
I
Una tarde de invierno la Sofía y yo nos peleamos muy fuerte. Hubo gritos, insultos, floreros rotos, sueños rotos, y otras cosas más tristes aun. Todo iba mal, todo entre nosotros se había desfigurado. Nuestro matrimonio definitivamente se había ido a la mierda, así que decidí que lo mejor era separarnos un tiempo. Se lo dije, pero al parecer mi decisión solo empeoró las cosas; me tiró zapatos, cachetadas, subidas y bajadas. Salí al patio, arranqué el Lada y me fui de aquel lugar. Rápido, muy rápido.
Ya casi caía la noche y comenzaba a hacer frío. Salí con lo puesto, pero tenía algo de dinero, así que pasé a una tienda y compré algo para comer, cigarrillos y una botella de vino, le puse gasolina al Lada y partí rumbo a la carretera: ya había tomado una decisión. Y la decisión era simple: tenía un tío que vivía a unos 300 kilómetros, en un pueblo pequeño que se llamaba “Piedrafría”. En cada viaje suyo a Santiago, por el motivo que fuera, aprovechábamos para tomarnos unos tragos y conversar. Mi tío era callado, algo raro, no tenía dientes, pero era un buen tipo al fin y al cabo. Entre cerveza y cerveza siempre me decía:
-cuando quieras relajarte no dudes en visitarme, estoy casi todo el año en casa, cuidando el huerto. Es un pueblo muy tranquilo, te aseguro que lo es.
Entonces, claro, mi plan era visitar a mi tío. Pero como no andaba con su número de teléfono a mano, decidí ir hasta Piedrafría y allá ubicarlo como fuera. Pasaría unos días con él hasta que se me despejara la cabeza, hasta que la Sofía recapacitara, no se, hasta que pasara algo, supongo. El único problema era que a pesar de que mi tío me había explicado hasta el cansancio cómo llegar hasta Piedrafría, lograrlo no era tan fácil. Y es que Piedrafría no aparece en los mapas. No, no aparece en los mapas, según mi tío porque es un pueblo tan pequeño que nadie lo visita, nadie lo toma en cuenta, es casi como si no existiera. Aun así, yo tenía alguna idea de cómo llegar, y es que mi tío realmente me lo había explicado unas trescientas o cuatrocientas veces.
El cielo estaba rojo cuando partí, y negro cuando llegué a las afueras de Piedrafría. Los caminos eran de tierra, muy oscuros; el paisaje se reducía a algunos cerros a lo lejos y tierra, tierra, tierra y piedras. Tierra y piedras, piedras y tierra. Todo era soledad, no se oía ni un grillo. Miré el reloj y noté que ya era bastante tarde. ¿Qué hacer? Estuve a punto de devolver la marcha y regresar a casa, regresar a las tetas de Sofía. Pero no; ya había tomado una decisión y la respetaría. Estos días con mi tío quizás harían que ella se diera cuenta de que me necesitaba, de lo que me amaba. Yo también la amaba, y realmente no quería perder tan fácil mi matrimonio, pero mi orgullo era más fuerte. Pisé el acelerador y me interné en el pueblo.
La noche cada minuto se hacía más oscura y más nublada. ¿Y el pueblo? Nada, solo tierra, caminos, piedras. Tierra y piedras, piedras y tierra ¿Me habría equivocado de ruta? ¿Estaría perdido? La idea comenzó a asustarme; pero de pronto, a lo lejos, vi un letrero desteñido, un letrero que me volvió el alma al cuerpo: “Bienvenido a Piedrafría”. Encendí un cigarro mientras sentía volver la sangre a mis venas. Reduje la velocidad, puse las luces bajas y comencé a buscar entre la cada vez más abundante niebla algún hospedaje, algún hotel, alguna señal de vida.
Quince, veinte minutos.
A lo lejos vi una luz, una luz muy débil, pero que para mí era un oasis, un salvavidas; me acerqué rápidamente y noté que era un bar, pero un bar bastante especial. Era exactamente igual a las cantinas de las películas del viejo oeste ¿te has fijado? con dos pisos, puertas bajas, todo de madera maltratada y roída por los años; solo faltaba el sheriff… era como para no creérselo.
