirme con el chiste de la nacionalidad, porque ambos sabemos que nuestra sangre está más mezclada que la chucha, y que nuestra cultura lo está aún más. No tenemos identidad como pueblo, porque no hay nada que nos una, es más, no hay nada que nos separe en la práctica de la puta madre patria.

Si quieres morir como héroe, hazlo. Si quieres morir como imbecil, hazlo. Pero te aseguro que en doscientos años más seguiremos siendo una puta colonia de la península, nuestra electricidad (sí, sí, esa hueá se masificará y se hará indispensable) deberemos pagársela a ellos; nuestro agua también.

Tu muerte, sin embargo, sí servirá de algo: serás un mártir, o sea uno de esos sacos de huea’ que sirven para unir a las masas populares y crear nacionalismo. Y quizás la puta independencia de la que hablas no sirva más que para eso: una mentira colectiva que al menos producirá chovinismo y que los pobres pueblos chilenos duerman un poco más tranquilos sobre sus duras e ignorantes almohadas.


Atte. Hemilio Vilshes Pinou

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CUANDO COMENZÓ LA LLUVIA


Iggy pop- I wanna be your dog, live 1979.



La flaca era una maniática sexual. Y ella lo sabía. Hace tiempo que su cabeza funcionaba relacionando todo con sexo, y fantaseaba con penes de todos tamaños, formas y razas penetrandola, con caderas masculinas golpeando las suyas, con manos grandes de macho apretando sus tetas, fuerte, muy fuerte. La flaca quería romper los esquemas.

La flaca era bastante guapa, piel blanca, pelo negro, unas tetas no muy grandes pero buenas, una pequeña cintura y un trasero deseable. No tenía problemas para conseguir hombres. El que le llamaba la atención lo tenía, era atractiva y ella lo sabía. La flaca quería derribarlo todo.

La flaca caminaba por las calles con indiferencia, no quería nada de lo que veía en ellas. Ella quería sexo, ella quería que todo y todos se fueran a la mierda. Sin embargo, y pese a su gran capacidad de conseguir hombres y su deseo a flor de piel, la flaca jamás había sido penetrada. Era virgen por voluntad propia. Si virgen se puede llamar a su condición. Tenía relaciones lésbicas con su amiga la pequeña. Eran amigas desde niñas y desde hacía algunos años se acostaban, se besaban, se amaban, se drogaban juntas.

La pequeña era aún más guapa que la flaca. Y más ardiente. Seducía, insinuaba, besaba, pasaba su lengua por tu oreja, te tocaba. La pequeña tenía una boca ardiente y una mirada fascinante, pero jamás permitió que un hombre la llevara a la cama. Ella quería acabar con el planeta.

La flaca y la pequeña ocasionalmente veían hombres, pero con la diferencia que la flaca se interesaba demasiado en ellos y la pequeña sólo se divertía. La pequeña jugaba con ellos, los ponía calientes y luego los desechaba; le gustaba ver su reacción. Ella amaba a la flaca. La flaca amaba a la pequeña, pero sentía deseos de ser penetrada, de ser tomada por un hombre, de sentir un pene dentro de su cuerpo. Sin embargo, ambas eran convencionalmente vírgenes. Ambas querían ver muerta a la sociedad.

Las amigas tenían dieciocho años, estaban en cuarto medio y querían vivir la vida a full. Se encontraban en la casa de la pequeña todas las tardes, cuando los padres de ésta iban rumbo a sus puestos de trabajo. Ponían el mismo viejo disco de Iggy Pop & the Stooges, y comenzaba el ritual. El dealer ya había entregado las estampillas y solo faltaba ponerlas en la lengua. Y ellas lo sabían. Cuando esto ocurría, se quedaban como casi siempre en silencio, acercándose lentamente una a la otra, acariciándose las tetas, sintiéndolas
ponerse duras, besándose. Sentía cómo lentamente se humedecía su sexo, cómo el viaje las llevaba a espacios sensuales infinitos, a espacios siempre nuevos. El ácido era su combustible. El sexo, su recompensa.

Las amigas se amaban, el ácido las movía y la música de Iggy Pop les daba una sexualidad explosiva. Viajaban juntas, viajaban paralelamente hacia el centro de sus cabezas, casi sentían como crujían sus cerebros. No hablaban, pero sus cuerpos y sus vistas perdidas en galaxias recónditas lo decían todo. Las amigas eran tal para cual. La flaca, sin embargo, no se conformaba con la pequeña. Sólo pensaba en penes dentro de sí. Pensaba en penes y en ácido, en viajes nuevos.

Iban a la disco juntas, tomaban algunas anfetas y salían a la pista a bailar, a dejarse llevar, a excitar a los hombres, bailar para ellos. Los besaban, los manoseaban, los dejaban con la lengua afuera, calientes. Luego los dejaban. Echaban un trago, le ponían alguna pastilla y se iban a un rincón oscuro a besarse, a lamerse, a tocarse. La música retumbaba en la disco y se confundía con las luces y el humo del tabaco y las amigas se deseaban y se amaban. Las amigas eran las dueñas del jodido mundo y de toda la mierda que gira con él.

Sus familias no tenían problemas económicos y ellas lo tenían claro. Hacía semanas que no pisaban el colegio, no iba con ellas. Lo suyo era el sexo y las drogas. Y otra vez I wanna be your dog, otra vez No fun. Otra vez la lengua de la pequeña entre las piernas de la flaca, otra vez el ácido y las galaxias paralelas, otra vez el deseo y la pasión. Pero la flaca era una maniática y quería un pene, un pene dentro de su cuerpo.


Las amigas se habían jurado no tener relaciones sexuales con hombres y esto, por un asunto de desear lo prohibido y todo ese rollo, encendió aún más el deseo de la flaca. Y ella lo sabía. Las amigas eran las putas más extravagantes de la tierra.

Las amigas tenían unos orgasmos extrañísimos y períodos de profunda depresión. Desaparecían durante días o hasta semanas, pero luego volvían a ser las mismas de siempre. Y peores (o mejores, depende del cristal con que se mire). Fue en uno de esos períodos separadas, uno especialmente largo, en que ocurrió. Todo marchaba normal, en la radio Real cool time, la estampilla bajo la lengua, el deseo a flor de piel. La pequeña comenzó a desnudar a la flaca, recorrió sus piernas, besaba y mordía su carne, apretaba, jadeaba, sudaba. Pero esta vez la flaca no la seguía. Ella miraba una ventana, perdida en algún lugar de su cabeza. Abrazaba y besaba, sí, pero era de una forma diferente. Ni siquiera había notado a la pequeña en su sexo, el cuerpo ardiente y perfecto de su amante, sus manos y su lengua, sus maravillosas figuras. Ella estaba en otro sitio, ella estaba muy lejos de aquella habitación.