Detuve el Lada, me bajé y entré. Y por dentro el lugar era aun más increíble: una barra tras la cual había un hombre de pie, pálido y delgado, de bigote blanco, con una innegable apariencia de muerto; la luz no era más que una ampolleta en medio del local, unas tres mesas con hombres absolutamente borrachos durmiendo inconscientes sobre ellas y otro par de mesas vacías; el piso cubierto de aserrín, las paredes de madera con algunos calendarios colgados, el olor era a vino, un olor tan fuerte que causaba nauseas hasta el más duro. Me acerqué a la barra a paso firme, pero casi de inmediato tuve que detenerme: el hombre de la barra había sacado no sé de dónde y en qué momento una escopeta… ¡y me estaba apuntando!
-oh, señor, solo quería ver si me dejaba usar la guía del teléfono…- dije, o al menos creo que dije, mientras levantaba las manos. Él seguía apuntando sin decir nada.
-soy forastero y vengo a ver a mi tío, solo quiero ver alguna guía de teléfonos local para ubicar su dirección…-continué, temblando. El hombre no decía nada, me miraba fijamente mientras apuntaba… ¿y yo? Bueno, yo estaba que me cagaba.
-está bien- dijo sorpresivamente el viejo, bajando la escopeta. Se dio vuelta, se subió a una silla y sacó de arriba de un mostrador una vieja guía de teléfonos llena de polvo, me hizo un gesto para que me acercara a la barra y me la alcanzó.
-gracias- dije, aún cagado de miedo.
Comencé a ojear en busca de mi tío, Ramone, Ramone, ahí estaba: “Ramone Cid Ricardo Antonio”, o sea mi tío Richie. Ahí estaba la dirección, pero no tenía lápiz para apuntarla. Pensé en pedirle uno al viejo, o pedirle autorización para sacar la hoja, pero no me atreví. No, no, no. Entonces tuve que memorizar la dirección. Sí, y eso que mi memoria no es de las mejores, pero prefería arriesgarme a olvidar la dirección que arriesgar un escopetazo en la cabeza.
-muy bien, señor. Ya encontré a mi tío- y le devolví la guía, pero el viejo no pareció inmutarse, seguía serio, seguía en silencio- se la dejo aquí sobre la barra, ahora me retiro, muchas gracias y que tenga muy buenas noches- continué, hice una pequeña reverencia, me di media vuelta y me dispuse a apretar cachete.
-cuidado con los penes- me dijo el viejo con voz seca. No respondí, ni siquiera volteé a mirar su cara, abrí la puerta y salí rápidamente del lugar, arranqué el Lada y me viré lo más ligero posible en búsqueda de mi tío. Rápido, muy rápido.
“Cuidado con los penes” me había dicho el viejo, pero ¿qué mierda me quiso decir con eso? ¿Los penes? ¿Acaso “los penes” era una pandilla del sector? tal vez había oído mal, sí, sí, eso era, había oído mal. El miedo a veces te confunde un poco los sentidos, ves cosas que no están ahí, oyes cosas. Definitivamente había oído mal.
Me tardé un poco en encontrar el sector donde vivía mi tío, pero finalmente lo hallé. Era un montón de casas humildes (como casi todas en el pueblo), muy bajas, todas de madera, sucias, parecía que estuvieran ahí desde siempre. Pero lo que más me llamó la atención fue que no hubiera nadie en las calles, nadie. Ni siquiera un policía o un borracho, todo estaba vacío y solo de vez en cuando se veía alguna luz encendida en alguna casa. Definitivamente era un pueblo raro (ahora entendía la forma de ser de mi tío), pero pintoresco. De alguna manera me sentía bien. De alguna manera, claro, que no podría explicar.
Encontré la casa (número 776), detuve el Lada, bajé y toqué a la puerta. Era de madera y sin antejardín, tenía las luces apagadas…comenzaba a hacer mucho frío. Llamé otra vez, quizás mi tío durmiera. Encendí un cigarrillo y aspiré hondo, dejé escapar el humo al viento. No había ninguna estrella en el cielo, ninguna, las nubes estaban negrísimas y tenían pinta de lluvia. Pero a mí siempre se me dijo que cuando se aproxima la tormenta no hace frío, y ahora vaya si lo hacía, entonces seguramente era falsa alarma, la lluvia no vendría esa noche.