La pequeña descartó que se tratara de un simple viaje; la conocía demasiado bien como para pensar en eso. Entonces lo notó. La flaca había sido penetrada. Y lo supo no por la ausencia del himen, ya que éste hace tiempo se habían encargado ellas mismas de pasarlo a mejor vida, ni tampoco por el tamaño de la vagina: lo supo por la cara de la flaca, por sus besos, por sus abrazos, por sus ojos. Los supo y no cabía la menor duda: ella la había traicionado. Su cuerpo no mentía, su corazón no mentía. La flaca había sido tomada por un hombre. Por primera vez en mucho tiempo la flaca fingió un orgasmo. Y la pequeña lo sabía.

Entonces la pequeña se levantó de la cama y salió de la habitación ante la total indiferencia de la flaca que seguía mirando la ventana, la ventana por la cual entraba una tenue e inconstante luz. Se acercaba una tormenta, pero la pobre luz era suficiente para desnudar las contradicciones y mostrar el cuerpo distinto de la flaca, su cara distinta, su cabeza distinta. El aire era distinto. La flaca lo sabía.

La pequeña volvió a entrar en la pieza, pero esta vez no venía sola. La acompañaba la 22 automática de su padre. Se acercó a la cama donde estaba la flaca tendida desnuda boca arriba mirando la ventana, bellísima, grandiosa, pero ya nada importaba. Se acercó y tocó sus piernas, la flaca no decía nada, ni siquiera miraba. La pequeña la acarició, besó su carne, sus muslos, besó su sexo. Lentamente puso el cañón de la pistola dentro de su vagina, deslizándolo, hasta que entró completo. La flaca dio un gemido de placer verdadero, muy distinto al que había dado minutos antes con el cuerpo de su amiga. La pequeña comenzó a mover el cañón dentro de su vagina, lo introducía y lo quitaba, simulaba una penetración. La flaca gemía, gemía de placer, comenzaba a moverse. El cañón entraba más y se movía mejor, la flaca jadeaba, movía sus caderas. De pronto, un lapsus, un segundo de conciencia, la flaca abrió los ojos, se inclinó y miró por fin a su amiga. La pequeña reconoció esa mirada, supo que ya todo había cambiado, que la flaca no sería la misma.

Lo supo por esa mirada.

La amaba, pero esos ojos en los cuales tantas veces se había reflejado no mentían esta vez. La flaca se había ido. Entonces la pequeña, sin quitar la pistola de dentro de la vagina, apretó el gatillo. Dos veces. La flaca aún miró unos segundos más a la pequeña antes de desprender un hilo de sangre por la nariz y caer tendida sobre la misma cama de siempre.

Cuando comenzó la lluvia, todavía sonaba Iggy Pop en la radio, pero esta vez faltaba algo muy importante. Y la pequeña lo sabía.


Emilio Vilches Pino (2004)

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SALVATIERRA


SANTO BARRIO- pega fuerte



Una noche fría. una caja de vino por la mitad y los últimos dos cigarros de la caja. las veintitrés horas del primer día de la semana. una tele de catorce pulgadas y un aburrido programa de concursos. una mosca. unos guantes de box colgados en la pared y unos cuantos sueños rotos. un golpe en la puerta.

-¿quién eres tú?

-mi nombre es Alfredo, soy amigo del perro Juan…

-qué quieres.

-yo, yo…- y le tirita la pera.

-sí, sí, tú, tú. Qué quieres.

-mi amigo me dijo que…

-qué mierda quieres.

-¿puedo pasar?- y los nervios que no le dejan ni sacar la voz.

Silencio. silence. el intruso está bien vestido y asustado. parece una gallina en traje de fiesta. uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.

-está bien, adelante.

Y entran. y el viejo se tiende en la cama y se llena el vaso con tinto, mientras el intruso se queda de pie, mirando las murallas, mirando el techo, sonriendo nervioso, sudándole las manos. Silencio. de pronto un sonido que ambos conocen, y el olor respectivo. el pobre Alfredo siente asco, contiene la respiración, suda. Silencio.

-y bien, ¿se va a quedar parado ahí toda la noche?- dice por fin el viejo, con voz seca. Alfredo ríe. es un remedo de hombre, es una gallina en traje de fiesta, piensa el viejo.

-como le dije, soy amigo del perro Juan y soy un admirador suyo, para mí es un sueño estar acá con usted, lo veía en la tele, pega fuerte Salvatierra, pega fuerte…

-resume, resume, no tengo toda la noche- mintió el viejo. silencio.

-mi mujer me caga, me pega en la nuca…

y con razón, pensó Salvatierra.

-¿y qué quieres que haga yo? ¿acaso tengo cara de doctor corazón?

-quiero darle una paliza al hijo de puta que se acuesta con mi mujer- y se pone serio, y se le sube la sangre a la cabeza, y la gallina trata de mostrar los dientes, pero la pobre gallina sólo cacarea…sólo cacarea.

-está bien.

-le pagaré.

-¿perdón?

-le pagaré por darle una paliza a ese puto de mierda.

Pobre gallina. ni siquiera tiene pelotas para poner un derechazo. es un pollo. un pollo asustado y fracasado. miren como dice pío, pío, pío. silencio. silencio hospital. más silencio. un montón de silencio.

-¿y qué te hace pensar que aceptaré? ¿de dónde mierda sacaste que soy un matón?- dice finalmente el viejo.

-oh, disculpe si lo ofendo, es sólo que el perro Juan me dijo…

-perro Juan, perro Juan, a la mierda el perro Juan; yo no soy un puto matón.

-discúlpeme señor Salvatierra, es sólo que pensé…

-tú no pensaste una mierda- y el pollo se ríe de puro nervioso, y el pollo está asustado, mírenlo, mírenlo, pío, pío, pío. Un minuto de silencio, el último trago tinto, la mosca, un pollo con cuernos y sin pelotas, los guantes de box y el último cigarro.

-bueno señor Salvatierra, si no le molesta me retiro, es tarde y…

-¿cuánto?

“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda, las mujeres que olían bien, el whisky y los habanos cubanos, días de triunfos, pega Salvatierra, pega, las apuestas, los títulos, los periodistas, la vida da muchas vueltas, hermano, un día en el cielo al siguiente en el suelo, nunca lo olvides hermano…”

-¿perdón?

-dije que cuánto sueltas por el azote- y el pollo sonríe, pío, pío, pío, y le vuelve el alma al cuerpo.

-cincuenta mil.

-puedes irte.

-sesenta.

-cien.

-trato hecho.

El bar Tenesse estaba cruzando la ciudad. allá se juntaban los tortolitos cada tarde a las ocho (y las clases de yoga que nunca fueron), luego el hijo de puta atravesaba el callejón para ir a buscar el auto al estacionamiento; él debía esconderse en las sobras y atacarlo cuando pasara por ahí, azotarlo, masacrarlo, pega Salvatierra, pega. estaba todo fríamente calculado…pío, pío, pío.

Siete treinta pe eme. seis grados sobre cero. dos bocinazos en la calle. el viejo deja su aposento y se sube al pollo-móvil. se dan últimas indicaciones y se entrega la primera mitad de la paga, según lo acordado. Tenesse: ahí están los tortolitos. el pollo espera en el auto, el viejo y sus viejos días de gloria caminan una calle, doblan a la derecha, encienden un cigarro, entran en el callejón y se esconden en las sombras.

“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda, las mujeres que olían bien, el whisky y los habanos cubanos, días de triunfos, pega Salvatierra, pega…”

llegó el momento, ahí viene el hijo de puta, fuerte y derecho, ahora Salvatierra, ahora…

-hey tú.

-¿yo?

-no veo a nadie más aquí…

“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda…”

-¿tienes un cigarro?

Y busca en el abrigo y saca una caja de Marlboro y se la acerca al viejo. saca uno y lo enciende.

-gracias buen hombre, que el señor se lo pague…

Y sigue su camino, se sube al auto y se va…el viejo termina el cigarro y echa una meada en el muro. silencio. Así es la vida, pobre pollo, así es la vida…

-¿cómo le fue?

-¿con quién crees que hablas?

-oh, muchas gracias señor Salvatierra, sabía que usted…

-ya, ya, vamos por la otra mitad.

Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta; cien mil pesos frescos: Cuentas claras conservan la amistad.

Alfredo puso en marcha el vehículo y volvieron a casa por la carretera. En el camino conversaron de la paliza; el viejo se entretenía contando detalles de su hazaña, el hijo de puta me suplicaba que lo dejara, me suplicaba como una gallina. Y reían, y se bajaron en un bar a celebrar, y bebieron cerveza hasta tarde, y se abrazaron, y luego, cuando el viejo se bajó del auto para entrar a su casa, el pollo sacó una libreta y un lápiz y dijo:

-señor Salvatierra, ¿podría pedirle un último favor?

-cómo no, amigo, cómo no.

-¿podría firmarme un autógrafo?

“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda, las mujeres que olían bien, el whisky y los habanos cubanos, días de triunfos, pega Salvatierra, pega, las apuestas, los títulos, los periodistas, la vida da muchas vueltas, hermano, un día en el cielo al siguiente en el suelo, nunca lo olvides hermano…”

-por supuesto, por supuesto…

Para un gran amigo, un abrazo

Martín Salvatierra


El último apretón de manos y a seguir cada uno su camino: los perros ladrando, los guantes colgando en el muro, los días para bien o para mal pasando uno tras otro. así es la vida, hermanos, así es la vida…




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LAS NUBES, EL CIELO, Y ESA CLASE DE MIERDAS.


LOS MORTON- traga saliva



Se siente bien la arena cubriendo mis pies, entre mis dedos. Se siente bien la brisa, el sonido del mar. Las nubes se mueven resignadas y el sol se vuelve dueño de todo este montón de paisaje…

Ellos se lo buscaron. Claro que también es mi culpa, por imbecil, por creer en una perra como esa. Obvio, ella no podía conformarse con mi pene, buscaría otro; solo soy un vendedor de libros, borracho y con el cuello corto. Lógico, demasiado bella para mí. Hijos de puta, debí haberlo sospechado…

El sol comienza a quemar mi cara y mis brazos, pero qué importa, qué interesa. La arena me comprende, la arena y el sonido del mar. Enciendo un cigarrillo y le doy un trago al vino barato que conseguí esta mañana. La playa está vacía; solo yo y este rencor, este puto rencor que me llevó a acabar con lo que más quería…

-¡A ver mierda¡ ¡quitate de ahí! No eres tan hombre como para acostarte con mi esposa en mí casa, ahora se hombre, ¡ahora mierda!

-¡calmate hombre, calmate! No vayas a cometer una locura

-¿así tirita el macho? ¿Así tirita el macho que se acuesta con mi mujer? Hijo de puta, te measte, te measte de miedo infeliz, ¡te measte en MIS sábanas!

-yo, yo…

-¡toma hijo de puta!...

Ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron, ellos se lo buscaron…

…Y ahora tú, perra, dime ahora que me amas

-te amo, te amo, te amo…

-¡perra asquerosa!, ¡me das asco! ¡Repite que me amas!

-te amo, te amo…

-¡no llores! ¡No llores perra! ¡Mira a tu macho ahí con el cráneo roto! ¡Se meaba! ¿Lo viste? ¿Lo viste mearse de miedo al cobarde? ¡Donde quieres la bala! ¡Ya dije que no llores! ¡Dónde quieres la bala! ¿Me vas a dejar a mí elegir? Cállate puta, cállate, ¡toma esto!...

Ellos se lo buscaron, ellos se burlaban de mí en mi casa, mientras yo vendía estas mierdas de libros, ella se revolcaba con un hijo de puta meón. Doy otro trago al vino. La brisa refresca un poco mi rostro, mi rostro gastado y manchado de sangre. Aquí en mi mano una botella, en mi bolsillo el revolver. No hay nadie a cientos de metros, estoy sólo, sólo con el revolver, el vino y el rencor…

Te amaba, te amaba hasta los huesos, pero tú te lo buscaste; te comportaste como una perra y yo solo reaccioné como el hombre que soy. No tuve opción. Te amaba, el mar lo sabe, el sol lo sabe…

La policía debe estar por llegar; don´t worry men, de aquí no me moveré. Los espero con el arma homicida, con las manos sucias, rojas, con la sangre de la mujer que amaba…

¡Puta! ¡Puta! ¡PUTA! ¡ERA UNA PUTA! La puta que amo hasta el alma, la que amo hasta la sangre.

Doy otro trago, uno de los buenos. El sol está pegando fuertísimo, las nubes ya se fueron y el color del cielo impacta la vista. Cualquiera diría que es un día hermoso; para mí es un número más en el calendario. No hay nadie en la playa… y mientras llevo el cañón a mi boca, me alegro al pensar que el mar será el único testigo…

A su salud, lady.


Emilio Vilches Pino.

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BANG BANG



Hacía un buen tiempo los nervios habían comenzado a traicionarlo, pero las últimas semanas estaban transformándose en un verdadero infierno. Las crisis de pánico se sumaban ahora a la depresión y al omnipresente insomnio. Las vitaminas, los somníferos y el RAVOTRIL simplemente dejaron de hacer efecto, y todo se confundía, todo se hundía en un laberinto oscuro lleno de la más fría y viscosa mierda. Cada minuto era peor que el anterior, un día se convertía en una infinita y monótona tortura: el trabajo, la oficina, la contaminación, las cada vez más pronunciadas taquicardias, el jefe nacional socialista, DANGER: posible VIH, don´t touch, la inevitable, confusa y compleja paranoia. Y comenzaba a caer la noche.