Llamé nuevamente a la puerta, y esta vez vi que se encendía la luz. Felicidad. Se abrió la puerta muy lento e increíblemente apareció tras ella no el rostro sin dientes de mi tío, si no el de una mujer de ensueño, pelo rojizo, piel blanca, ojos azules y facciones finísimas. No lo pude creer, ¡en mi vida había visto mujer tan bella! Me pellizqué para comprobar que no fuera un sueño, y es que era para no creerlo: en una noche había peleado con la Sofía, había salido de la ciudad, me habían apuntado con una escopeta y ahora estaba frente a la mujer más bella que había visto en mi vida, y en la casa de mi tío ¿sería su pareja? No lo creí, era mucha carne para tan poco gato.
-perdón- dije al fin- ¿se encuentra Ricardo? Ricardo Ramone.
No me contestó y cerró la puerta por dentro. Sí, me dejó afuera parado sin siquiera contestarme. ¡Y con el frío que hacía! Di otra fumada y volví a llamar. Pasaron unos segundos y sentí que la puerta volvía a abrirse, pero esta vez menuda sorpresa que me llevé…la mujer salió esta vez a la calle… ¡apuntándome con una escopeta!
-¡No! ¡No dispare! ¡No dispare! Sólo busco a mi tío Richie, él vive aquí, en el 776- dije, mientras retrocedía con los brazos arriba.
-¡¿qué quiere?!- dijo ella, con un claro acento extranjero.
-¡quiero ver a mi tío Richie! sólo eso.
-¡aquí no hay tío Richie!- dijo ella acercándose con la escopeta; definitivamente era gringa, o alemana, o algo así. Miré el número de la casa y era el 776, no estaba equivocado, así que pensé en la posibilidad de haber olvidado la dirección, después de todo solo había confiado en mi memoria…si, debía ser eso, pero ahora ¿cómo diablos ubicaría a mi tío?
-¡Está bien!- dije -¡Está bien! solo baja el arma y me voy, baja el arma, me subo al auto y me voy…
Lo próximo que recuerdo es un golpe muy fuerte en la cabeza y un apagón.
II
Desperté acostado y tapado, ya no sentía frío ni miedo, todo había sido un mal sueño, una pesadilla horrible; aún estaba en mi casa, con las tetas de Sofía a mi lado, con cerveza, con fútbol en la televisión. Sin embargo sentía un dolor en la cabeza. Me incliné para encender la lámpara de mi velador, pero ¡no había velador! Me levanté de un salto y entre la oscuridad reconocí que aquella no era mi pieza, no era mi cama, no era mi casa. ¡Por la chucha! ¡Qué estaba pasando! No entendía nada, ni las escopetas, ni los penes, ni la mujer extranjera; no entendía nada de nada. De pronto sentí que se abría la puerta del cuarto y entraba la luz de la sala contigua, y entre la luz…la mujer, y claro, me cagué de miedo al verla.
-¡oh! no asustes Emilio, no haré daño- dijo la mujer con acento extranjero. Ahora pude verla bien y juro que cada vez parecía más hermosa. Llevaba una camisa de dormir de seda cortísima que dejaba ver casi el total de sus largas piernas, su cintura era diminuta y sus tetas no estaban nada mal.
-es que, es que, ¿cómo sabes mi nombre?
-revisé documentos- dijo, regalando una sonrisa perfecta.
-¡oh!- no supe qué contestar, en realidad no sabía qué mierda estaba pasando.
Se acercó hasta mi lado y se sentó en la cama, puso su mano en mi cabeza, justo donde dolía y comenzó a acariciar mi pelo mientras sonreía. Yo me tapé bien, para que no notara que se me estaba poniendo dura. Era preciosa, hermosa, increíble, estaba enamorado.
-yo…yo venía en busca de mi tío Richie- balbuceé.
-Richie se fue, yo cuido casa- dijo, e hizo un gesto de tristeza, algo así como un puchero.
-¿era tu…tu…pareja?
-no, Richie es jefe, yo cuido casa- dijo, luego se rió.
-¿eres la nana?
-si, nana- y volvió a reír.
No sabría explicar porqué esa noticia de produjo tanto placer.
-y… ¿cómo te llamas?
-Yekaterina.
-¿Yekaterina? ¿Eres rusa?
-no, yo soy Ucrania.
-¡oh!¡Ucrania!...y eres muy joven Yekaterina.
-da, tengo 22 anios.
Metí las manos bajo las tapas, me quité el anillo y disimuladamente me lo metí en el bolsillo. Ella seguía sentada a mi lado dejando ver toda esa pierna, mientras me acariciaba el pelo.