Y la noche, con su oscuro y silencioso manto, no lograba para nada calmar las cosas. El puto insomnio llevaba lejos la ventaja, y empezaba claramente a ganar la batalla. Cerraba los ojos, trataba de dormir, pamplinas; abrir los ojos, levantarse, del cajón sacar la Taurus calibre catorce, acercarla a la boca, acto seguido retirarla, sobarle el lomo y dejarla reposar nuevamente en su aposento. Caminar, fumar, beber algo de whisky, de ron, cerveza, vino barato... asumir que simplemente no se puede dormir. Las cuatro o´clock marcaban las agujas del reloj viejo y sus glasos abiertos y rojos, inyectados en sangre, eran la mejor prueba de lo que pueden provocar las inexorables horas de desvelo del insomne crónico.

Tenía que amanecer, y amanecía. Y posando el culo en su lúgubre e incómodo pupitre oficinista veía desfilar por su sesera las más drásticas y extravagantes ideas de suicidio. Y no solo suicidio, también otras insólitas ideas criminales (su jefe y sus S.S. era el blanco principal de aquellos macabros pensamientos), depravación sexual (compañera oficina falda corta piernas nylon), drogas caseras (plátano seco, nuez, arañas , etc), los mejores discursos de renuncia (ok führer, métete tu oficina, tu hombría y tu oficina otra vez, por el culo, no me echas…RENUNCIO); en fin, pensaba de todo menos en el TRA-BA-JO.

-Benavides ¡mueva el culo por el amor de Jesús!- Benavides era el nombre al cual respondía el personaje principal del relato; Jesús es otro cuento.

-Está bien.

-¿Está bien? ¿Está bien? ¿Es la única mierda que sabe decir Benavides? ¿Acaso sus padres lo educaron como una señorita chupapicos? ¡Mueva el culo Benavides! ¡Mueva el culo Benavides!

-Está bien, jefe.

-Benavides ¡hasta tetas le están saliendo! ¡Mueva el culo! ¡Mueva el culo! ¡Mueva el culo mueva el culo mueva el…!

Pero tanta caca tenía su génesis, y ésta estaba hace bastante tiempo, en ligeros sobresaltos en el sueño, cierta brusquedad al despertar. Esto comenzó a hacerse un poco más sostenido y profundo; en medio de los sueños empezaba aquella sensación claustrofóbica, aquel pánico al encierro y se ahogaba, en cierta medida perdía la movilidad de sus extremidades, se agolpaba bruscamente toda la sangre en la sesera…y entonces despertaba, con aquella extraña sensación de angustia, de miedo, de mareo. Se levantaba bruscamente y medía su pulso, trataba de recobrar la normal respiración y se secaba el sudor de la cara.

Y así comenzó a ocurrir cada vez que se iba a la cama, incluso en varias ocasiones durante una misma noche. Y se hacía más fuerte el agarrotamiento y la inmovibilidad, cada vez más el crobo rojo agolpándose en su cerebro, cada vez menos el aire que sentía llegar a sus pulmones negros de nicotina cancerosa. Y cada vez le era más difícil despertarse cuando esto ocurría, cuando intentaba llevárselo aquel espantoso claustro onírico.

Fue entonces cuando comenzó el insomnio. Y cómo no, si aquella extravagante patología le estaba causando un inmenso terror a dormir. Llegaba la noche y se iba a la cama, ponía la cabeza sobre la dura almohada, sentía relajarse los músculos de su cuerpo, se dejaba atrapar lentamente por el sueño. De pronto lo peor: despertar bruscamente, la asfixia, la sangre a la cabeza, la angustia, la inmovilidad. Y levantarse y el pulso y el sudor, y servirse un trago y tratar de dormir, y vuelta a la derecha, vuelta a la izquierda, boca abajo, boca arriba como los muertos y la paranoia y la taquicardia y la vocecita del S.S. “mueve el culo Benavides mueve el culo Benavides mueve el…” y ya eran las tres de la mañana y volaba una mosca y lisa y llanamente no se podía dormir. Morfeo no quería nada contigo, pobre amigo nuestro, nada de nada.

La oficina no hedía, pero tampoco olía a rosas, y aunque esto nunca molestó a Benavides, sí comenzó a hacerlo su propia y exótica fragancia de insomne alcohólico, un tanto alejado de aquella vieja costumbre llamada “higiene”, y el jefe seguramente debía notarlo pues cada día eran más fuertes los regaños y las imprecaciones “¡SOLO TE FALTA SACARTE LAS CEJAS SEÑORITA! ¡TRABAJA! ¡TRABAJA! ¡TRA-BA-JA! ¡TRABAJA TRABAJA TRAB…!

Luego comenzó la sangre. La sangre en la nariz en las mañanas, la sangre en las encías cada vez que se cepillaba la dentadura, la sangre cada vez que cagaba caca roja de sangre, amarilla de cerveza, caca negra de vino. Los granos en la cara, la piel seca y llena de manchas , la estrepitosa caída del pelo, la sangre reventando por todos lados. Se levantaba, se quitaba el sudor y la sal, se quitaba el crobo rojo de sus irritadas fosas nasales, acariciaba la Taurus calibre catorce mientras se sentía atrapar por las más siniestras ideas de suicidio, homicidio, y toda clase de actos donde una pistola es capaz de eliminar la vida de un indefenso ser humano. Encendía otro cigarro y dejaba inundar sus pulmones por el negro humo del alquitrán barato, y el hígado y su cabeza por el whisky por agua y el vino en caja, para ver si la jodida noche se hace un poco más soportable.

Por primera vez consideró seriamente la posibilidad de estar volviéndose loco, y esto lo llevó a tomar algunas medidas. Como recurso poco confiable, pero re-cur-so al fin, decidió consultar a los matasanos, pero éstos al tener una figura más o menos así $ dibujada en la cara, decían monotemáticamente con su lengua infecciosa “PSICOLÓGICO, RAVOTRIL, UN CUARTO EN LA MAÑANA, UN CUARTO EN LA TARDE, MEDIA ANTES DE DORMIR” y ese cuarto de tableta derivó misteriosamente a cuatro, en un proceso de dislexia y enfermedad, y esas cuatro a cinco y a seis pastillas y fueron dosis diarias de once ravotril y los químicos provocaban la caída del pelo y las manchas en la piel y los granos en el cuero; la sangre nunca logró explicársela.

Así que descartados lo$ médico$ decidió averiguar por su propia cuenta en libros viejos y vía web en enciclopedias “on line” (yeah, motherfucker!) y de ésta manera logró llegar a la conclusión de que lo suyo era algo similar a las “alucinaciones PRE-N.R.E.M.”, algo así como alucinaciones previas al sueño profundo, provocadas por desarreglos nerviosos y emocionales. Sin embargo ocurre que lo suyo iba más allá: lo suyo era físico, se ahogaba, se agarrotaba…sangraba. Comenzó a sentirse peor, enfermo, sucio, loco. Se autodiagnosticó “severo caso de paranoia y soledad” y se autorecetó elevadas dosis de vino nocturno, y cuando cantaba Gardel bienvenido era el whisky.