-tengo algunas preguntas Yekaterina- continué, ya entrando en confianza.
-preguntas-repitió.
-¿por qué me golpeaste con la escopeta?
-yo no golpeé con escopeta.
-pero yo recuerdo que me estabas apuntando con la escopeta, lo siguiente que supe era que estaba aquí en esta cama con un gran dolor de cabeza.
-yo saqué escopeta porque Richie dijo que no dejara entrar a casa nadie. Pero eres muy lindo y te metí a casa, y también eres pariente de él, vi documentos.
-si, soy su sobrino, pero…si no me golpeaste ¿por qué no recuerdo nada? ¿Por qué desperté en esta cama con la cabeza dolorida? No entiendo nada…tengo miedo- y le tomé la mano y comencé a acariciársela. Je.
-jajaja- rió ella- jajaja.
-pero ¿qué es lo gracioso? No entiendo.
-jajaja, no tengas miedo, sólo golpeó en tu cabeza un pene.
Le solté la mano y me tiré hacia atrás. Me tomé del respaldo de la cama y me quedé tieso, pálido. Ella se levantó de la cama y salió del cuarto dando saltitos mientras reía a carcajadas.
¿Qué habrían hecho ustedes en mi lugar? ¿Huir? no era descabellado pensarlo, había una ventana en la habitación, podía abrirla, saltar, correr hasta el Lada y virarme a mi casa, a mi cama, a pegarme a las tetas de la Sofía. Pero ¿y Yekaterina? Una mujer como aquella no era para dejarla así como así. Pero para eso había una solución ¿y si la violaba y luego huía? No, no, no podía estar pensando algo así; siempre he odiado a los violadores, son una escoria, unos enfermos. Todo esto me estaba afectando la sesera, no podía estar pensando estas cosas. Entonces no podía violarla, pero tampoco huir; tenía el vino en el auto, podía ir a buscarlo e invitar una copa a Yekaterina, quién sabe, en una de esas saltaba la liebre. Pero ¿y si era una loca? ¿Quién me aseguraba que no era una enferma que había asesinado a mi tío y luego lo había enterrado en el patio? Aquella idea me infundió pánico, se me helaron los huesos, la sangre se me fue toda a la cabeza, los dedos, las piernas y la espalda se paralizaron ¿dónde mierda estaba metido? ¿Qué era eso de los penes? ¿Por qué las escopetas? ¿Mi tío dónde estaba? Sentí cómo el terror se apoderaba de mí, y juro que fue la primera vez que sentí algo parecido. ¿Mi tío enterrado en el patio? No, definitivamente debía huir, a la mierda si no pasaba nada con Yekaterina, a la mierda sus piernas y su culo, a la mierda la mujer más bella del mundo, después de todo yo era casado, y Sofía no estaba tan mal. Sí, lo sé, no tenía ese cuerpo sexual y ese rostro perfecto, pero se defendía. Si, lo decidí, tenía que salir de ahí y rápido, muy rápido.
Busqué mis zapatos en la oscuridad (supongo que Yekaterina me los había quitado para meterme a la cama), me los puse y me acerqué a la ventana, abrí la cortina y noté que todo sería más fácil de lo pensado: la ventana estaba entreabierta, además daba a la parte trasera de la casa donde había un pequeño huerto y unas gallinas. Ni siquiera había perro. Perfecto, la oscuridad y el silencio serían mis cómplices. Pero justo cuando me disponía a abrir la ventana ocurrió lo imposible: un pene erecto vino volando a una velocidad increíble justo hacia mí, rompió el vidrio de la ventana y se metió a la habitación. Por poco me da de lleno en la cara, pero logré saltar hacia atrás, caí al piso preso del terror y di un grito horroroso que salió desde lo más profundo de mí. El pene volaba muy rápido por el cuarto, tal como lo hace una mosca, giraba, chocaba con las cosas, las tiraba al piso. Grité nuevamente y el pánico me hizo por un momento pensar que perdería el sentido, pero no. Justo cuando comenzaba a desfallecer se abrió la puerta, entró la luz y con ella Yekaterina y con ella la escopeta. Encendió la luz, apuntó y apretó el gatillo y ¡bang!: el pene cayó mal herido sobre la cama, se dio unas vueltas, trató de despegar, pero no pudo. Se deshinchó, se achicó, y murió desangrado sobre las sábanas blancas.
Lo próximo que recuerdo es haber vomitado, luego un apagón y buenas noches los pastores.