Y así pasaban las noches, la Taurus, la botella, la ventana que daba a la city de las 5 a.m., mientras fumando esperaba a que el sol volviera a iluminar su cada vez más oscura existencia.Y las mañana eran siempre iguales, el jefe reventando los tímpanos, la compañera de oficina con sus exquisitas piernas de nylon, el ordenador atiborrado de información, las ideas siniestras desfilando por su cada vez menos ordenada sesera. Y el reloj que pasaba tan lento, tanto que parecían años. Y la vocecita del führer ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL…! Y el culo de Benavides sudaba, sentía náuseas, veía borroso, nublado, se le secaba la garganta y se le acalambraban los brazos y piernas, activos, pasivos, ctrl.+Alt+Supr, curvas de intereses, etc etc etc etc etc ETC…

¿Y las crisis de pánico? Bueno, resumiendo el cuento: crisis de pánico = me voy a morir. ¿Así de simple? No, pero no viene al caso explicar tanto. Sin embargo hay algo que es aun más complejo y delicado, algo a lo que Benavides terminó por llamar drásticamente “la locura”. Y "la locura" consistía básicamente en lo siguiente: mientras dormía (aquellas benditas veces en que lo lograba) ingresaba en sueños, pero no sueños cualquiera; era como si realmente estuviera despierto, como si no durmiera y la vida siguiera su curso. Se veía en su cuarto fumando un cigarro, tomando algo de vino, mirando el techo con indiferencia, pero de pronto se sentía mal, comenzaba la angustia, el pánico, comenzaban los calambres, la sangre a la cabeza…y entonces despertaba. Se secaba el sudor, se tocaba la nariz para comprobar la presencia o no de sangre, se tomaba el pulso y trataba de relajarse, de respirar bien, se levantaba y se servía otra copa; pero los nervios podían más que él, lo agarrotaban, lo perturbaban, comenzaban a hacerle perder el sentido, y entonces volvía a despertar. Era un sueño dentro del otro y no podía escapar. Y era tan real todo, su cuarto, el vino, los calambres, el baño sucio, la ropa tirada en el piso en medio de latas vacías de cerveza. Todo era real, o al menos así lo creía hasta que despertaba una vez más.

La realidad de Benavides se tornó incierta, se mezclaba de una manera bizarra con los sueños, se confundían, ya no estaba seguro de estar dormido o despierto. A veces estaba en su oficina de empleado mirando como siempre las piernas de nylon de la morena o pensando en siniestras matanzas cuando venían las crisis y comenzaba a sudar y el corazón latía más rápido y los mareos y la sangre subiendo y los calambres y despertaba. Sí, despertaba, otra vez en su cuarto hediondo a caca, a humo y a vino. Se levantaba al baño, se mojaba la cara, se servía algún alcohol, se sentía mal y volvía a salir del sueño (o creía salir). ¿Se entiende ahora por qué nuestro amigo Benavides la bautizó “la locura”? si esto no lo volvía loco no lo haría ni Freddy Krueger.

Una mañana despertó (o creyó despertar) y tuvo un extraño presentimiento. No era algo normal, era como una ansiedad en el pecho, un ahogo distinto al que estaba acostumbrado a sentir. Caminó al baño (o creyó caminar), meó y cagó, se limpió el culo y se puso el uniforme de oficina. No se molestó ni de lavarse los dientes y partió rumbo al laburo diario, pero esta vez no iba sólo: la Taurus lo acompañaba en el bolsillo de su chaqueta. También iban con él aquel presentimiento extraño y una vocecita dentro de sus tímpanos, una vocecita con acento alemán que repetía y repetía “MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL…”

Llegó a la oficina (o creyó llegar) y se sentía extraño, se sentía eufórico, capaz de todo. La pistola en su chaqueta le daba una sensación de poder, de control, le hacía de alguna forma sentirse “VIVO”. Pasó por el puesto de la morena de las piernas de nylon, se detuvo y se acercó a su oído y, con el mejor tono de latin lover que pudo, le dijo “he soñado tantas veces con tus piernas, he soñado con tu cuerpo desnudo sobre mis sábanas y yo ahí, mordiendo tu carne como un perro hambriento”.

Y eso fue todo: ella hizo un gesto de asco y se paró corriendo al baño, balanceando sus perfectas nalgas envueltas en aquella ajustada falda negra. Benavides la miró alejarse y siguió su camino, se sentó frente al ordenador, pero no alcanzaba a acomodar el culo cuando escucha al nacional socialista decir con tono seco “A MI OFICINA BENAVIDES”. Se paró del pupitre, metió la mano a su bolsillo para acariciar el lomo de la Taurus y entró al despacho de su “jefecito”.

“NO LE DARE EXPLICACIONES, ACA TIENE SU CHEQUE Y VAYASE. TAMBIEN LE RECOMIENDO UNA DUCHA O AL MENOS QUE SE CEPILLE LOS DIENTES. HASTA NUNCA BENAVIDES”

BANG - BANG. Dos tiros. Uno desviado que dio en una ventana y quebró el vidrio, el otro en plena cara del obeso alemán. No se molestó en ver la sangre del gordo, nada más disparó y salió corriendo, bajó los dos pisos por las escaleras, tomó un taxi y se metió lo más rápido que pudo a su cuarto y a su infierno personal. Estaba agitado, nervioso, en cualquier momento caería la policía por ahí, y no podría negar nada, sabía perfectamente lo que había hecho, y aunque parezca extraño e incomprensible…se sentía bien. Se tiró en la cama a esperar a que el ruido de las sirenas acabara con su felicidad.


No recordaba bien cómo ni cuándo se había dormido, pero despertó sobre sus sábanas en la misma posición en la que se había tumbado. Se levantó y estiró su acalambrado esqueleto y se asomó por la ventana: nada. Seguramente la policía aún lo buscaba, pues había mentido en su currículum acerca de su domicilio. Pensó en la posibilidad de que todo hubiera sido un sueño, pero ahí estaba su camisa salpicada de sangre, la Taurus con dos balas menos, aquella sensación de dureza que sólo conocen quienes han quitado la vida a otro ser humano.

Caminó al baño, lo notó más sucio de lo habitual, pero esto le importó una mierda. Se miró en el espejo y sintió algo extraño: era una sensación fría que le recorría todo el cuerpo, y era él, su rostro demacrado el que la provocaba. Era un estremecimiento helado, miraba su barba de tres días, sus ojeras moradas y llenas de diminutas venas, sus ojos rojos a punto de reventar en sangre... “Benavides, éste no puedes ser tú” se dijo a sí mismo en voz baja. Se cepilló los dientes, y al votar aquella mezcla de pasta, agua y sangre, no pudo evitar recordar las últimas palabras del S.S.

Empezó a sentirse mal, no lo soportaba, el reflejo de su rostro en el espejo le acobardaba, se sentía un criminal y no sólo por lo del obeso teutón, sino también de sí mismo y de lo que alguna vez soñó ser…se tuvo miedo. Se tapó la cara con las manos y reprimió el vómito, corrió a la cama, se tiró sobre ella boca abajo y sintió cómo una angustia horrorosa lo consumía por completo, era una opresión en el pecho, en la garganta, y las lágrimas comenzaron a brotar solas, como si tuvieran vida propia. Comenzó a llorar, a llorar como un bebé, minutos, horas, sentía como vaciaba algo muy arraigado dentro de sí, vomitar kilos de mierda fétida, exorcizar al peor de los demonios, llorar, llorar, sentir las lágrimas limpiando los ojos y el espíritu, no pensar en nada, sólo dejarse llevar por el llanto, las lágrimas, el agua.

Lo que sonó no fueron sirenas, sino el teléfono. Se secó el sudor, midió su pulso y contestó. No se sorprendió cuando al otro lado de la línea había una voz grave y fuerte que exclamaba: “BENAVIDES, ¡SON LAS DIEZ DE LA MAÑANA!, ¡HASTA CUANDO CON SUS ATRASOS!, ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO…!” Benavides se levantó de la cama, caminó hacia el baño y se cepilló los dientes. Luego movió el culo rumbo a la misma oficina de siempre (o creyó hacerlo).


Emilio Vilches Pino (2006)


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JESUCRISTO LAS PELOTAS



DEAD KENNEDYS- Life sentence, I´m the owl


Yo vivía muy cerca del río, en un cuartucho que arrendaba con un dinero que había ahorrado antes de renunciar al trabajo. Pero esto no interesa mucho; lo importante es lo que pasaba por mi cabeza en aquellos días. Yo no lo llamaría depresión, no, tampoco lo llamaría simplemente abulia. Lo mío era un total desinterés por todo: dejó de importarme el alcohol, las drogas, la música, la literatura, las calles, la locura, el fútbol, el dinero, el trabajo, todo. Todo era una mierda. El sexo me era casi imposible conseguirlo (llevaba más de año y medio sin echar un pato) y el precio que exigían las mujeres es demasiado alto para alguien tan sensible como yo, así que todo esto también terminó por cabrearme. Todo, o sea nada: no me interesaba nada. Mi vida se volvió un eterno ir y venir, vueltas y vueltas a la misma calle, nada en los bolsillos, nada en la mente. Sin embargo no me sentía deprimido, porque el sentirse deprimido implica sentir algo y lo mío era precisamente lo contrario: era no sentir nada. Así de simple.

Seguía tomando alcohol, si, pero ya no me hacía sentir bien. El fútbol y la música que la disfrutaran otros, ya no iban conmigo. Me importaba una mierda si los futbolistas seguían follándose a las mejores nenas de esta larga y angosta faja de tierra, si el presidente abolía la pena de muerte, o si caía la puta bomba atómica en mi esquina. Todo eso era una mierda sin importancia. ¿Qué hacía con mi tiempo entonces? Nada, o sea cosas básicas como comer, dormir, escupir y cagar. Mirar el techo tal vez y encender un tabaco de vez en cuando. Ah, y rascarme las bolas. Olvidaba contarles que desde algunos años sufro de un extraño tic que consiste básicamente en que cada cierto tiempo tengo que rascarme las bolas y rascármelas fuerte, lo más fuerte posible. Consulté a un médico, pero me digo que era algo psicológico (cuéntenme una de vaqueros) y que no me preocupara, que posiblemente se me pasaría al cabo de unos días. Pamplinas: me rasco las bolas muy fuerte cada dos o tres minutos, y hace rato ya que visité al matasanos. Pero esto de mis bolas no importa mucho ahora, sigamos con la historia.

Una noche de estas, una particularmente fría, pasó por mi cabeza la idea del suicidio. ¿Suicidio? Si, suicidio, del latín sui: a sí mismo; y cidium: matar. Entonces sin darle muchas vueltas al asunto decidí matarme, pero ¿cómo? Luego de descartar algunas extravagantes posibilidades (lanzarme de espalda sobre una barrera para romper la columna, por ejemplo) decidí tirarme al río: fácil, rápido, barato y sobre todo bastante dramático. Simplemente iría al puente y saltaría. Perfecto. Entonces me puse un abrigo, di un trago a la botella de ron y luego me la puse en el bolsillo, encendí un cigarro y salí rumbo al puente. Di un par de pasos y pisé una plasta de caca verde que algún perro callejero había dejado ahí. Por un momento pensé limpiar mi zapato, pero me dije: “hey Ramone, a ti no te importa nada, ni siquiera la caca en los zapatos, déjala ahí y sigue caminando sin importar cuanto hieda”. Y vaya que hedía.

Era una noche ya dije muy fría y muy solitaria y eran casi las tres de la madrugada y solo se veían de vez en cuando los focos de algún automóvil perdido por la city y nada más. Caminé al puente expulsando el vaho y el humo del cigarro por la nariz y la boca, apoyé mis manos en la baranda de fierro y me tomó un momento acostumbrarme a lo helado que estaba. Se me congelaban los pies y la nariz, se me caían los mocos. Miré hacia abajo: la corriente, el ruido del agua negra corriendo río abajo con una fuerza increíble. Miré la luna y volví a mirar el caudal majestuoso. De pronto tuve que rascarme las bolas fuerte, muy fuerte; el tic, ustedes saben.

Había llegado el momento, y para ser franco, no sentí nada; no se me pasó mi vida por delante de los ojos, ni recordé a mi familia, ni sentí miedo ni arrepentimiento. No sentí nada. Me dispuse a saltar, pero justo cuando subía la pierna a la baranda aparece de la oscuridad una silueta humana envuelta en un abrigo. Se acercó y me dijo:

- tú, ¿llevas fuego?

-sí- respondí bajando la pierna y acercándole el encendedor sin molestarme en mirarle la cara. Era una voz femenina muy dulce.

-gracias- me dijo, encendió su cigarrillo, y luego de un momento agregó- ¿por qué vas a saltar?

-porque quiero ahogarme ahí abajo- dije dificultosamente por el frío que me congelaba la mandíbula.

-me refiero al motivo para suicidarte.

-no puedo dejar de rascarme las bolas, es insoportable- dije, por decir algo.

-si, es un buen motivo…dramático. Yo me mataré porque mi marido se fue con otra y se llevó todo…me dejó con lo puesto- dijo y se acercó a la baranda del puente, apoyó ahí su culo.

-es una historia muy triste- respondí.

-vaya si lo es… ¿tú no tienes mujer?

-la tuve.

-¿y qué pasó con ella?

-se fue.

-¿por qué?

-es una historia muy larga.

-tengo tiempo- me dijo ella.

-pues yo no tengo…además no me creerías.