III
Desperté en la misma cama, pero con las sábanas limpias, y me alegré al ver que ya había amanecido. No me moví, traté de ordenar las ideas; el vidrio estaba roto, pero las sábanas y el lugar donde había vomitado estaban limpios. Descartando la posibilidad de que era un sueño, porque no lo era, pensé que lo más lógico era que Yekaterina hubiese limpiado el piso y cambiado las sábanas para acostarme. Bien, ¿y ahora qué? Salvo de la certeza de que Yekaterina era hacendosa, no tenía nada claro; la posibilidad de que mi tío estuviese enterrado en el jardín aun seguía latente, y lo peor ¿qué mierda significaba un pene volando? Comencé nuevamente a sentir pánico, pero lo controlé, tenía que controlarlo para pensar en algo. Y era absolutamente necesario pensar en algo.
Pero no pude pensar en nada porque justo en ese momento entró Yekaterina al cuarto con una bandeja con el desayuno. Me sonrió, se acercó y se sentó a mi lado; dejó la bandeja en la cama y me hizo un gesto para que comiera, luego me quedó mirando muy raro, casi maternalmente, sonriendo, como si nada hubiera pasado.
-Yekaterina…
- ¿Emilio?- dijo con su acento característico.
-no tengo hambre, muchas gracias, pero no tengo hambre, no comeré- La verdad es que estaba cagado de hambre, pero ¿y si hubiera puesto veneno en el jugo? ¿O en el pan?
-¿Que no comerás?
-no, lo siento, de verdad te lo agradezco, pero no tengo hambre- dije, con el dolor de mi alma. Ella hizo un puchero y bajó la vista…se me rompió el corazón al verla triste, y es que era hermosa, más de lo que pensé en la noche anterior incluso. Se había tomado el pelo en una cola y llevaba puesta una polera color rosa y un pantaloncillo cortísimo de seda que hacía sospechar que no llevaba ropa interior.
-está bien, solo bromeaba, comeré- dije. Ella levantó la cabeza, me miró a los ojos con los suyos azules y me regaló una hermosa sonrisa.
Comí como loco, tragaba sin mascar. No me importó si estaba envenenándome o lo que fuera, comí, comí, comí. Ella me miraba fijamente mientras sonreía. Luego se levantó, se agachó a recoger unas cosas que estaban tiradas en el piso (dejando más claro aun que no usaba ropa interior) y abrió la ventana, o lo que quedaba de ella. Luego volvió dando saltitos a sentarse a mi lado.
El día era horrible, hacía frío y las nubes era amas y señoras del paisaje. Terminé de comer, miré a Yekaterina, miré sus pezones erectos bajo esa polera y sentí cómo se me ponía dura otra vez. Ella me miraba fijamente sonriendo. Y así estuvimos unos momentos, hipnotizados uno con el otro, luego nos acercamos y nos besamos. Fue el beso más sexual, más largo, más tremendamente erótico que había dado en mi vida. No pude resistirlo más: comencé a bajar las manos, comencé por su cintura, las metí por debajo de su polera y las subí por toda su espalda, luego bajé y las puse dentro de su pantaloncillo, tocaba su piel, su carne. Nos acomodamos y nos echamos sobre la cama, siempre besándonos. Sentí caer la bandeja al piso; me olvidé del cadáver de mi tío enterrado en el patio, me olvidé del veneno en el desayuno, de las escopetas, de las nubes, del pene muriendo desangrado sobre las sábanas blancas, me olvidé de mi vida, de mi mujer, de mi trabajo. Era Yekaterina y yo, su piel, sus besos. Me había enamorado, estaba seguro.
Me quité la camisa y la tiré lejos, comencé con el pantalón, pero justo cuando comenzaba a desabrocharlo sentí un ruido de aleteo muy fuerte, como el de una mosca, pero amplificado unas veinte veces, o sea, el mismo sonido que había sentido en la noche anterior cuando entró el pene volando por la ventana. Me volteé y lo vi otra vez: un pene erecto volando a toda velocidad por el cuarto, de un lado para el otro, zigzagueando, chocando con las cosas. El amor de mi vida se levantó furiosa de la cama, tomó una revista que había tirada en el suelo, hizo un rollo con ella y comenzó a lanzar golpes al pene mientras daba gritos en un idioma extraño (luego supe que eran imprecaciones en ucraniano), lanzaba golpes al aire y en más de alguna ocasión logró rozarlo, pero no lograba darle de lleno. El pene dio unas cuantas vueltas más y salió nuevamente volando por la ventana. Yekaterina se acercó aun furiosa a la ventana, gritando, maldiciendo. Cerró y puso la cortina.
Cuando reaccioné, ella estaba cruzada de brazos a los pies de la cama, me miraba y sonreía. Luego se quitó la polera y aparecieron bajo ella las tetas más divinas del planeta. Tiró la polera lejos y se lanzó riendo a la cama. Lo hicimos. Lo hicimos y fue maravilloso. Definitivamente estaba loco por ella: Emilio Ramone se había enamorado.
Los días siguientes fueron un paraíso. Yekaterina era una diosa en la cama, muy inteligente, cocinaba excelente, era limpia, cariñosa, paciente, hermosa, me hacía reir. Claro, hubo “algunas cositas” que tuvo que explicarme: me mostró el cadáver del pene muerto sobre las sábanas y solo entonces pude verlo bien. Era un pene de verdad, de piel, de tamaño normal, con las bolas y un par de alas incluidas. Las alas estaban a los costados, y las bolas atrás(a esta altura del partido ya no me sorprendía nada). Había algunos ejemplares más grandes, los negros, pero era una raza muy escasa. Me explicó también que cuando estaban vivos pasaban la mayor parte del tiempo erectos, excepto cuando dormían, y volando a gran velocidad, lo que los hacía verdaderas amenazas para la gente, pues un golpe en la cabeza te podía noquear (y bien lo sabía yo) o a un niño podía incluso causarle daños mayores, por no decir la muerte. Por eso había que espantarlos y si fuese necesario matarlos a escopetazos.
Con el tiempo entendí tantas cosas de Piedrafría, por ejemplo que los penes voladores sólo aparecen en invierno, cuando hace más frío y el cielo se nubla completamente. Durante esta estación la mayor parte del pueblo emigra a la ciudad o a cualquier lugar donde no corras el peligro de morir porque un pene te chocó la cabeza. Y los que no emigran, claro, usan una escopeta para matar a estos “insectos”, cuando no entienden con golpes e insultos. Claro, nadie del pueblo menciona esto fuera de los límites de Piedrafría, es una convención social con cientos de años de tradición que nadie se atrevería a romper. Por eso es que este lugar no aparece en los mapas, por eso nadie lo visita, por eso causa tanta desconfianza que una noche de invierno, sin más ni más, un hombre de la ciudad llegue a altas horas de la noche en un auto preguntando por su tío, por eso las casas oscuras, por eso las calles vacías. Por eso era casi un pueblo fantasma, y si no fuera porque lo vi, jamás hubiese creído que existe un lugar en el mundo donde, en lugar de moscas, pasan sobre tu cabeza penes con alas que pueden matar niños.
Resumiendo un poco el cuento les puedo decir que de esto ya van unos diez años. Actualmente vivo en Piedrafría, en la misma casa donde conocí a Yekaterina, en aquellos años nana de mi tío (la había traído desde un orfanato en Santiago) y actualmente mi mujer, el amor de mi vida. De él, o sea de mi tío Richie, nunca más supe, jamás volvió del supuesto viaje. Cada vez que le pregunto a mi mujer sobre él, se turba, se pone pálida y cambia el tema. Algo raro pasó, no sé, la posibilidad de mi tío enterrado en el patio no es tan descabellada al fin y al cabo, pero prefiero quedar con esa duda a vivir sin Yekaterina, eso no podría soportarlo. Tenemos dos hijas, Misha y Katya, de ocho y seis años respectivamente; son hermosas, tanto como la madre, y muy inteligentes. Les enseñamos los secretos del huerto, les enseñamos a leer y a escribir en castellano y en ucraniano. En verano las sacamos a pasear al río, a los cerros, a la plaza del pueblo, a la calle para que jueguen con sus amigas. Claro, también les enseñamos a usar la escopeta para el invierno, la época en que se nubla el cielo y aparecen los penes sobre Piedrafría.
IV
La tarde en que lo hicimos por primera vez, tiré el anillo de matrimonio por el water y escribí una carta a Sofía explicándole que me encontraba bien, pero que no volvería a la casa. Luego volví al cuarto con Yekaterina, nos tiramos en la cama y lo hicimos una vez más.
e.v.p (2006)