Entonces ella sacó una botella de su abrigo y me la alcanzó, yo la tomé, le di un trago (pisco) y se la devolví. Entonces por fin miré su rostro: nada extraordinario. Era bonita tal vez, pero con unos ojos tristes y la piel muy blanca. Nada extraordinario. Tenía un cuerpo delgado, formas aceptables. Nada extraordinario. Ella dio un trago enorme y me volvió a pasar la botella, y así estuvimos unos cuantos minutos tomándonos la botella sin decirnos nada, apoyados en la baranda. De vez en cuando pasaba un auto por el puente con sus focos encendidos y de vez en cuando tenía que rascarme las bolas. El resto era un silencio monótono, solo matizado por el ruido del río bajo nosotros. O sea, nada extraordinario.

-vamos a seguir bebiendo a mi casa, tengo un cuarto a unas dos calles- dijo ella al fin.

-te agradezco, pero no puedo; vine aquí a suicidarme.

-bah, nos podemos suicidar mañana, hace mucho frío aquí.

-está bien- dije luego de unos segundos; miré por última vez el caudal negro del río y la seguí. Yo y la caca seca en mi zapato la seguimos. La nena cada vez se veía más agraciada.

Llegamos a su cuarto. Era más feo y descuidado que el mío, y eso es mucho decir. Nos sentamos en la cama y bebimos lo que quedaba en la botella sin decir nada. O sea sí, de vez en cuando ella hacía algunas preguntas o emitía algún comentario:

-me disculparás, pero no hay nada para comer aquí, mi marido se llevó hasta el pan…

-comprendo.

-¿cómo te llamas?

-Eastwood…Clint Eastwood.

Y seguía el silencio, y de pronto volvían las preguntas:

-y dime Clint, ¿a qué te dedicas?

-por ahora a nada.

-¿pero hay algo que te guste hacer?

-no.

Silencio, luego más preguntas.

-Clint, ¿crees en Jesucristo?

-Jesucristo las pelotas.

Y seguíamos bebiendo, primero de su botella, luego de la mía, y cuando llegó la mañana ambos estabamos algo borrachos y nos miramos y nos besamos y nos desnudamos:

-vaya, tienes las bolas que van a estallar, debes llevar semanas sin descargar- me dijo ella.

-mucho más que semanas, mucho más- dije.

Lo hicimos dos veces y fue fantástico. Ella no era nada extraordinario (creo que eso ya lo dije), tampoco hablaba mucho, pero a mí eso no me importaba. Incluso prefería que se mantuviera callada, era agradable. Como mencioné, llevaba año y medio sin echar un pato y éste había sido magnífico. Pero eso no era todo, había algo en ella que me gustaba, algo en su mirada, en sus ojos tristes, no lo sé. Después de mucho tiempo sentía algo… ¿amor? No lo sé, pero era sentir algo y eso ya era extraño.

Pasó un tiempo en que seguimos juntos, ella se mudó a vivir conmigo y se podría decir que éramos felices. Muchos patos, muchos patos y amor, amor. Es verdad, comencé a sentir amor por ella. Me olvidé del suicidio.

Fue una noche de lluvia en que ocurrió. Yo estaba tumbado en la cama y cuando logré darme cuenta de algo ella ya estaba terminando de hacer su maleta. Había puesto ahí sus ropas, sus zapatos, su maquillaje y alguna botella sin abrir. Todas sus cosas.

-bien, se acabó. Me voy- dijo fríamente.

-¿te vas? ¿Dónde?

-no lo sé, simplemente me voy.

-está lloviendo.

-no me importa, estoy acostumbrada.

-¿por qué te vas?

-no lo se, sólo me voy- dijo, y se dirigió a la puerta, la abrió y me dio la espalda unos segundos antes de girar y preguntarme mirándome por última vez a los ojos con los suyos tristes:

-¿qué harás ahora?

-no lo sé- respondí.

-me refiero a qué harás con tu vida.

-que no lo sé…quizás vaya al puente y salte al río.

Entonces ella cerró la puerta por fuera. Pasaron las horas y no volvió, pasaron los días, los lluviosos y los soleados, pasaron las semanas. No volví a verla.

Ahora que ha pasado algo de tiempo y lo he pensado bien, la suya era una muy buena pregunta ¿qué haré ahora? diablos, no lo sé, no lo sé. Lo de tirarse al río no es una mala idea. Por el momento me limitaré a rascarme las bolas fuerte, lo más fuerte que pueda. El resto no tiene mucha importancia.



Emilio Vilches.




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¿Y AHORA QUÉ PASA, EH?


LOS VIOLADORES- 1,2, ultraviolento


Desperté tirado sobre el piso de alfombra y lo primero que sentí fueron irrefrenables ganas de vomitar, pero me contuve. Luego sentí frío, mucho frío y nuevamente nauseas. Esperé quieto unos segundos y traté de recordar dónde mierda estaba. Me incliné como pude y videé a mi drugo Alergia inerte en un sofá y frente a él, sobre la cama, a mi drugo Acuña durmiendo pegado a su novia Lissette, tapados con gruesas mantas y seguramente smecando de oreja a oreja. Me volví a tumbar mientras trataba de controlar las nauseas. Comenzó a dolerme la golová realmente fuerte y por mi sesera pasó una vez más la idea de que nada tenía sentido y que lo más sensato sería tirarme a la línea del tren y acabar de una vez por todas con este show, morir, snufar sin alharaca. Pero el tren dejaría muy molido mi pobre cuerpo, y eso no me pareció entonces una idea muy digna de un genio como yo: el gas era mucho más adecuado.

Hacía mucho frío, de verdad que lo hacía, y entonces la idea del suicidio se esfumó y en su lugar se metió en mi golová, utilizando la vieja lógica aristotélica, que si hacía frío yo lo sentía en mi cuerpo y me gustaría tener unas mantas sobre mí para no sentirlo; mi drugo Acuña y su novia sentían frío también y se habían tapado para no sentirlo; entonces yo estaría mejor ahí en la cama tapado con esas mantas que acá en el piso congelándome y destrozándome la espalda.¡vaya conclusión que había sacado!¡digna de mi intelecto! Entonces me levanté trabajosamente y traté de caminar hacia la cama para meterme bajo las tapas, pero el sólo hecho de dar un par de pasos detonó la bomba. Ya no pude controlarlo; al final de la habitación había una ventana, así que corrí scorro hacia ella, la abrí como pude y lancé mi putrefacto vomito de cerveza y ron hacia afuera. Puaj: escandaloso, con alaridos y lágrimas incluidas (el drama es la parte fundamental del espectáculo).

El sol apenas iluminaba con unos tímidos rayos y a nadie le importó mi performance, pues todos dormían como bebés. Comencé a recordar algunas imágenes de la naito anterior: la fiesta de mi drugo Marcos, los Rolling stones en el estéreo, I can´t get no satisfaction, unas débochcas, alcohol, alcohol, marihuana, cocaína, más drencom, más alcohol: había sido una fiesta realmente joroschó. Me limpié la rota con la ruca y la picazón en mi garganta me hizo caer en cuenta de que necesitaba un trago urgente.

En la habitación no encontré nada, así que decidí salir y buscar algo de alcohol en la cocina, en la taza del water o donde fuera. Y lo hallé en el living. Había allí un cheloveco que jamás en mi perra vida había videado, durmiendo, tirado sobre la mesa con una botella de ron apenas abierta en la ruca. Me acerqué, se la quité con cuidado, la acerqué a la vieja rota y di un trago realmente bolche y joroschó que me despertó del estado semi-zombie en que me encontraba. Me sentí joroschó, por mi golová pasaron coros celestiales, las golosas angelicales más estremecedoras que había oído jamás. Di otro trago y sentí como bajaba por mis órganos, cómo quemaba mi garganta, cómo encendía mi pecho y llegaba y revolvía y destruía nuevamente mi estómago. Sentí nauseas otra vez. Me quedé quieto para frenarlas, tal como lo hacen las arañas ante el peligro inminente. Pero nada, sentía asco, ASCO. Pensé que con otro trago las nauseas seguramente se calmarían, así que abrí scorro la vieja rota y eché otro trago largo que dejó la botella por la mitad. Y eso fue todo: tuve que correr hacia la habitación, abrir de nuevo la ventana y puaj, puaj. Ahí estaba Emilio Ramone, el rey del drama vomitando bajo los primeros rayos de sol de una fría y solitaria mañana invernal...puaj.

Nadie se movía, aquello parecía un campo de batalla lleno de cadáveres fríos. Y yo no me sentía nada bien entre ellos: me sentía enfermo, viejo, cansado. Me sentía el peor de los farsantes. Si es que esto tiene algún sentido yo no lo conocía, y no lo conozco hasta el día de hoy. Yo, yo que no tengo nada que perder. Miré mi reflejo en el vidrio de la ventana y reí al ver mi litso arruinado por los años, los vicios y las mentiras. Si, reí. ¿Qué más podía hacer? Algo: puaj.

Mi drugo Acuña estaba acostado de frente con su novia Lissette, las golovás sobre las almohadas, muy pegados sus glasos y sus rotas durmientes. Débil, tambaleante y tiritando de frío me acerqué por el lado en que se encontraba Lissette, levanté las tapas y para mi sorpresa (mentira) videé que estaban ambos desnudos, completamente nagos sobre las sábanas… ¡vaya naito que habían pasado! El culo de Lissette estaba ahí, glorioso, indefenso, mirando directamente a los glasos a vuestro humilde narrador. Volvieron a sonar con los coros celestiales, je.

Me quedé de pie un momento más mirando aquella obra de arte antes de meterme a la cama y taparme con las gruesas mantas sin siquiera quitarme los bototos y uf, hermanitos míos, qué placer sentí con el calor de las tapas. Puse las rucas entre mis nogas y frotaba para generar calefacción natural. Los viejos subos que rechinaban, comenzaron a calmarse; el crobo comenzó una vez más a correr por las venas y poco a poco empecé a sentirme de verdad joroschó. Cerré los glasos y dejé que las golosas de los ángeles hicieran su trabajo allá, muy dentro de mi golová.

¿Y ahora qué pasa, eh? Eso me pregunté cuando el frío ya desaparecía casi por completo de mi cuerpo. ¿Ir a casa con pe y eme? ¿Levantarme por otro trago? ¿Snufar sin alharaca en la línea del tren? ¿El gas? de pronto aquellos pensamientos fueron cambiando de tono, se transformaron en meselos mucho más joroschós, aunque no muy propios de un buen drugo como lo era yo. Esos meselos tenían nombre: Lissette. Pero Lissette era la novia de mi drugo Acuña, de mi casi hermano Acuña que estaba ahí, en la misma cama que yo, a menos de un metro de distancia; no, no podía estar pensando aquello. Traté de espantar esas ideas apoyando mi litso sobre el cabello desparramado de Lissette sobre la almohada, pero aquello fue peor: mi vesche comenzó a llenarse de crobo y a ponerse dura y bolche, mientras mi golová se llenaba de meselos distorsionados. Entonces ya no pude pensar más, decidí simplemente hacerlo, sin importar si mi drugo o su débochca despertaban, sin importar ninguna cala.

Comencé tímidamente apoyando la ruca en sus scarros, ella no despertó. Comencé a tocar más, a frotar mi ruca, pero nada, ella estaba inerte. Subí mis manos hasta la talla, acaricié su vientre; la borrachera debía haber sido realmente bolche como para no sentir mis enormes y pesadas rucas en su cuerpo. Comencé a perder el sentido; acaricié su cabello, besé su cuello, sus hombros; quité las rucas de mi drugo Acuña de los grandes grudos y en su lugar puse las mías; comencé a apretarlos, a sentir su pezones duros. Bajé a sus nogas, besé su espalda. Metí la ruca entre sus piernas y con los dedos busqué su vesche hasta que la encontré; metí un poco mis dedos entre las paredes de su vesche y sentí la humedad, metí un poco más profundo y ella comenzó a gemir un poco, muy bajito. Metí el dedo todo lo que pude y comencé a moverlo dentro, ella gemía joroschó, empezó a moverse lentamente, sin despertar, durmiendo como una baby. Desabroché mi pantalón tratando de hacer el menor ruido posible (pues no era mi intención interrumpir el dulce sueño de mi drugo Acuña) tomé mi vesche y la guié directamente hacia dentro de Lissette y gracias a Bogo no costó nada lograrlo. Comencé suavemente con el viejo unodos, unodos, tratando de no mover demasiado la cama, ni meter ruido, Unodos, unodos, un poco más scorro, unodos, unodos, lo sentí venir, se acercaba, se acercaba, unodos, unodos… lo dejé salir dentro de Lissette. Me guardé la vesche, le di una palmadita en el culo a la bella durmiente y me levanté por un trago.

¿Y ahora qué pasa, eh? Eso seguramente se estarán preguntando hermanitos míos. Bueno, toda esta cala de la que he estado hablando se me vino a la golová hace unos días, cuando sonó el teléfono y por esas cosas de la vida era precisamente mi drugo Acuña, quien muy afligido y angustiado me contó que su novia Lissette está esperando un niño. Traté de calmarlo, de darle ánimos, pero fue difícil, pues no entiende cómo pudo pasar siendo que ellos siempre habían usado preservativos para evitar esto: “son cosas de la vida hermano mío, ya verás como todo se soluciona, ten fe en Bogo”, le dije. Agradeció mis palabras y me dijo que era muy importante tener drugos de verdad, drugos como yo, de esos que siempre tienen tiempo para ayudar en momentos difíciles. Fue tan emotivo que se me escaparon algunas lágrimas de los glasos y tuve que colgar el teléfono para no quebrarme más.

Me metí a mi cuarto y encendí el estéreo para distraerme, pero no resultó; abrí la novela en la página donde comienza el segundo capítulo y leí… “¿y ahora qué pasa, eh? Hermanos míos y mis únicos amigos, aquí comienza la parte realmente dolorosa y casi trágica de la historia…

Tuve que cerrar el libro.



por Emilio Vilches Pino